Las tijeras del huracán

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Las tijeras se asoman por una ventana entreabierta y esas manos las dirigen, las abren y cierran. /Ilustración: Arí
Las tijeras se asoman por una ventana entreabierta y esas manos las dirigen, las abren y cierran. /Ilustración: Arí

Abuela, tus tijeras son rurales
y cortan otros males,
pero este viento, no.

Silvio Rodríguez 

Las manos huesudas y arrugadas sostienen las únicas tijeras de la casa. Nadie parece necesitarlas para mucho, ahora, cuando la oscuridad inunda los rincones, los muebles, las mentes. Las tijeras se asoman por una ventana entreabierta y esas manos las dirigen, las abren y cierran. Las finas hojas metálicas parecen cortar, como a un algodón, las nubes.

La negrura que se ciñe en el cielo difícilmente podrá escaparse de los cortes, como difícilmente podremos escaparnos de aquello que se refleja en el cielo. Hace años que esas manos temblorosas intentan tijeretear el clima. Hace siglos que la antiquísima piel de la abuela recuerda los embates del viento. De su cabeza no sale la casita diminuta de yaguas que construyera, según dice, ella sola y que tantas veces voló por los aires. Una casita hecha una y otra vez. Confeccionada con el temor de la desaparición, hecha mirando al cielo. Allí crecieron sus hijos, todos, los que murieron y los que quedaron para verla sacarlos del campo cubano donde no había abrigo que los protegiese de la naturaleza.

Cuando era joven rezaba, y a pesar de que aún parece hacerlo, solo corta con su imaginación la tempestad cercana. Al menos lo cree, incluso supone que adivina el sexo de los niños antes del nacimiento, que puede eliminar los dolores o soñar el futuro. Tantas veces la escuché decir que soñó con mi descendencia, esa que todavía no existe, y reí, porque siempre sus ocurrencias resultan risibles. Pero cuando dicen que viene un ciclón, cuando escucha en el televisor que la lluvia serpentea alrededor de la Isla comienza el mismo miedo de su juventud. Quizás por eso teme a los rayos, a los truenos, al aire.

Recuerdos borrosos son mis imágenes de un huracán. A pesar de que los dos últimos los viví en la adolescencia, algo me hace olvidarlos, desterrar la destrucción que los persigue. Nací en el extremo, en ese Pinar que la gente recuerda por su verde, el béisbol, y las tonterías que alguien nos hizo adoptar. Pero Pinar del Río también significa estar en la mira, ser nativos de la catástrofe, aprender a vivir en tierra de huracanes y adaptarse, porque nada curte más nuestra alma que la tristeza de la pérdida.

Un ciclón podrá llamarse de muchas maneras, pero sus consecuencias serán siempre las mismas. Un huracán nace en las aguas y se lleva todo con ellas. La tierra lo debilita y él le arranca vengativo la mayoría de sus frutos, desde la roca inanimada hasta la vida del hombre.

Mi abuela nunca ha logrado detener ni siquiera un chubasco leve. Sus tentativas solo quedan en las risas del barrio, de la casa, en la algarabía de mi hermano, en la oscuridad de los apagones que vienen asidos al ojo del huracán. Ella sigue tratando, huyendo de los fantasmas de la inundación, pero cada tiempo la historia se repite en otras latitudes; por eso persigue las noticias y se duerme delante del noticiero para luego despertar sobresaltada. Nunca le he preguntado qué sueña mientras su cabeza cae hacia delante y sus palabras desaparecen del contexto de la sala. Nunca lo ha dicho, o tal vez no sueñe, solo disfruta el tener un techo que no tiembla ante la primera ráfaga.

Hoy, cuando el huracán no está en su horizonte, al menos no por esta vez, sigue con sus tijeras afiladas observando las nubes, parada frente a la ventana, temblando, porque nunca ha podido zafarse de sus memorias, esperando…

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