La novena de la Virgen

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Catalina es la número once del clan Aguiar Ruiz. / Foto: Dorado

Que un equipo de béisbol sea una familia resulta bastante común. Ahora, que una familia sea un equipo de béisbol suena menos probable, hasta numéricamente complicado…

Quizás sumando a los tíos, una mayoría de sobrinos, primos en cualquier grado, vecinos de crianza y conocidos asumidos como parientes por cercanía, puede… Sin embargo, Catalina Aguiar Ruiz cuenta una historia sorprendente, milagrosa tal vez, de la cual conserva memorias y testimonio gráfico. Tendrían que escucharla.

“Mi papá, Marcelo, vino para Guabairo en 1920, él era huérfano y lo crió un tío, comienza Catalina. Conoció a mi mamá en Santa Isabel, una colonia de por allí y como era solo en el mundo, decidió tener mucha familia y así sus hijos no pasaban por lo mismo. Por eso somos doce hermanos, de la misma madre y el mismo padre: la mayor fue una hembra, después nueve varones seguidos para tenerme a mí y a la menor.

“Él era muy devoto de la Virgen de la Caridad del Cobre y nos puso a todos nombres con la letra inicial C: Caridad, Carlos, Candito, Carmelo, Casimiro, Cecilio, Celestino, Camilo, Claudio, Cristo, Catalina y Celestina. Después quiso hacer un club de pelota y nada, sucedió. Fue por allá por los 50 y algo, ahora mismo no puedo precisarte así, exacto. Yo era muy joven”.

Arriba, de izquierda de derecha: Casimiro, Candito, doña Ana, Carlos, Claudio y Celestino. Debajo: Camilo, Carmelo, Cecilio, don Marcelo y Cristo. Las muchachas: Catalina, Clementina y Caridad (el corte en la foto la dejó fuera de encuadre). / Foto: cortesía de la entrevistada
Arriba, de izquierda de derecha: Casimiro, Candito, doña Ana, Carlos, Claudio y Celestino. Debajo: Camilo, Carmelo, Cecilio, don Marcelo y Cristo. Las muchachas: Catalina, Clementina y Caridad (el corte en la foto la dejó fuera de encuadre). / Foto: cortesía de la entrevistada

La foto en sus manos inmortaliza a la novena, de completo uniforme y con la sobria pose de la época. Con el bate aparece don Marcelo, escoltado por doña Ana y más afuera las muchachas, protagonistas involuntarias en estas cuestiones de hombres, a pesar de los prejuicios de su tiempo.

“Donde nosotros vivimos, en el batey de Guabairo, había un dueño de la colonia y mi papá trabajaba para ese señor, atendiendo las vacas, la planta eléctrica y otras cosas. Cuando tenían tiempo jugaban, porque mentira, éramos campesinos y al final dependíamos de la tierra. Practicar, como tal, casi no lo hacían nunca. Si vamos a ver, solo salían a jugar”.

¿Se imaginan las anotaciones del momento con un line up como este? Incluso en la actualidad exigiría su dosis de ingenio: Aguiar, C., 1B; Aguiar, C., 2B; Aguiar, C., 3B; Aguiar, C., SS; Aguiar, C., LF; Aguiar, C., RF; Aguiar, C., CF; Aguiar, C., C y Aguiar, C., P. ¿Quién batea?: Aguiar. ¿Quién defiende?: Aguiar. ¿Favorito?: ni lo menciones, Aguiar.

“Uno de los últimos partidos, si la memoria no me falla, fue contra la cervecería Manacas. No eran como tal equipos, eran más bien lugares, explica Catalina. Mis hermanos eran el equipo del batey y cuando se enfermaba alguno tenían un suplente, un muchacho de la zona al cual mi mamá llamó ‘el negrito de la Virgen’. Su nombre es Antonio Águila, él vive cerca de ahí.

“Cuando ellos jugaban nosotras nos íbamos en comitiva, iba Guabairo completo. Lindísimo. Nos movíamos en camiones y por suerte, siempre ganaban. Me recuerdo que antes a la pelota le decían ‘la perra’. En el juego Claudio se embasó por un ‘jil’ y cuando tiran la pelota de vuelta, el primera base se quedó con ella en el guante. Entonces la mayor le gritó de las gradas: ‘¡Claudio, la perra! ¡Claudio, la perra!’. Él se dio cuenta de la jugada y no se movió más porque el hombre lo quería sorprender.

“Aquello era lo más grande de la vida: todas las muchachas estaban enamoradas de mis hermanos. Ellos eran muy lindos, la verdad. Ahí la foto está un poco opaca y no se nota. Pero antes era diferente: una sola mujer y firmes para toda la vida”.

Solo Casimiro, el lanzador, llevó un poco más lejos su carrera deportiva y participó en una Serie Nacional con los Azucareros. Archivó cinco salidas, dos como abridor y tres en calidad de relevo, con saldo de dos derrotas sin victoria. Los demás, en cambio, dejaron esta página de sus vidas como una buena historia para contar a los más pequeños.

“Casimiro nunca quiso separarse de la casa, comenta Catalina. Ya sabes, éramos unos guajiritos y cuando le dijeron de salir a otros lugares, no aceptó. Los demás siguieron con su trabajo y ya después no jugaron más”.

La familia mantuvo la tradición del patriarca y sumó números a su descendencia: “de seis, cuatro u ocho hijos cada uno, informa Catalina. Imagínese, mi mamá antes de fallecer tuvo, entre nietos, bisnietos y tataranietos, 104 en total. Y después han nacido unos cuantos más. Ella murió a los 95 años; mi papá antes, a los 72. Hoy nada más quedamos cuatro: Camilo (89), Cecilo (73), Clementina (70) y yo (71)”.

La sangre hala, dicen… Otras pasiones también: “a mí me gusta mucho la pelota y yo soy cienfueguera, gane o pierda Cienfuegos, asegura. Sabes, yo oigo a los narradores preguntarse cómo se siente Lourdes Gurriel con sus tres hijos peloteros… Ahora dime tú, ¿cómo me siento yo que tuve nueve hermanos varones peloteros y mi papá era el manager del equipo?”.

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