Las Yaguas: memorias del abecé en un barrio singular

De maestro voluntario, Luis Mayo Flores pasó a ser alfabetizador en Las Yaguas, barrio marginado de La Habana y desaparecido poco después. Con este testimonio, el reconocido jurista revive detalles de aquella experiencia singular. Comparte con los lectores las vivencias de un período que lo marcó y ha grabado las rocas de su memoria.

No quisiera que este fragmento de la historia se olvidara, por eso insisto en contarla, para que se sepa, para que los jóvenes de ahora y los que vengan después vean otras aristas de la Campaña de Alfabetización. Fui alfabetizador, pero no en las zonas rurales, como tantos otros, sino en la ciudad, en un barrio de La Habana, un barrio de esos que llamamos marginal, un lugar olvidado, donde pude ver de cerca la miseria provocada por tanto abandono de los gobiernos seudorrepublicanos, tan atroz que no solo se veía, hasta podía olerse. Yo llegué allí por la Revolución y así tuve la convicción de qué lado debía estar y estoy”.

Luis Mayo Flores, jurista jubilado residente en Cienfuegos comenzó de esa forma a relatarnos este segmento de su vida. El maestro que lleva dentro, el ser comprometido con su tiempo y su latitud que, afirmó, se convirtió en genuino revolucionario al llegar a Las Yaguas, pujan en su interior por compartir tales vivencias.

Luis Mayo Flores revive su experiencia como alfabetizador en el desaparecido barrio habanero de Las Yaguas. /Foto: Juan Carlos Dorado
Luis Mayo Flores revive su experiencia como alfabetizador en el desaparecido barrio habanero de Las Yaguas. /Foto: Juan Carlos Dorado

Todos los caminos condujeron a Las Yaguas

Corría el año 1960. El Comandante en Jefe había hecho el llamado para constituir el contingente de maestros voluntarios con vistas a iniciar la alfabetización en los campos de Cuba. Me encontraba estudiando un curso de preparación para guía de turismo, organizado por el gobierno municipal de La Habana, pero no vacilé un instante en presentarme para integrar aquel legendario grupo. Tenía entonces 23 años y estaba lleno del romanticismo revolucionario que envolvía a gran parte del pueblo cubano. Había dejado de estudiar el bachillerato en el 4to. año y reunía uno de los requisitos básicos para habilitarme como maestro.

Cumplidos los trámites indispensables, partimos en tren hacia la Sierra Maestra. Allí recibiríamos la preparación pedagógica, mientras nos entrenábamos para la vida en las difíciles condiciones de la montaña. También recibiríamos adiestramiento militar.

Fueron tres meses de nuevas experiencias y duras pruebas de resistencia física. Pero nos animaba la idea de lograr la alfabetización de aquellas personas serranas, hasta entonces envueltas por la bruma de la ignorancia y olvidadas por los gobiernos burgueses.

Culminado ese tiempo, regresamos a la capital. Allí nos recibió Fidel en un acto solemne efectuado en el teatro Amadeo Roldán. Aquello, de hecho, constituyó nuestra graduación. Luego siguió una breve espera para conocer la ubicación que nos daría el Departamento de Asistencia Técnica, Material y Cultural al Campesinado del INRA.

Para mi sorpresa, cuando me llamaron a ese organismo, me plantearon la necesidad de alfabetizar a los combatientes del Ejército Rebelde. Me negué. Alegué que yo había ido a la Sierra a alfabetizar allá, no en otro lugar. Mis palabras desataron una larga y acalorada conversación con la funcionaria que me atendió, pero ella me convenció de la necesidad de elevar el nivel cultural de esos combatientes, muchos de los cuales eran campesinos analfabetos, quienes en un futuro no lejano, aseguraba, tendrían la necesidad de conocer el manejo de armas sofisticadas. Para ello era indispensable dar un primer paso.

