Latidos de una sobreviviente | 5 de Septiembre.
mar. Jun 18th, 2019

Latidos de una sobreviviente

Yusisley Trelles Cabrera disfruta de su pequeña Adria y agradece por ello a los médicos que la salvaron. / Foto: Juan Carlos Dorado

Una historia rompecorazones se esconde entre los rizos de Adria Alejandra. Si hoy su madre le despierta en la cuna y la carga con mimos en sus brazos, es porque nunca dejó de palpitar en ambas la ilusión de tenerse una a la otra, ni siquiera cuando los pronósticos médicos limitaban la vida de la pequeña a un adjetivo: “reservado”.

A contracorriente de aquellos días oscuros, la niña tiene dos años y los disfruta con la gracia de su rostro soñoliento cuando mamá, un tanto inoportuna, interfiere en su mundo de hadas, duendes y colores dormidos sobre la almohada. Pero no fue así al abrir los ojos ese 21 de agosto de 2016. Entonces, algo en ella no latía igual.

Cuenta Yusisley Trelles Cabrera que su bebé “venía en mala posición fetal y nace por cesárea. Al pasar a recuperación, estuve ahí alrededor de 23 horas  hasta que una enfermera le notó una cianosis peribucal, mientras yo le daba de lactar. Se lo comentó a los pediatras, y a todos, y enseguida la llevaron a Neonatología. Allí le hicieron varios estudios y le diagnosticaron una transposición de grandes vasos (cardiopatía congénita)”.

Todavía exploraba Adria el regazo de su progenitora cuando, de repente, la envolvió la vorágine de un padecimiento que aún no tiene espacio en su inocencia. No habría tenido tiempo para mirar al cielo ni orinársele encima a los padres. Tampoco para descubrir el sol colándose en sus pupilas. Su suerte comenzó a correr en la madrugada.

“A las 4:00 a.m. (del 23 de agosto) estaba en una ambulancia con la niña, junto a un neonatólogo, una enfermera y los equipos que necesitaba, relata Lucía Cabrera Delgado, abuela. Todo se planificó, y el traslado hacia el Cardiocentro Pediátrico William Soler, en La Habana, fue rápido. Llegamos sobre las seis de la mañana y ya nos esperaban. Me confirmaron que lo de Adria era crítico: de vida o muerte”.

Acompañada por el padre de la pequeña, Lucía no hallaba donde sostenerse. Pensaba en el estado emocional de su hija, hospitalizada también producto de la cesárea. Sentía el rigor de esos momentos tan duros y difíciles, y la transparencia con que los médicos esgrimieron sus expectativas. “Ellos nos hablaron muy claro, pero tuve siempre su apoyo y aliento para enfrentar la situación, refiere. Por eso, al dejar a mi hija llorando en Cienfuegos, le dije: ‘Mama, tranquila, yo te la traigo’”.

Un día después de su llegada al Cardiocentro, Adria Alejandra Acosta Trelles es estabilizada a través del cateterismo intervencionista. La singularidad del caso robó titulares en la televisión nacional, pero el destino de la niña demandaría procederes aún más complejos y riesgosos, que difícilmente logren descifrarse ahora en su sonrisa.

Adria Alejandra, de dos años, recuperada de su cardiopatía congénita./Foto: Juan Carlos Dorado
Adria Alejandra, de dos años, recuperada de su cardiopatía congénita./Foto: Juan Carlos Dorado

Ya en La Habana, Yusisley narra que tras observar la evolución de su bebé durante casi un mes, a esta la declaran lista para operarla del corazón. El 13 de septiembre se lleva a cabo la “corrección quirúrgica”, discutida y aprobada por los galenos del “William Soler”.

“Estuvo tres días con el esternón abierto y luego, cuando lo cerraron, comenzaron las complicaciones, afirma. Hizo un ‘shock séptico’, tuvo una parada multiórganos; incluso, hubo hasta que dializarla. Los médicos no contaban con ella. No habían esperanzas de que se salvara”.

Para una madre primeriza nada podría ser más sombrío. Sin embargo, Yusisley nunca perdió la fe. Durante los dos meses de ingreso, arropó a su pequeña en la soledad de aquella habitación que solo ellas dos compartían. Le vio sufrir tanto como después le vería gatear, decir sus primeras palabras y dar los primeros pasos.

“Hoy sigue con su tratamiento (Captopril) y tiene una dieta muy estricta: no puede comer con sal. Cada seis meses asiste  a los turnos en La Habana, pero lleva una vida normal como el resto de los niños: es alegre, sociable y muy hiperactiva”, comenta.

Su abuela Lucía no vacila en decir que “gracias a Dios y a los médicos la disfrutamos. Gracias a todos: a los terapeutas que la ayudaron a su recuperación, a los pediatras”. Mientras, la mirada de Adria se discurre en el lente que juega con ella y le pide que abrace al peluche. Y ella, pícara, lo apretuja en su pecho.

Para Lucía (abuela) y Yusisley (madre), la pequeña Adria es hoy la mayor alegría de la familia. /Foto: Juan Carlos Dorado
Para Lucía (abuela) y Yusisley (madre), la pequeña Adria es hoy la mayor alegría de la familia. /Foto: Juan Carlos Dorado
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