Les di el alto, gritamos ¡Patria o Muerte! y disparamos
mar. Jul 23rd, 2019

Les di el alto, gritamos ¡Patria o Muerte! y disparamos

Estado de la trinchera desde la cual Suco y sus compañeros tuvieron el primer encuentro miliciano con la tropa invasora. /Foto: Agustín Borrego

Estado de la trinchera desde la cual Suco y sus compañeros tuvieron el primer encuentro miliciano con la tropa invasora. /Foto: Agustín Borrego

El 10 de abril de 1961, ante las amenazas de invasión yanqui, se organizó en Cienfuegos el Batallón (Bon) 339 de las Milicias Nacionales Revolucionarias. Quedó conformado con efectivos que apenas una semana antes habían regresado de la Lucha Contra Bandidos (LCB) en el Escambray. Su jefe era el capitán del Ejército Rebelde, Ramón Cordero Reyes, secundado por el sargento Julián Morejón Gilbert.

En su primera misión, el Bon 339 fue enviado al central Australia, a donde llegaron sus hombres a las 4:05 de la madrugada del 11 de abril. El ingenio azucarero queda relativamente cerca de la Ciénaga de Zapata, que en esa fecha era territorio cienfueguero.

Como parte del despliegue, el mando del 339 situó destinó a Playa Larga una escuadra liderada por Ramón González Suco, empleado de la Empresa Eléctrica de Cienfuegos, quien tenía a su cargo un equipo de comunicación inalámbrica que enlazaba con su batallón. Lo entrevisté en marzo de 1963 para el periódico Vanguardia, que entonces circulaba en la antigua provincia de Las Villas.

Foto de Ramón González Suco en una entrevista para el periódico Trabajadores, en abril de 2016. “Fui un joven de aquellos tiempos”, afirmó Suco. /Foto: Eddy Martin
Foto de Ramón González Suco en una entrevista para el periódico Trabajadores, en abril de 2016. “Fui un joven de aquellos tiempos”, afirmó Suco. /Foto: Eddy Martin

De aquellos días del abril de Girón, González Suco recordó:

Fuimos los primeros que los escuchamos y los vimos. Los primeros que los enfrentamos. Éramos cinco hombres. Cinco milicianos del batallón 339 de las Milicias de Cienfuegos, a cargo de la microonda de Playa Larga…

A las doce de la noche José Israel Hernández Fernández comienza su guardia. Enciendo la microonda. Cada 25 minutos debo hacerlo según la orden recibida, para trasmitir a la jefatura del batallón, basificado en el central Australia, un informe de la situación. José Israel sale a respirar la brisa marina. Lleva colgando en bandolera su sub-ametralladora ligera. En su canana porta 90 tiros, como cada uno de nosotros. Al poco rato entra algo alterado y me pide que le acompañe afuera de la garita de la transmisora. Nos acercamos al acantilado y prestamos atención unos minutos. Discutimos brevemente sobre si se trata del ruido sordo del oleaje rompiendo contra las rocas, o truenos lejanos. Decidimos al cabo que son explosiones lejanas, como de un bombardeo. Allá a lo lejos, en medio de la inmensa oscuridad, algo extraño, como unas estrellas fugaces. El rumbo: Playa Girón, a unos 30 kilómetros de distancia.

“Sabemos que la escuadra emplazada allí no tiene microonda. Llamo al batallón y hablo directamente con Cordero, nuestro jefe. Nos da órdenes de mantenernos muy alertas e informar constantemente de lo que ocurra. Llamo al resto de mis hombres que acaban de acostarse. Son Ricardo García Garriga, Rafael Aramillo y Alberto Quintana. También se despiertan y se levantan tres muy jóvenes alfabetizadores que se desempeñan en la zona y esa noche estaban con nosotros. Desobedeciendo mis órdenes permanecen junto a nosotros en la playa. La memoria me niega sus nombres, aunque no su valerosa actitud, eran adolescentes voluntarios y muy valerosos, para nada aventureros, sí patriotas. Ojalá un día sepamos la identidad de esos muchachos.

1:00 a.m.

“Rumbo a la Bahía de Cochinos creemos percibir unos bultos de los que no nos percatamos antes. Después sabríamos que eran los barcos imperiales transportando su carga de muerte y retroceso. Comunico las nuevas noticias al batallón. Apagamos las luces de la playa. En la tarea nos ayudan los tres alfabetizadores.

“José Israel se sitúa cerca de la playa con la única BZ de trípode que poseemos, nuestra arma de mayor efectividad de tiro. García se sitúa en la caseta de la microonda. Los demás se atrincheran y con ellos los brigadistas-niños, de los que no hay manera de que nos podamos desprender. Me dicen que tomarán un arma al enemigo, o la de alguno de nosotros si caemos. Pienso que yo haría lo mismo si tuviera esa edad, y los dejo, aunque con mucha preocupación. Les ordeno cuidarnos la retaguardia. Hago constantes recorridos por la playa.

1:30 a.m.

“Con rumbo de Buenaventura se aproxima una lancha con ligero ronroneo del motor. ¿Pescador? Asumo que no y le doy el alto. Silencio por respuesta. Me separo unos metros de donde estoy y hago dos disparos al aire. Lo que nos cayó encima desde la lancha no tenía madre. Las balas trazadoras zigzagueaban rasgando la noche. Otras dos lanchas se aproximan. Continuamos disparando. Se va la primera cinta de la BZ. Para ahorrar balas le colocamos cargadores, que los alfabetizadores, que han llegado de nuevo junto a nosotros, van llenando con las balas que extraen de las cintas. Son tres combatientes más. Las lanchas se retiran. Pero vuelven a los pocos minutos. Nos gritan: ¡Ríndanse! ¡Ríndanse al Ejército de Liberación!… La respuesta de ocho gargantas es inmediata: ¡Patria o Muerte! Nuestros disparos iluminan la noche rubricando nuestra decisión.

“Comunico por la microonda el ataque y describo las armas con que nos agreden. Cordero me avisa que se traslada con el batallón para la playa. El ataque es ahora con armas más poderosas. Nos replegamos de dos en dos desde la costa hacia tierra. García dispara sus dos últimas balas contra la microonda, inutilizándola”. (Ramón González Suco. Entrevista del autor, marzo de 1963).

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