Me designaron al campamento militar de Managua, en las afueras de La Habana. Éramos alrededor de diez maestros en aquella tarea. Una mañana, cuando todavía dormíamos en nuestras barracas, varios milicianos se personaron en el campamento a bordo de grandes automóviles y nos pidieron subir a los vehículos. Ante nuestra sorpresa e incertidumbre, nos comunicaron que no nos preocupáramos, que íbamos a cumplir una misión indicada por Fidel.

Así, de manera súbita, salimos hacia un destino desconocido. Llegamos, al fin, a una edificación en construcción, perteneciente a la compañía estadounidense Ambar Motors. Allí nos alojaron en un salón amplio, vacío, cuyo único mobiliario eran unos colchones de espuma de goma con almohadas de plumaje que habían colocado sobre el suelo. Después, se incorporaron varios grupos más de maestros voluntarios, hasta completar la cifra de unos 80. Un miliciano corpulento, al recibirnos en la planta alta del inmueble nos tranquilizó: ‘no se asusten; estarán aquí por corto tiempo.Son órdenes del Comandante en Jefe’.

Transcurridos varios días, comenzaron a crecer las especulaciones sobre los motivos por los cuales nos tenían en aquella estancia: unos, que nos enviarían a la Unión Soviética a estudiar armamentos modernos; otros, que ocuparíamos el lugar de varios embajadores que habían desertado…ninguno acertó.

Cierta noche, mientras conversábamos un colega y yo, sentados sobre nuestros colchones y recostados a la pared, advertimos la presencia de un vehículo. Por el sonido, supimos que se trataba de uno de los carros patrulleros de la policía. Eso hizo que me incorporara y fuera hasta el ventanal. Desde allí pude ver con claridad a Fidel descender del patrullero y encaminarse hacia nuestro local. Se lo comenté a mi compañero, pero este creyó que se trataba de una broma y continuó sentado. Yo no, yo corrí hacia el brocal de la escalera y así tuve el privilegio de ser el primero a quien Fidel saludara.

De inmediato se formó tremenda algarabía. Rodeamos al Comandante y surgió el diálogo. Entonces supimos que nuestra tarea consistiría en administrar entidades que serían nacionalizadas. Tendríamos la responsabilidad de sostener la producción y los servicios mientras se preparaban los cuadros administrativos.

Después de seis o siete meses de aciertos y desaciertos, desistí de la actividad administrativa y quise retomar el camino del magisterio. Sin embargo, me informaron en el INRA que las plazas de maestros rurales estaban ocupadas y opté por solicitar una beca en el extranjero. Me la concedieron, para la República Popular China, aunque debía esperar algunos meses para salir del país.

Sucedió entonces que algunos maestros voluntarios que no estábamos ejerciendo fuimos convocados a una reunión en el Minbas, la cual tenía como objetivo reforzar la Campaña de Alfabetización en un lugar diferente a los concebidos hasta ese momento. Se trataba, nada más y nada menos, que de iniciar un proceso de alfabetización en el conocido barrio marginal capitalino de Las Yaguas.

La luz de la verdad en un barrio opacado

Ninguno de nosotros había imaginado la realidad de aquel lugar ignorado por los gobiernos anteriores. Cientos o quizás miles de personas vivían en la más espantosa miseria, en condiciones materiales y sanitarias horrendas. Las viviendas eran chozas improvisadas, construidas con cualquier material: cartón, lata, yagua, papel… Era impensable la existencia allí de un centro docente o médico.

Vista del barrio Las Yaguas antes del triunfo revolucionario en Cuba. /Foto: Jorge Oller Oller, tomada de Cubaperiodistas.
Vista del barrio Las Yaguas antes del triunfo revolucionario en Cuba. /Foto: Jorge Oller Oller, tomada de Cubaperiodistas.

A aquel sitio jamás había acudido dirigente político alguno, ni autoridad policial, ni siquiera los esbirros de Batista. Era simplemente una ciudad dentro de otra ciudad, con una población heterogénea. Sus habitantes podían ser lo mismo personas desafortunadas, desempleadas, prófugos de la justicia, delincuentes de toda laya, enfermos abandonados a su suerte. Aquello semejaba un infierno.

