Lejos del cielo: la tragedia ridícula de un alma olvidada

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Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002) es una película a la usanza de los melodramas de los años ’50 —particularmente de los de Douglas Sirk, con particular énfasis en All that heaven allows, aquel filme en el que Jane Wyman tenía un romance con su joven jardinero Rock Hudson.

Lo anterior se manifiesta en todo el cuerpo del largometraje, desde que arranca con los créditos hasta el cierre, continente y contenido: la polícroma paleta a lo tecnicolor recargado de Ed Lachman; el vestuario de revista Life de Sandy Powell; la banda sonora de Elmer Bernstein; el hiperfiel y certero diseño de producción de Mark Friedberg y -sobre todo- el guion escrito por el propio realizador, Todd Haynes.

Sirk acostumbraba explorar en sus películas la represión burguesa, el mecanismo de apariencias sobre el cual se movían las castas sociales de élite y medias, las resquebrajaduras del american dream en la célula madre, el desmoronamiento del ideal americano entre cuatro paredes. Toda aquella imitación a la vida que protagonizaban personas bien lejos del cielo, como las que Haynes suelta sin paracaídas en esta durísima, acre, punzante y magistral película que de manera personal veo como una Belleza Americana en onda retro.

Haynes, relevante creador del cine independiente, famoso por sus inicios experimentales, ama a Hollywood, como al final pasa con casi todos los del planeta indie. Y lo que nos firma es un auténtico y primoroso homenaje a uno de sus maestros y de sus géneros más populares. Pero, con habilidad zorruna, el hombre se encarga de meter en su filme lo que la sombra de Hays no permitía hace cinco, seis y siete décadas: la intolerancia, el racismo, la homosexualidad, la vejación de la mujer.

Precisamente una mujer, Cathy (Julianne Moore), es el centro dramático de Lejos del cielo. Ella descubre a su marido con otro hombre, y de pronto el abismo se le atraviesa entre los pies. A la bartola se irá el edificio moral de lo que creyó —y creyeron— fuera la familia ideal, modélica de un joven y exitoso empresario con su preciosa mujer y dos hijos: pan al cual le hincaban el diente con sumo placer las páginas sociales de los diarios de Connecticut a finales de los ’50. Se profundiza ahora, cobrando fuerza progresivamente, la relación tejida con Raymond, un jardinero negro defendido por Dennis Haysbert.

Paralelamente conduce a su esposo Frank (Dennis Quaid) a la consulta de un terapeuta, con el fin de “curarle” la homosexualidad. Pero ese mal no tiene remedio, como la joroba; y su pareja —período previo de grandes tensiones emocionales, con golpiza a la esposa incluida— encuentra a quien, le confiesa, es el amor de su vida, para alejarse de papeles de ella y los niños. Porque en la práctica era un presente ausente en casa. No importa su sino platónico, los sucesivos encuentros con el jardinero motivan el odio del pueblo, y que apedreen a la hija de este hombre y su casa. Cathy, perdida, desesperada y enamorada, le revela sus sentimientos a Raymond. Pero en él puede más la prudencia, y el amor de padre, que la atracción por la patrona, marchándose del lugar.

Esto último lo entiendo, pero lo que no es muy comprensible es porqué en ningún momento Raymond coge lo que le están ofreciendo en bandeja. Esta falta de reacción (nada que ver con lo que en su día hiciera el célebre esclavo de Mandingo) no resulta verosímil, aunque en sentido general poco afecta a la película. Ya sólida esta desde los planteamientos mismos del guión y su manera de resolverse y ser confiado a intérpretes fabulosos, especialmente esa Julianne Moore en el papel de la estoica, sufrida y abnegada Cathy -el fantasma de las adoloridas mujeres de los melodramas de los ´50 ronronea aquí.

Moore, Copa Volpi en el Festival de Venecia por su labor, compone con exquisitez maestra y un empleo fenomenal de recursos al personaje central del filme. Haynes (Safe, Velvet Goldmine) ha hecho una gran película, cuidada hasta el detalle y provista de nervios, sangre y piel. Vierte dolor y rezuma certezas.

Lejos del cielo es la tragedia ridícula de una mujer que primero se mantuvo muy anclada a su tiempo, y se olvidó totalmente de sí para ser esclava de los valores de la época. Para luego adelantarse demasiado, y aspirar a un  amor interracial e interclasista imposible de realizar medio siglo atrás. El jardinero de Cathy no era blanco como el de Jane Wyman, aunque quizá pudo rondarle a Sirk por la cabeza. Si así fue, Haynes se encargó de complicar las cosas con la potestad que otorga el tiempo. Aunque a la larga el tiempo y los hombres no han sido capaces de solucionar mucho de lo planteado en su filme.

5 Comentarios

    • En efecto, Diego. Aunque a mí me desagradó bastante Wonder Woman, sobre todo la primera hora y cinco minutos, con una dramaturgía cinematográfica y un funambulismo digital que en cada caso remite a setenta años atrás y a las primeras pruebas del nuevo mundo de los píxeles, en igual orden. Luego, los mensajitos seudofeministas y remacharme a cada segundo, visual y verbalizadamente, que Gal Gadot es una belleza acabó de ponerle la tapa al pomo. Insufrible como amante, inocente como amor, parafraseando a la Jurado. Saludos, Feliz Agosto

  1. Fiel Diego, esas palabras me estimulan a proponerte para la próxima semana la crítica de Las horas. Gracias por tu comentario. Saludos del autor.

  2. Julianne Moore es de mis actrices favoritas. En “Las horas” le da una vuelta de tuerca al papel en “Lejos del cielo”, es fenomenal en su trabajo, y su tipo también da mucho esas damas de los 50.

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