Leonera: entre rejas, heridas y sentimientos

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Gran narrador cuyo oficio refulge en películas donde su sentido de la observación representa vector esencial de conflictos rehúyentes a artificios, dramatismos, picos falsos y desentones melo, el argentino Pablo Trapero refrenda dichas virtudes básicas de su sobrio y realista cine en el drama carcelario femenil Leonera (2008), la historia de Julia Zárate (Martina Guzmán), joven universitaria acusada del crimen de su novio, tras encontrarlo en la cama con el amigo de ambos.

Algo nunca esclarecido del todo, porque en ningún caso entra dentro del ámbito de prioridades del realizador y el trío de guionistas que lo apoyó en el libro fílmico. A la chica, embarazada, la ponen a purgar condena en una de esas cárceles mediante las cuales las leyes del país austral amparan la convivencia de reas y críos, hasta los cuatro años del menor.

Resulta Leonera una de las obras más honda, sensibles, vigorosas y cinematográficamente espléndidas de Trapero, por arriba de Mundo Grúa, El bonaerense, Familia rodante o Nacido y criado. Algunos de vista corta le han criticado incurrir en determinados esteoreotipos de este subgénero, variante femenina, despuntado en los 70 en EUA a través de mera bagatela semiporno, que él sin embargo y por caso del todo contrario redime y le extrae inéditas posibilidades expresivas. Censuráronle la escena de la bronca de las internas en la ducha, “caer” en la relación lésbica de Julia con otra presa, o hasta la proclividad hiperrealista del relato para describir el fenómeno dentro de ese infierno hacia el exterior y el interior de la mente. Desde mi punto de vista tales impugnaciones no guardan verdadero fundamento.

Pablo no procura aquí descarnes hiperrealistas, sino trenzar un bordado simple y llanamente realista, lo cual de hecho siempre lo ha caracterizado, y la cárcel no es un Discovery Channel donde el guepardo alcanza el cuello de la gacela sofocada: la cárcel deviene la mismísima yugular chupada gota a gota al animal herido; o sea, peor -no resulta preciso leer a Hombres sin mujer o Dichosos los que lloran, ni permanecer en una para saberlo-, y todo lo demás son cuentos de la abuela para dormir al bebé. La relación reflejada en el filme puede equivaler, en los predios de marras, a seguridad, supervivencia, unido a deseos de vencer la soledad o esa angustia carcomiente que revienta los tímpanos de la conciencia. A eso e incluso más; no es tópico ni lugar común, pues. No obstante, Trapero, renuente a todo golpe de efecto o apelaciones manidas, prescinde de eros y morbos al contemplar el cruce sentimental entre Julia y Martha. También de enjuiciamientos, pues la integración romántica entre ambas mujeres resulta inevitable, y él la plasma de la forma más natural del mundo.

El niño bendito de la llamada “generación del ´90” y del variopinto e irregular movimiento definido como “Nuevo (o Novísimo) Cine Argentino” se parapeta -dando cabida a esa rica “contaminación documental” irrigante de su filmografía, jugando a conciencia con las dosificaciones informativas, sin apuros ni interés en revelar detalles o despejar enigmas-, a coser su trama coloreada con gradalidades remitentes a lo ocre y lo acre inexcusables en tal universo gris; a observar (sobre todo eso) la cuerda evolutiva del personaje central —extraordinariamente interpretado por la Guzmán—, el arco de expansión emocional suyo en medio de un entorno hostil y haciendo lo imposible por recuperar a su hijo, cuya tutela, en cierto momento, es retenida por la madre de la reclusa.

El relato estampa sus brinquitos temporales algo disonantes, introduce vericuetos dramáticos y personajes de mero relleno (¿qué pinta, en términos dramatúrgicos, el amante del novio de la muchacha con su estira y encoge conductual, asumido por el brasilero Rodrigo Santoro, no sea meter a escena otra cara bonita, además de la de Julia, en esta lluvia negra de horrores; o será acaso capricho, para no hablar de imposición, del coproductor —también de la tierra sambera— Walter Salles?), pero son deslices menores, en tanto, por todo lo demás acusa sólida factura, organicidad, fuerza narrativa.

Leonera, elocuente lo mismo en cuanto muestra como en cuanto reserva a unas elipsis generales de labranza mayor, realzada por la extraordinaria fotografía de Guillermo Nieto (todo un discurso por sí sola), representa una de esas películas que honran al cine latinoamericano en medio de tanto gato por liebre, seudopoesía, antropologismo postalero, terríficas “autorías” e insoportables somníferos.

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