La sobrevida del western en el siglo XXI (Tercera Parte y final)

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Valor de ley (Joel y Ethan Coen, 2010)

M√°s o menos la misma impresi√≥n se experimenta al apreciar Appaloosa (Ed Harris, 2008), pues en sus respectivas conciencias gen√©ricas una y otra acusan varios puntos de encuentro o l√≠neas conectoras argumentales-tipo, fibra de introversi√≥n/violencia subyacente de los personajes y b√ļsqueda de la recuperaci√≥n de las esencias pr√≠stinas del western con bien poco de posmodernidad o crepuscularidad agazapadas. En el polvoriento pueblucho de Appaloosa manda Randall, un mat√≥n temible como todos (Jeremy Irons en su salsa se lo traga de un bocado), cuya banda se despach√≥ a los representantes de la justicia. Los habitantes pagan a Virgil Cole (Ed Harris) y Everett Hitch (Viggo Mortensen), dos legendarios gatillos de alquiler, para librarse del canalla e imponer de nuevo la ley y el orden. La amistad de estos hombres, bell√≠sima, a veces prescinde incluso de palabras, de tanto conocerse uno y otro. Everett le completa las frases que se le extrav√≠an en la mente a Virgil, en crucigramas psicoverbales nada exentos de humor. En medio del tejemaneje contra los malos llega a Appaloosa la pizpireta y cultivada Allie (Ren√©e Zellweger), quien prendar√° al deslumbrado Virgil, conocedor carnal hasta entonces solo de indias y prostitutas. Sin embargo, la hembra no est√° fabricada de madera de ley, e intenta completar un tri√°ngulo inaceptado por Everett; porque si la pel√≠cula cantar√° loas a un amor ser√° al suyo con el amigo y no al de la rubia -homosexualidad excluida, si bien habr√° quien as√≠ quiera leerlo.

Aunque t√≠pica cowboy movie avenida y todo a la reexaltaci√≥n del halo mitol√≥gico del Viejo Oeste de las cintas de la √©poca dorada postb√©lica, en Appaloosa, pel√≠cula m√°s de personajes que de situaciones -sin que ello tampoco implique la renuncia a las consabidos tiroteos del g√©nero o la cl√°sica trifulca con indios-, el multioficio Harris (la dirige, act√ļa, produce y escribe a partir de la novela de Robert B. Parker) se toma el tiempo que desea a fin de escarbar entre planos, gestos y medias palabras la ambig√ľedad moral de los personajes, su sentido de la √©tica, el valor, la fraternidad. Mortenssen lo aprovecha para, sin mucho uso de su lengua, meterse el filme en un pu√Īo tras morderse par de veces el bigote; y la insoportable Zellweger para reconfirmar que lo suyo es la comedia corte Bridget Jones y que a partir de sus moh√≠nes o pedante √Īo√Īer√≠a nada hace en piezas semejantes.

Dentro de esta puesta en escena cl√°sica hay estilo, fuerza dram√°tica, di√°logos ic√≥nicos (verbigracia: al rechazar Cole el trago que le invita a tomarse Randall, el villano dice: ‚ÄúEs dif√≠cil hacerse amigo de un hombre que no bebe‚ÄĚ, a lo cual replica el justiciero: ‚ÄúDif√≠cil s√≠, pero no imposible‚ÄĚ) solvencia narrativa, personajes que recuerdan a Budd Boetticher, composiciones imborrables, una regia fotograf√≠a de Dean Semler y sobre todo gran cari√Īo por el inmarcesible g√©nero. Pero tambi√©n frialdad, acaso demasiada. El para m√≠ sagrado en el orden actoral Harris, en tanto realizador a ratos creyera olvidarse del g√©nero y estar en el set de la anterior Pollock, su biopic del caprichoso pintor. De modo que el exceso de parsimonia le cobra factura a un ritmo resentido, el cual restar√° calidez e incluso empat√≠a comunicacional a un largometraje que en tal sentido solo es comparable a las, empero, en otros aspectos harto diferentes El asesinato de Jesse James‚Ķ, y Wyatt Earp (Lawrence Kasdan, 1994). Sin ello, y sin la Zellweeger, pudo ser otro de esos exponentes memorables filmados mucho despu√©s de los a√Īos cuando Arthur Miller habl√≥ de un ‚Äú√ļltimo western‚ÄĚ.

No erraba Eric Rohmer al asegurar, 58 a√Īos ha en Cahiers du cinema, que ‚Äúlos mejores oeste son, al fin y al cabo, los que llevan la firma de un gran hombre‚ÄĚ. O de dos. Le subieron el list√≥n a Harris los hermanos Coen, Valor de ley mediante, seg√ļn la novela True Grit, de Charles Portis: ya versionada por Henry Hathaway en 1969, al servicio de John Wayne. Joel y Ethan inauguraron el Festival de Berl√≠n 2011 merced a dicho filme rodado un a√Īo antes, integrante junto al drama independiente Winter’s Bone de lo m√°s sobresaliente entre las nominaciones del Oscar; si bien ni uno ni otro consiguieron nada en los deshonestos lauros. Sin pretender descarriarse de eso identificado por Noel Burch como el Modo de Representaci√≥n Institucional (en cristiano, clasicismo narrativo), del cual ni siquiera uno de los principales materiales estadounidenses de este cine se desmarc√≥ en cuanto va de siglo, Valor de ley es algo parecido a una vieja gran pel√≠cula. Dicho sin ambages, a nadie podr√≠a demostr√°rsele que mucho nuevo entrega a la pantalla en t√©rminos de puesta en escena o discurso, a alturas tales. No obstante, este western sin indios, ni asaltos a diligencias o ferrocarriles, ni final feliz deviene opus imperdible del decenio dentro de la parcela pura de su franja gen√©rica.

