Lisanka, deja que te coja | 5 de Septiembre.
sáb. Jul 20th, 2019

Realizador de amplia ejecutoria en la pantalla nacional de ficción y documental es Daniel Díaz Torres, alguien que ya en los ’70  fungía de asistente de dirección para Sara Gómez, Enrique Pineda Barnet, Manuel Pérez, Manuel Octavio Gómez o Rogelio París, y a quien el cine cubano le debe haber acompañado desde un puesto clave a Santiago Álvarez en decenas de emisiones de los Noticiero ICAIC Latinoamericanos; amén de algunas piezas atendibles desde determinados puntos de vista al estilo de Alicia en el pueblo de Maravillas y Kleines Tropicana.

Pero también malos recuerdos, muy malos recuerdos, piénsese por ejemplo en Hacerse el sueco y Camino al Edén, ese fiasco innombrable —rozagante aun en las pupilas el pudor— que tuvo el mérito de abrir en nuestro cine el portal genérico del “porno suave bucólico-rural de trasfondo épico a la cubana”, cual lo apuntara en su día este comentarista en su texto Descalabro.

Aunque se remontara definitivamente a las jornadas mambisas, Camino… iniciaba el relato en los días de la Crisis de Octubre, justo el contexto histórico donde el guion de Daniel, Eduardo del Llano y Francisco García González (en cuyo cuento En el kilómetro 36 inspírase la trama) parapeta a los personajes y peripecias de Lisanka (2009), a través de cuya realización el creador supera con creces su anterior experiencia fílmica. Si bien ello tampoco supone un avance meliorativo harto considerable, al tenerse en cuenta el descenso alcanzado durante su viaje edénico.

Tormentoso escenario para armar una película de su género, pero nada es imposible para la comedia. Bien que lo conocemos desde Chaplin, Lubitsch y mucho más para acá: La vida es bella, Mi Führer, en fin… ya se sabe que el cine, como la literatura, tiene banda ancha para trabajar guisos cómicos con las proteínas generadas por trasfondos bélicos.  Aunque para Lisanka dicho fondo no pasa de una ligera perspectiva ambiental, a partir de la cual se procuran articular algunas de las bases generadoras de las situaciones humorísticas a desarrollar.

Lisanka es una comedia. Género grande, pese a las consabidas subestimaciones, y malformaciones, de toda la vida. Daniel observa sus reglas, a veces hasta de un modo meticuloso. En casi toda pieza que se precie resulta menester su buena lucha de contrarios, no solo en el sentido marxista, sino más justamente en el keystonista. Aquí antípodas no van a escasear para entrarse a tortazos: los revolucionarios y desafectos, los comunistas y católicos, los que fueron a La Sierra y quienes permanecieron en su pueblo. Uno de cada bando de estos últimos —Sergio y Aurelio—, ama a Lisanka, el personaje central del largometraje homónimo. También se prenda del objeto del deseo rural, Volodia, camarada soviético, quien le regala poemas, a diferencia de los pretendientes nacionales. El extranjero, nada que ver con Camus sino con el llamado más imperioso de una Guerra Fría a adarmes de convertirse en volcánica, viene por el asunto de los cohetes. Indicios visuales y dramáticos de esta calamidad que casi nos sustrae del mapa, de no haberse controlado Jruschov y Kennedy u obrado la mano divina, hay pocos; aunque se dejó que tal no constituía el objetivo. No obstante, tan en serio toman dejar en el backstage lo de los Misiles, que ni el más leve mcguffin hitchcockeano se compara con la Crisis del filme. Obvio que no era el caso reescribir en ficción el documental de Daniel, Cuatro años que estremecieron una isla, pero vamos…

Nuestros tres muchachones, hormonas enardecidas, andan tras la chiquilla como aquel lobo detrás de la liebre de los cartones soviéticos. Ay de ella cuando la cojan. Aunque no, no, todos tranquilos; la devocionaria del afecto triangular no se arredra ni cede sus flancos morales, pese a tener para todos en el plano carnal, como el mambí herido de Camino al Edén. Ella, pragmática a la guisa de personaje del cine independiente americano, se da, aunque no se entrega cual objeto de nadie. Bravo por Lisanka. Seguro en alguna elipsis Volodia le leyó el mismo poema de pájaros libres y amores verdaderos que le leen a Mirtha Ibarra en Hasta cierto punto.

