Libros: Marilola, entre el beso y una ínsula mediterránea
mié. Dic 11th, 2019

Libros: Marilola, entre el beso y una ínsula mediterránea

Por un beso, novela de Teresita Gómez Vallejo es una lectura que descuella por su frescura y amenidad. /Fotocopia: Delvis

Por un beso, novela de Teresita Gómez Vallejo es una lectura que descuella por su frescura y amenidad. /Fotocopia: Delvis

“…Un buen conocedor del lenguaje descubriría con facilidad que soy isleña, porque los habitantes de las islas hablamos muy alto y respiramos muchas menos veces por minuto que los pobladores de las ciudades continentales”. Así se describe el personaje de Marilola en el monólogo interior que da inicio a la novela Por un beso (2013) de la escritora santiaguera Teresita Gómez Vallejo (1940). Lectura muy juvenil, amena y fresca para recrearnos de un tirón durante una tarde de verano.

Sin muchas complicaciones textuales –pero utilizando oportunamente las voces narrativas– la autora nos traslada hasta Mallorca, la mayor del grupo de las islas Baleares, comunidad autónoma española en el occidente del Mar Mediterráneo, y nos presenta un conflicto individual que irá resolviéndose en la medida que confluyen otros personajes e historias con la protagonista.

Una mirada veloz a la obra de Gómez Vallejo da cuenta de su gusto por abordar el tema del amor, la amistad y la fantasía en sus narraciones para niños y jóvenes, menciónese por ejemplo Mariela y los Guácharos, o el libro de cuentos El Serranito, de 1972. Pero en la presente novela, lanzada por la Editorial Gente Nueva, ha deseado plasmar, además –si bien en pequeñas dosis–, el sabor y los matices de la insularidad desde otra geografía, alejada del Caribe en este caso.

Por eso, mediante la lectura de esta corta ficción, también en el Mediterráneo se observa lo que el crítico literario Antonio Benítez Rojo menciona en La isla que se repite: para una reinterpretación de la cultura caribeña: “El eterno paisaje del mar nos ha hecho mirar hacia fuera, hacia el horizonte, es decir, ser un pueblo extrovertido, sonriente y generoso con el forastero”.

Y así es Marilola: cuando aún no se nos ha revelado el trauma que la aqueja, conocemos sobre ella desde el primer capítulo: “Sin lugar a dudas, y sin petulancia de ningún tipo, soy una de las mejores guías turísticas de mi grupo. Estoy orgullosa de serlo (…) Ellos disfrutan de mis visitas dirigidas (…) Para mí son como una familia temporal. Vienen a Mallorca buscando un cambio de aire, un cambio de vida por unos días, y yo debo hacerle lo más agradable posible esa estancia”.

En consecuencia, la joven de 27 años destila un candor isleño que es propio de cada latitud con esas características. “El aire de mi isla es mucho más puro. Por eso viene el turismo por miles, porque buscan limpiar sus pulmones y llenarlos de yodo, de salitre, de múrices y de algas de este mar mediterráneo que nos rodea”.

Pero ¿de qué le vale a Marilola ser jovial, alegre y extrovertida en su trabajo si, –aun estando enamorada–, jamás ha podido besar a un hombre? ¿No puede regodearse en la voluptuosidad del contacto con otros labios?

No porque haya estado ausente la posibilidad de hacerlo, sino porque: “No quieres besar ni ser besada” –le dicta el subconsciente–, que representa otro interlocutor incorporado en varios momentos de la narración. Pero ¿cuál será la razón?

El misterio de este trauma los lectores podrán relacionarlo con la aparición de otros personajes, como el desconocido y simpático Jaime Riera, o durante la celebración de la reunión familiar en la ciudad de Manacor, que develará algunos secretos que circundaban a Manuel, el abuelo de Marilola con su desaparecida tía Neus.

“Solo puedes confesarte que no puedes dejar que te besen y has pensado hasta ir a un psicólogo o a un siquiatra; pero has desechado la idea, porque piensas que alguna vez llegarás a enamorarte. Piensas, y te das ánimo diciéndote que eres una persona difícil para enamorarse. No te acuerdas de dónde vienen esos conceptos de rechazo”. Así monologa la heroína en su interior; que, inevitablemente traerá a la mente de algunos lectores la imagen de la mujer pura, sensible, inmersa en el paraíso convertido en ínsula.

En cuestión, estimamos la práctica de Teresita Gómez Vallejo por la introspección del sujeto isleño –si bien no constituye un interés primario–, este subyace con el tratamiento de los miedos y traumas, producto heredado de convicciones familiares inflexibles de un pretérito lejano.

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