La reina Victoria: amable e inocua

Dentro de las tres o cuatro líneas identificables del cine británico de la actualidad, la social y la histórica son las que sin dudas dan más rédito a los hijos fílmicos de Albión, si descontamos por supuesto a creadores-islas como Greenaway o Winterbottom, quienes constituyen por sí mismos un género en la pantalla inglesa sin necesidad ni deseos de afiliarse a corriente alguna. Los del archipiélago europeo van una y otra vez donde su historia/literatura/cultura patrias (La reina Elizabeth; Elizabeth, la edad dorada; La duquesa; The Queen; Expiación; Orgullo y prejuicioLa joven Jane Austen, Amazing Grace…) a fin de recrear sus argumentos cinematográficos, cosa que no es de culpárseles, en tanto hay allí un venero riquísimo e inmarcesible, que no creo se seque ni con tres siglos de cine.

A veces estos dramas históricos dan en el clavo, otras solo cumplen la tarea y en ocasiones no superan la condición de plúmbeos mamotretos, los cuales no es suponer hagan interesar a muchos educandos locales en torno a los antecedentes nacionales. Específicamente a la reina Victoria de Inglaterra (monarca ocupante del trono imperial entre 1837 y 1901, año de su muerte) le están sacando el kilo justo desde hace un siglo, desde los tiempos de la pantalla muda. La más reciente de las aproximaciones es la que esta semana se estrena en Cuba bajo la traducción castellana de “La reina Victoria”, si bien el título original en inglés -mucho más preciso en tanto remite al arco temporal de interés para el relato-, sería La joven Victoria.

Largometraje estrenado en 2009 por el realizador de origen canadiense Jean Marc Vallée coproducido con capital estadounidense, cual su título madre indica, halla interés en los años mozos de la soberana, pero la indagación histórica pierde mucho en favor de un retrato tendente a moverse en una cuerda filo complaciente. Siempre adherido a amable, inocuo, familiar tono, al que poco le falta en bonhomía, melosidad  y candidez para parecer un producto de la factoría Disney. La película de Vallée, a resultas, viene a ser como el reverso de la moneda de la hecha por la norteamericana Sofía Coppola alrededor de la figura de María Antonieta, también joven la de Versalles, en el (comparado con éste) transgresor filme homónimo de 2006.

El guión de Julian Fellowes para La reina Victoria, muy básico y tirado a lo romántico, sobrecarga la tinta en la relación sentimental con el príncipe Alberto y alarga la odisea del hombre para conquistar a la casadera, objeto del deseo de todas las cortes  europeas. Las líneas epilogares rematan la paciencia mediante esa cronología hagiográfica, el recuento de la producción biológica de nueve hijos de nuestra madraza, la extensión de su reinado, logros económicos y detalles biográficos corte Wikipedia. Empero, bastante poco podrá conocerse aquí sobre las turbias relaciones de la corte (resuelto el tema con unos viñetazos donde, de forma bien tontina, el rey predecesor se faja con la madre de la futura reina en un banquete, u otros lances semejantes), los conflictos de la monarquía allende el Canal de La Mancha, la situación de las grandes masas sociales, el conservadurismo atroz, la pacatería moral del período…

No obstante, la película agrada; y como ya es común en este tipo de producciones -donde por regla andan de manos un presupuesto holgado y eficaces técnicos- en nada desmerece su recreación histórica (decorados, escenografía, vestuario). Tiene un ritmo mantenido y no permite que el espectador pierda de vista la pantalla para observar cada risa, cada mohín, el mínimo puchero de la bella, grácil Emily Blunt interpretando a la monarca (quienes tengan el trabajo de coger un retrato de la señora sabrán que la Blunt parece Afrodita comparada con ella; pero si Jonathan Rhys-Meyers compuso al gordito y feito Enrique VIII en la teleserie Los Tudor, todo es posible.

Emily, al lado de una tanda de probados actores de la escuela inglesa (Paul Bettany, Jim Broadbent y Miranda Richardson) aporta convicción dramática a un largometraje que pretende ganar en reconstrucción histórica e interpretaciones cuanto pierde en rastrear ecos, pulsiones, latidos de la época victoriana. Al margen del esfuerzo de la Blunt, no obstante la Victoria de Vallée está escrita en el guión tan pura, humana, adorable -y su monarquía tan socializadora, polícroma (aquí no se verá un solo plano de grisuras londinenses ni penas del “populacho”)-, que uno quisiera saltar a la pantalla, como el personaje de La rosa púrpura del Cairo, la cinta de Woody Allen, y convertirse en su paje. O ser el “hombre sin sombra” de Paul Verhoeven, para, dotado del don de la invisibilidad, meterse en el Palacio de Buckhingham, a ver cómo tras despacharse el té de las cinco y zamparse la cena de las ocho, la realeza exhibe este filme y luego duerme el más bendito de los sueños posibles. Cómo no, si aquí no se roza el legado monárquico ni con el trozo de un fotograma.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

2 Comentarios en “La reina Victoria: amable e inocua

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    el 12 abril, 2017 a las 5:07 pm
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    Lo de Rhys-Meyer en Los Tudor fue tremendo, un tipo curado en gimnasio con aquel noble semiobeso. Delvis, como siempre, gracias por tus comentarios. Saludos del autor.

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  • Delvis Toledo desde Cienfuegos
    el 12 abril, 2017 a las 1:24 pm
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    The Tudors, entre otras cosas, incumplió con el requisito de parentesco físico entre el monarca obeso y el apuesto actor Rhys-Meyer.
    Las teleseries españolas, al menos tienen ese aspecto a su favor; muchas de sus producciones logran un visible parentesco entre los personajes históricos y los actores y actrices que los representan. Tal es el caso de Isabel; tanto Rodolfo Sancho como Michelle Jener fueron a mi parecer acertados en los roles de los monarcas católicos (al menos en el aspecto físico). Y más aun la semejanza física de Juana la Loca y la joven actriz que le da vida en la segunda y tercera temporada.
    En cuanto a esta sutil y glucósica reina Victoria, prefieron verla caricaturizada en la película de animados del 2012 «Pirates. The band of misfits» comiendo dodos y persiguiendo piratas.

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