La ración de amor puntual para con la fanaticada endógena y foránea resulta tomada en cada caso desde diversos ángulos, siempre con su tilín de ternura; algo así como los encuadres de un Tinto Brass tropicalizado con súbito arranque de amor/respeto al sexo femenino. Declinante en el aspecto gonadal, de cierto no es la protagonista. Tampoco en entusiasmo. Ella, en fase de instrucción, liberada, tractorista, amiga-defensora de la puta local, aprendiz de idioma ruso, abeja reina, no obstante a la verdad pasa de los zánganos y apuesta por crecer, abrirse el pecho, literalmente, a la vida. Coelho se estremecería con Lisanka. Oh, my God¡

¿Es la susodicha tan solo un personaje, o acaso una metáfora apurada-aherrojada-voluntarista- naive de los cambios suscitados en la mujer cubana tras el advenimiento del nuevo proceso social, o quizá un cadáver exquisito de amagos de rasgos externos de un grupo de mujeres de Solás, Alea, del mismo Díaz Torres…?¿ De tan avant-gardé general integral no me acabo de creer, a inicios de los ’60, sus años antes de De cierta manera y su escaneo al machismo tronante en la Isla, esta mixtura de un cuento de Lucía asombrerada con Thelma y Louise, el movimiento feminista y el Manifiesto Comunista, pese a cuanto haga, y bien, la novel actriz Mirielys Cejas por colorearlo, humanizarlo, transportarlo a la dimensión de los personajes hechos carne de la pantalla. De remate, el triángulo del cual ella es el vórtice pierde el grafito para cerrar ciertos contornos irrellenados, tórnase maniqueo y por momentos francamente ridículo (la lucha taurina slapstick de los pretendientes lugareños en el campo).

El largometraje, no obstante, se aprecia parte del tiempo con particular gracia, y risa o sonrisa en el rostro, en virtud de ese tónico lindante entre lo lúdico, autoparódico o leve/dura/socarronamente irónico —imposible obviar aquí el sello de Eduardo del Llano— al configurar la odisea soviética en Cuba, el acercamiento de idiosincracias y cosmogonías tan dispares como la criolla y la eslava. Y sin embargo, imbricadas por causas y azares, al grado de crear lazos afectivos y culturales, los más perentorios a la postre, aludidos en textos fílmicos documentales a la manera de Los rusos en Cuba o Todas íbamos a ser reinas. Hay secuencias integradoras de esa suerte de acercamiento entre dos mundos bien conseguidas en Lisanka; por ejemplo el acto político-cultural de presentación de los amigos de la gran nación euroasiática.

Ya lo de poner a Jorge Molina de soldado soviético entra dentro de lo más sabrosamente malévolo brotado de la imaginación fílmica cubana de los últimos tiempos. Cuando le dice “Niet” al Sergio de  Carlos Enrique Almirante, al querer adentrarse este en terreno militar para ver a Volodia, quien escribe se desternilló tanto como al verlo levantarse de la mesa en Utopía desbarrando: “El barroco americano no existe ni pinga”.  A mi ver, tal coña supera, apenas sin palabras ni tiempo en pantalla, a la del bobo Rufo de Osvaldo Doimeadiós (no aprovechado a cabalidad por el guion en cuanto pudo haber aportado en riqueza, color, contraste).

Ricamente están configurados las escenas y los gags donde interviene el personaje del párroco, enemigo acérrimo del comunismo, expresión bien contorneada de los encontronazos entre el sector clerical y la Revolución a aquellas fechas germinales de feroz lucha de clases e ideologías pugnantes por emerger victoriosas del pleito frontal. Tales viñetazos el filme los estampa —loores a lo merecido—, justo con la paleta y los toques precisos.

En este viaje al pasado para reconstruir segmentos de una memoria colectiva que es también la película, tampoco se pasan por alto varias de las trazas identitarias del período, la filosofía popular, el nacimiento de valores, las expresiones del lenguaje político, la posibilidad de comprender o incomprender la experiencia social en ciernes por unos u otros. Con la baza agregada de transmitirlo satirizando posturas, yerros, exageraciones…, desde las emociones y pulsiones de personajes desacartonados, vívidos, turgentes, tangibles; cuidado por el detalle; un dispositivo visual puntado entre Daniel y Ángel Alderete por la “intencionada alusión a planos de películas de la época, para que la gente se remontara al cine ruso y cubano realizado en aquellos años”; aceitada dirección de actores y fluidez narrativa, al menos a lo largo de la parte inicial. Si bien el relato se reitera y alarga durante la segunda hora, al punto de arribar a un grado de morosidad/estancamiento que llegas a desear el término de la película.

Irregular, zarandeable, imperfecta, pero atractiva: así se ve, así se va la película. No fue el filme del año en Cuba (que tampoco es mucho, con cuanto se hace, vamos), pero al menos quien arriba firma vota, reza, extiende loas al cielo del ICAIC, Mosfilm, Ibermedia, Caracas (todos intervinieron en su coproducción) y la Economía Nacional para que continúen rodándose cintas como esta, peores o mejores. Solo de la regularidad de su realización emergerá la posibilidad de que la pantalla nacional exista y no subsista o dependa de escasos títulos por temporada. Excelencias, correcciones y descartes son necesarios; ya nos lo comunicaba Alea. Dios lo oiga y los santos mencionados, o cualesquiera, algún día puedan cumplirlo.

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