Sin embargo, tenían una organización separada totalmente de la estructura social convencional. Había en aquel poblado lo que pudiéramos llamar un alcalde o capo, a cuyo poder se subordinaban los residentes y que contaba, además, con un consejo de gobierno. Las supuestas viviendas se estructuraban en bloques y los espacios entre ellas se consideraban calles, con sus respectivos números.

No recuerdo de qué manera, pero antes de comenzar a alfabetizar se contactó al líder de la comunidad. Al conocer este de nuestro propósito, se reunió con su consejo y pidió colaboración para que la tarea tuviera un final feliz. Les advirtió que varios jóvenes, hembras y varones, serían vistos por la barriada y ¡ay! del que los molestara, de cualquier forma, pues se las verían con él. A ese enigmático sujeto, que controlaba la convivencia en aquel barrio menesteroso, se debe en gran medida el éxito de nuestra encomienda.

No puedo afirmar cuántas personas aprendieron a leer y a escribir, pero sí fueron muchos los instruidos. Recuerdo en particular a un alumno, hombre entrado en años, alcohólico. Comenzó a faltar a clases y, al saberlo el capo, conversó con él y logró que regresara. También recuerdo a algunos niños que nunca habían recibido instrucción alguna. Los más afortunados aprendieron algo de sus madres, otros, ni siquiera sabían de vocales o números.

A pesar de la precariedad, aquella gente nos recibió bien y permitieron que nos moviéramos por el barrio con total seguridad. Nos trataban con respeto y eran receptivos. Nos escuchaban y entendían la necesidad que había de que aprendieran a leer y a escribir, lo beneficioso que sería para ellos. No fue tarea fácil, pero resultó muy gratificante llevar el conocimiento a aquella gente preterida por todos los gobiernos hasta que triunfó la Revolución y les otorgó el derecho a la instrucción y la cultura.

Han transcurrido muchos años y no pocos detalles quedan opacados por el paso del tiempo. Fue un hecho inédito. La Alfabetización no solo llegó a los campos de la montaña y el llano cubanos, sino que anidó también en este perímetro de la capital”.

Mayo Flores desempolvó, una vez más, estos anales. Hacia 1963, el espectro de un pasado de pobreza que fue Las Yaguas dejó de ser. Sus habitantes se dispersaron por varios municipios habaneros, donde les asignaron viviendas. Quién sabe si todavía alguno en La Lisa o Luyanó guarde memoria de este maestro, si todavía recuerde el nombre de quien le mostró el abecé de una nueva alborada, cuando el 22 de diciembre de 1961 también aquella barriada desatara las cadenas del analfabetismo.

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Yudith Madrazo Sosa

Yudith Madrazo Sosa

Periodista y traductora, amante de las letras y soñadora empedernida.

3 Comentarios en “Las Yaguas: memorias del abecé en un barrio singular

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    el 22 diciembre, 2019 a las 12:58 pm
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    La campaña de alfabetización resultó una de las etapas más lindas de la revolución nueva; siento una enorme admiración por esos muchachos, entre quienes está mu madre, y hasta una envidia sana por las experiencias que vivieron. Mayo, que es un jurista reconocido, se encuentra entre ellos, no lo sabía, enhorabuena para él

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    el 22 diciembre, 2019 a las 11:37 am
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    Triste panorama el de las Yaguas. Por cierto, reproducido a escala en la mayoría de las ciudades cubanas de aquella época y que felizmente fueron barridos por la Revolución. Cienfuegos tuvo su barrio de las Yaguas. En su lugar se erigió el reparto Hermanas Giral.

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      el 23 diciembre, 2019 a las 7:02 am
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      Gracias Zato Ichi , crecí en el barrio Hermanas Girals en la casa #7 , la revolución le construyó una casa allí a mi abuelo apodado el pitirre que vivía en el barrio las Yaguas antes del triunfo de la revolución .

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