Leopoldo Díaz de Villegas: «No soy hijo que entrega a su padre al deshonor»

La historia tiene sus caprichos, sus vueltas inesperadas, sus analogías. Un mismo hecho puede acontecer a diferentes actores, en lugares distintos en una misma época o en disímiles momentos en idéntica latitud. Poco tiempo después de que Carlos Manuel de Céspedes se viera en la disyuntiva de rendirse a los españoles para salvar a su hijo Oscar o continuar en la lucha iniciada por él mismo el 10 de octubre de 1868; poco después de que expresara aquellas palabras que lo convirtieran en el “padre de todos los cubanos”, otro patriota, el general Juan Díaz de Villegas, quien figuró entre los primeros dentro del movimiento revolucionario iniciado en Cienfuegos el 7 de febrero de 1869, vivió un pasaje similar.

Tenía el independentista cienfueguero un hijo: Leopoldo, quien siguió sus pasos hacia los campos de batalla por la liberación y muy pronto alcanzó el grado de capitán ayudante de la División de Cienfuegos. Debido a la escasez de municiones, estas fuerzas mambisas habían acampado en la montaña de La Siguanea y el joven patriota realizaba una exploración diaria a dicho campamento con la finalidad de prevenir un ataque enemigo.

Recogen los anales que el muchacho fue traicionado por el capitán Francisco Valladares, quien fuera arrendatario del general Díaz de Villegas antes de iniciarse la Revolución. Valladares desertó de las filas del Ejército Libertador y se presentó ante los enemigos. Con el ánimo de congraciarse con los españoles, les prometió entregar al hijo del general revolucionario para que por medio de él pudiesen atrapar al padre.

Desconocedor de los planes de Valladares, en la mañana del 24 de marzo de 1871, Leopoldo salió a realizar sus recorridos habituales y, de súbito, cayó en la emboscada que el pérfido traidor le había preparado con la ayuda de soldados españoles. El joven resultó prisionero y conducido a Cienfuegos, donde lo encerraron en la cárcel de la ciudad. Al día siguiente, fue sometido a un Consejo de Guerra que lo condenó a la pena de muerte, pero aplazaron la ejecución de la sentencia y la ocultaron de forma deliberada a la prensa local, pues ya el enemigo había urdido utilizar la terrible situación de Leopoldo para conseguir la sumisión o captura del general Díaz de Villegas.

Tanto era así, que concluido el Consejo, el muchacho fue llevado ante el general Portillo, quien de manera amable primero, amenazadora después, lo conminaba a delatar a los suyos con el objetivo de conseguir la rendición de su padre. Portillo le aseguró que respetaría la vida de ambos si el joven le ofrecía la información sobre quiénes colaboraban con la Revolución desde la ciudad.

La respuesta de Leopoldo tuvo la energía de un rayo: “No soy hijo que entrega a su padre al deshonor. Mi apellido no se mancha así”, replicó a sus provocadores.

Al ver la actitud firme del muchacho, los instigadores apelaron a otro recurso: hacer saber al general Díaz de Villegas las circunstancias en las que se encontraba su único hijo y prometerle que, si se acogía al gobierno, respetarían su vida y le darían la libertad al muchacho. Sin embargo, el general les dio una respuesta cargada de total heroísmo. “Mi hijo juró vencer o morir. Morir por la patria es su gloria”.

No faltaron personas de bien que abogaron por que se le conmutara la pena de muerte al joven patriota. Incluso, el oficial español Ramón Cantero, un hombre honrado que había sido amigo de la familia Díaz de Villegas, se ofreció para ayudarlo a escapar aun cuando tuviera que pagar con su propia sangre por ello. Como era de esperar, Leopoldo se rehusó a aceptar el magnánimo gesto. No quería exponer la vida de Cantero a cambio de su libertad.

Al amanecer del 4 de abril, un grupo de soldados lo sacó de la prisión y lo condujo hasta el lugar donde sería ejecutado, a la sombra de un árbol triste, a pocos metros del barrio de Marsillán, utilizado para esos fines siniestros. Dicen que marchó a su calvario con serenidad, con una muestra de satisfacción en el rostro por saberse fiel a la causa que defendía, y aún con buen talante para saludar a algunos conocidos que encontró a su paso.

¡“Viva la indepen…”! Eran las siete de la mañana y el sol todavía se abría paso entre las sombras de la noche. La ráfaga de odio y perversidad cortó la frase del joven patriota, apagó su corta existencia. Fue él uno más que prefirió morir antes de manchar con la traición el azaroso camino de la libertad.

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Yudith Madrazo Sosa

Periodista y traductora, amante de las letras y soñadora empedernida.

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