Las últimas horas de Batista

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Así fue el amanecer del primero de enero, el pueblo en las calles gritaba: ¡Viva Fidel Castro!, y salía a festejar.

Diversas fuentes periodísticas y en libros sobre la vida de Batista nos relatan las últimas horas del déspota cubano. En resumen resulta así:

Desde el día 30 de diciembre, al ayudante personal de Batista, el alto oficial “Silito” Tabernilla, hijo del Jefe del Ejército, le preocupaba la seguridad de la capital del país.   Insistía ante el tirano, que ya La Habana no era un lugar seguro, ni en el campamento de Columbia, ni en el Palacio Presidencial. Quedaban pocos recursos en la Capital, al enviar casi todo a los frentes de combate a lo largo de la Isla, tratando de detener la ofensiva rebelde.

La toma del tren blindado y la captura de todas sus fabulosas armas fue la debacle. Ni Santa Clara, ni Yaguajay, ni Santiago aguantaban más, estaban a punto de perderse.  Y por fin, Silito le expresó a Batista su pensamiento:

–   General,  no hay más remedio para la situación, tenemos que irnos.  Si usted quiere yo lo acompaño y lucho hasta la muerte, pero si no hay esperanzas, si no se puede ganar, ¡hay que irse a tiempo! Yo se que los americanos y usted mismo, quieren que aguantemos hasta el 24 de febrero en que será el traspaso de poderes para el nuevo gobierno, pero es imposible aguardar tanto tiempo, y los generales no son de confiar, Cantillo mismo no tiene capacidad para.

–    ¡Está bueno ya, chico, yo se todo eso!.  (Batista le cortó con un gesto brusco, y agregó): Vamos a dormir que ya mañana, bueno ya hoy, porque son más de las doce de la noche, al levantarnos veremos qué decidimos. Tenemos que despedir el año primero, después, veremos.

El 3l de diciembre de 1958,  para el General Fulgencio Batista y Zaldívar,  sería un día con un programa no cumplido. Estaban en la finca “Cuquine” del sátrapa, más tranquila y segura que en el centro de La Habana.  Su asistente personal, Carlos Sánchez lo despertó a las diez y diez de esa mañana. Batista le confió que había dormido mal. Estaba más molesto y sombrío que los últimos días anteriores.

Un rato después sus escoltas vieron a Batista en la capilla de la finca. No supieron si rezaba o pedía. Si su apelación era sincrética o si pensaba en alta voz. Los sirvientes sabían que “el Hombre” estaba lleno de supersticiones y la fecha se prestaba para todo. Mojó su sortija de la amatista, que era su obsesión, en la pila del agua bendita.  Su médico de cabecera, el doctor Ramiro López de Mendoza, que encubría su presencia en Palacio con el cargo de “mayordomo”, porque la salud de Batista era un secreto de Estado, lo examinó brevemente y hablaron aparte en voz baja.  A las doce del día recibió una llamada telefónica urgente de la Fuerza Aérea.  Escuchó brevemente y respondió airado:

–   Que salgan todos los aviones. Bombardéenlo todo.  De Santa Clara no pueden pasar.

Después del almuerzo en la finca, salió en su Cadillac negro con otros carros escolta delante y detrás, para ir al palacio Presidencial. La Habana parecía tranquila.  Era una fortaleza inexpugnable. La guardia del Palacio estaba reforzada, incluyendo más tanques. Un ayudante le llevó a su despacho varios papeles, todos con el gomígrafo de “Urgente” y “Confidencial”. Batista le dio una rápida mirada y su rostro se ensombreció más. Semanas atrás habría firmado  bajo el membrete de “Enterado”, pero ahora empujó los documentos y empezó a dar órdenes telefónicas. Hojeó unos partes del Estado Mayor Conjunto y otros del Foreign Broadcast Information Service remitidos desde Washington por el agregado militar de la embajada cubana allá.  Tampoco le hizo caso a un informe del Cónsul cubano en Mami que el SIM catalogaba como X-4, que significaba Clasificación de Informantes Infiltrados, por los que conocía información al margen de la de los organismos oficiales.  Después de despachar con algunos ministros y militares subió a reunirse con su esposa Marta, que guardaba joyas y otros valores que empaquetaba cuidadosamente e introducía en bolsas de mano.  Recibió de mal humor una llamada desde Washington y colgó aun más malhumorado.  La CIA quería imponerle al Coronel Barquín, de la conspiración de “los puros”, como una solución “sin Castro”, pero él no quería aceptarlo.  Seguidamente recibió la noticia de la “inminente caída de Santa Clara” y la que le comunicaban que “Santiago tampoco podrá resistir mucho más”, lo que lo dejó sin color en sus mejillas pardas.  0rdenó: “No le digan ni una palabra de esto a nadie.  ¡A nadie! O será la debacle”.

Entró el General Cantillo y se encerraron por más de media hora. A su salida se oyó decir a Cantillo. “Pero tiene que decidirse enseguida, General”, y salió sin despedirse militarmente.

El tirano atendió por cinco minutos a dos enviados dominicanos del General Trujillo y los despidió muy serio y sin protocolo alguno. A las once de la noche volvió a reunirse con Cantillo y otros generales  en el campamento de Columbia y fue a Palacio a vestirse de gala para asistir a la recepción palaciega en espera de las doce de la noche del último día del año y comienzo de 1959. Deseó a todos un Feliz Año Nuevo y terminó el breve discurso con su consabido final de ¡Salud!, ¡Salud!, ¡Salud!…  Antes de la una de la madrugada salió con ropa de vestir normal de calle, junto con su ayudante “Silito” Tabernilla. A su caravana de autos se le “pegó” el vehículo en que viajaba el sanguinario Ventura Novo. Se dirigieron al aeropuerto del campamento de  Columbia. También de Palacio había salido discretamente su esposa Marta Fernández y sus hijos Jorge y Martica.  Ella, antes de salir, se despidió de sus amistades en Palacio diciéndoles muy animada:  – Bueno, las espero mañana para almorzar juntas.

Alrededor de esa hora, una de la madrugada, en el casino de juego del Hotel Riviera donde se recreaba la jerarquía batistiana, el ministro de Gobernación, Santiago Rey Pernas, rodeado de guardaespaldas jugaba a las cartas y bebía.  Se le acercó uno de los funcionarios norteamericanos del hotel, integrante de la mafia, y le habló al oído. Al instante, el acaudalado cienfueguero se levantó y empujó a la rubia que estaba inclinada sobre él y salió apresuradamente. De semejante manera lo hizo el gánster Rolando Masferrer que voló del lugar.

La Habana dormía temprano porque no eran tiempos de festejos cuando el Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Carlos Piedra, sintió que tocaban fuertemente a su puerta. No se atrevió a abrir. Quienes lo buscaban acudieron a la residencia vecina, que era la de Wilbur Andrews, superintendente de la cadena de tiendas Ten Cents, y desde su teléfono llamaron al juez. Lo enteraron que sería el nuevo Presidente de la República porque Batista había renunciado.  Así se cumplía el plan de Washington.

En ese momento levantaban vuelo cinco aviones con los personajes más comprometidos del gobierno de Batista, éste, su familia, y todos los últimos fondos de las arcas de la República. Los aviones enfilaron hacia República Dominicama. Así fue el amanecer del primero de enero.  Poco después, el pueblo en las calles, gritaba: ¡Viva Fidel Castro! Y salía a festejar y a responder a la huelga general revolucionaria.

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