La provocación de lo prohibido

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1966
Bradbury fue un escritor estadounidense de ciencia ficción y fantasía, entre sus obras más conocidas están Crónicas marcianas y El hombre ilustrado. / Foto: Internet

Ray Bradbury (1920-2012, Estados Unidos) nos planteó la idea de que leer nos hace inmensamente infelices. Fahrenheit 451 (1953) es púlpito de tal teoría; novela donde la prohibición de la lectura es eje y desenlace de la trama, porque nada nos provoca más que lo prohibido.

Presenciamos una sociedad distópica erigida sobre el principio de la felicidad y la conformidad, donde se ausentan el conocimiento, la tristeza, el análisis y todo aquello que nazca de un libro. Para ser feliz se debe entonces desconocer. Los bomberos figuran como pirómanos de bibliotecas. Hasta los objetivos sociales han sido trastocados por Bradbury para desarrollar, con su tono poético, una historia con toques filosóficos, donde nos alerta sobre un mundo sin libros, y a la vez critica nuestra tendencia a la imagen en movimiento y no al estatismo de las letras.

Fahrenheit 451 es la temperatura en la que el papel se inflama y arde, pero en estas páginas se trastoca en la dominación de unos pocos sobre la ignorancia de muchos. Incluso los lazos afectivos desaparecen entre los individuos, tornando las relaciones entre las personas como un sinsentido. La televisión es nombrada aquí como “la familia” e influye en el estado de ánimo de ciertos personajes como Mildred, la esposa de Guy Montag, el protagónico. Los medios masivos controlan desde la sugestión la vida de estos habitantes del futuro y se convierten en los proveedores exclusivos de información y “conocimiento”.

Del escenario que vivió el mundo y Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial se muestran algunas pinceladas en la novela. El trabajo y la diversión figuran como guías en esa cadena anodina resultante de una humanidad sin pretensiones, mientras que la instrucción y las minorías originadas a partir de ella se sitúan al margen:

“Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?” (Bradbury, p.54)

Miles de libros reposan en mentes dispersas, aprendidos de memoria por algunos intelectuales que se oponen a olvidarlos. Esos hombres se ven obligados a exiliarse en campamentos ambulantes, distantes de las ciudades donde son perseguidos. En uno de ellos termina Montag, quien es solo un bombero al cual los libros le metarfosean, le hacen pensar y enfrentarse a todo aquello en lo que creía cuando quemaba obras literarias.

Él no siempre fue pro-libros. Sus encuentros fortuitos con la adolescente Clarisse McClellan van cambiando su modo de percibir la realidad, hasta hacérsela insoportable. El intercambio con un ser reflexivo y “loco” como Clarisse introducen en el bombero un cúmulo de dudas, que transcienden luego de la muerte de la joven. Ella es el catalizador para un cambio que es paulatino, pero definitivo.

Por impulso comienza a esconder libros en su hogar, a exasperarse con los comentarios de otros personajes secundarios, a leer y a aliarse con otros como él. Durante el incendio de su casa, provocado por los bomberos con los cuales trabajaba, Montag termina por incinerar al jefe del Departamento. Ahí comienza su huida…una carrera desenfrenada por escapar de la tecnología y la masividad.

Fahrenheit 451 se escapa de lo clásico, quizás porque todas las narraciones de Bradbury lo hacen y tienen algo de proféticas; reptan hacia otro universo donde la ciencia ficción no es un elemento importante, pero sí el hombre y sus modos de enfrentar la vida.

3 Comentarios

  1. Bradbury es un poeta-profeta, surrealista y realista, una mezcla de Kafka con Julio Verne… Me impactó Las crónicas marcianas, y luego Fahrenheit 451 fue el golpe de gracia. Hay que leerlo, sus palabras nos hacen más humanos y sensibles, más fuertes. Es verdad que leer nos hace más concientes de la realidad y los sufrimientos y miserias, pero nos sensibiliza ante lo bello y lo sublime.

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