La tolerancia tiene razón

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El que no se monta en un transporte público, no sabe lo que es la vida. Y mientras más público el transporte, más se conoce y se aprende. Les invito un día, jóvenes principalmente, a quitarse los audífonos durante el viaje. De esta forma se podrán percibir escenas como la siguiente, sucedida dentro de un coche motor azul.

Amontonados junto a sus maletines, un grupo de seis estudiantes regresaban a sus casas después de una semana universitaria llena de pruebas y madrugones. Finalizaba el semestre para ellos, que transitaban la misma carrera pero cursaban años diferentes.

Les cuento que, para no aburrirse, saturaron el ambiente con palabras rimbombantes sobre los más diversos temas de conversación. Este sano ejercicio, sano solamente para ellos, se condimentaba de vez en cuando con las discusiones típicas de estudiantes de la Enseñanza Superior.

La calidad de los profesores (ellos también hacen lo mismo con los alumnos), las asignaturas inútiles y la famosa dicotomía entre la teoría y la práctica eran objeto de análisis. Además, se preguntaban entre ellos nombres de presidentes, capitales de países, autores de libros, fechas y lugares donde sucedieron los más importantes acontecimientos históricos…, de todo se habló ese día.

Para aclarar, los muchachos pertenecían a la Facultad de Humanidades, donde es harto sabido, se habla en demasía. Otro dato, no elevaban tanto el tono de voz cuando dialogaban. Aunque para ser más justo, yo, que lo he sufrido en carne propia, puedo atestiguar cuánto molesta a quien intenta dormir, soportar un viaje de tres horas sin que sus compañeros de viaje cierren la boca. Sin embargo, más molestan las bocinitas bombarderas de reggaetón.

Un señor, sin bocinita de reggaetón encendida porque se le había acabado la carga antes subir al coche motor azul, intentaba sumarse a la tertulia desde el principio del viaje. Al no coincidir en cuanto a tópicos con el grupo de estudiantes, fue víctima de un mecanismo de defensa llamado compensación: eso que antes le parecía codiciable, le parece repulsivo cuando fracasa en su intento por conseguirlo.

Al no aguantar más, formó un espectáculo terrible. “Oye, no se han callado en to’ el camino. ¿Ustedes no saben hablar de otra cosa? Hablen de pelota, de Yomil y el Danny, de la novela… ¡Qué me importa a mí quienes son esa gente con esos nombrecitos tan complicados que tanto ustedes se preguntan!”.

Uno de los seis estudiantes le contestó: “Nosotros no venimos haciendo bulla. Pero bueno, si lo molestamos de verdad, le pedimos disculpas”. El señor, aunque suavizando un poco sus palabras, siguió en su intento por ridiculizar al grupo: “las disculpas no se piden, se ofrecen”, musitó por lo bajo.

Nadie puede calcular lo sana que llega a ser la tolerancia. Sabrá Dios cuántas guerras se han provocado por la ausencia de la misma. ¿Resultó una utopía pensar un futuro donde el hombre es hermano del hombre? ¿Seré sencillamente otro soñador por defender esta virtud por sobre muchas otras? ¿Cuál de las dos partes tiene la razón? Solamente la tolerancia.

2 Comentarios

  1. Lo que nos sucedió fue algo insólito, toda la atención de un tren, las palabras incómodas de ese personaje perturbado por la diversidad de temas que trataba participar de la conversación.

  2. Me gusta mucho esta crónica. El tren es la opción más barata que le queda a los estudiantes universitarios de la UCLV para trasladarse a Cienfuegos. Casi todas las provincias le garantizan, a través de los gobiernos provinciales, transporte a sus estudiantes, de ida y regreso, a los que mañana serán los valiosos profesionales que echen a andar la economía del territorio, excepto Cienfuegos, permítanme la coletilla. Ese tren es un engendro, en él viajan personajes de todo tipo y se ha dado más de un incidente contra los estudiantes, robo de pertenencias, asaltos para quitarles los celulares… Miguel Ángel nos narra uno, interesante y cronicado, bien por él y porque ya sus ojos y oídos son los de un periodista

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