Y lo es, entre otras razones, nuestra suerte de bildungsroman coeniano, a causa de la intensidad emotiva alcanzada en la construcci√≥n del relato en el punto-pivote de la odisea particular de Mattie Ross (la debutante Hailee Steinfeld, di√°fanamente rotunda), esa osada y encantadora ni√Īa quien, m√°s que buscar, se ve sin disyuntivas en el trance de echar a un lado cualquier resto l√≥gico de la inocencia de los catorce a√Īos y emprender un trayecto apurado hacia la adultez conductual, moral y sentimental que le garantice su objetivo cimero de vengar al padre asesinado. La peque√Īa echa a su sart√©n, a base de inteligencia emocional, a los resortes humanos necesarios para su tarea indubitable de finalidad punitivo-redentora. El primero de ellos, de verdaderas agallas (las ‚Äútrue grit‚ÄĚ del t√≠tulo original) y en faena sin lugar para cobardes: el marshall Rooster Cogburn (Jeff Bridges engolosinado con su alguacil tuerto de voz gorg√≥rea). El segundo, tambi√©n con incidencia de cara a la soluci√≥n del conflicto: el Texas Ranger LaBoeuf (un Matt Damon menos √©l que otras veces, lo cual aqu√≠ deviene cumplido).

Marca de f√°brica hogare√Īa, los Coen narran a pista abierta y proponen personajes rotundos para poblar su historia de p√©rdidas, dolores, castigos y solo pasajeras liberaciones de penas. Le fabrican su carne dram√°tica con dureza, caricatura e iron√≠a. Arman escenas antol√≥gicas: la del regateo de Mattie con el viejo vendedor de caballos es caviar cinematogr√°fico, donde luce imposible evitar la sonrisa c√≥mplice con las ma√Īas del fraternal binomio de Minneapolis y su trabajo con los actores. Empero, no habr√° ning√ļn matiz l√ļdrico al cierre. Cogburn languidecer√° hasta su fin, borracho y gordo, en barraca ferial de mala muerte. Y la luchadora Mattie perder√° la luminosa energ√≠a de sus ojos, manca, adusta y solitaria. Hac√≠a largos a√Īos que el desenlace de un oeste no lograba entristecerme as√≠. Y a la vez conmover.

¬ŅPara eso habr√° estado ah√≠ de productor ejecutivo el creador de E.T?¬† Remueve la entra√Īa cin√©fila el largometraje todo, apreciar a estas v√≠vidas criaturas desplazarse entre los espacios del elocuente universo visual configurado por un director de fotograf√≠a tan conocedor de las estrategias de los realizadores casi como ellos mismos: el brit√°nico Roger Deakins. Valor‚Ķ es un sensible e irremisiblemente nost√°lgico homenaje de los Coen a un g√©nero que a ojos vista aman, pero que a la larga intuyen tan del ayer como las comedias musicales de Ginger Rogers y Fred Astaire. Si Pixar sald√≥ su deuda con la gente del estudio y una generaci√≥n completa a trav√©s de Toy Story 3, Valor‚Ķ era algo que ellos igual deb√≠an hacer, a bien espiritual suyo, creo.

Y es, tambi√©n, la obra, cual subrayara el cr√≠tico chileno Antonio Mart√≠nez en Wik√©n (11 de febrero de 2011) ‚Äúuna pel√≠cula cin√©fila, en el mejor de los sentidos, porque roza con cautela y sin aspavientos los monumentos enterrados del cine y da con ellos casi por casualidad. En el encuentro con el cazador y trampero, aparece el Oso Adams de El juez del pat√≠bulo (1972), de John Huston, porque es el humor y la extravagancia en el Oeste, en esos territorios aislados donde pasaba cualquier cosa antes de que llegara la civilizaci√≥n. En la carrera desesperada de Cogburn con Mattie en brazos, primero a caballo y luego paso a paso, est√°n los paisajes y el firmamento de un cuento encantado: es La noche del cazador (1955), de Charles Laughton. Y la mujer que retorna en tren a un pueblo antiguo, a un lugar que la marc√≥ para siempre y nunca la dej√≥ en paz, remite al viaje de Un tiro en la noche (1962), de John Ford. Est√° construida con delicadeza, parquedad y dulzura (‚Ķ), huye del gigantismo del western y se esconde entre las piedras, para buscar entre el olvido y el polvo una historia que se desvanece delante de los ojos‚ÄĚ.

(Texto publicado originalmente en la revista El Caim√°n Barbudo. Fragmentos)

1 Comentario

  1. Hailee Steinfeld ya es una promesa cumplida, casi una consagrada en Hollywood, a pesar de su vertiente de cantante pop batea fuera del estadio todos sus personajes. Los Cohen son un tándem de respeto, me gusta lo descarnados que pueden ser a veces, su humor negro, y sus inolvidables personajes. A pesar de no gustarme el western, amo el cine y no quiero que uno de sus pilares fundamentales en lo génerico muera nunca. Por tanto, larga vida a los oestes!!!!

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