La mujer de un siglo | 5 de Septiembre.
dom. Ago 25th, 2019

La mujer de un siglo

Con una lucidez y vitalidad increíbles para su edad, Irma Comas Correa recién cumplió cien años. /Foto: Magalys

Irma Comas Correa, nombre y apellidos a los que responde, es una mujer hermosa a su edad, de cutis casi perfecto, memoria profunda, elocuente y buena conversadora. Acaba de cumplir los 100 años y juntas nos sumergimos en un diálogo de horas, porque son muchas las historias que tiene para contar. Refinada y femenina en extremo, a quién la espiritualidad se le desborda y la considera el mejor atributo y consejo para llegar a ser longevo.

Nací el 2 de noviembre de 1918 en Cienfuegos, y crecí en esta ciudad hermosa en los años 20, esos que fueron revolucionarios en tantos aspectos de la vida. Mi padre trabajaba en los muelles, en el embarque de azúcar, y en el tiempo muerto era carpintero, de ese modo se mantenía una familia de cinco hermanos donde yo era la única hembra. Mi madre siempre se dedicó a la casa, era muy estricta y organizada”.

Unos días después de nacida, terminada oficialmente la I Guerra Mundial, comenzaba un período de florecimiento económico para Estados Unidos, de quién Cuba era neocolonia. Pero la prosperidad duraría poco y culminaría en profunda crisis. Fue con aquel escenario social como telón de fondo que Irma hizo sus estudios en los diferentes niveles de enseñanza hasta terminar tomando clases en la famosa Academia del Hogar, donde aprendió a coser y cocer, tejer, bordar, entre otros oficios de esos que, hoy día, solo tenemos como reliquias, heredados de las abuelas.

Irma con apenas un año de nacida. /Foto: Cortesía de la entrevistada.

Yo pude haber asistido a la Universidad, condiciones tenía, económicas y académicas, pero fui una niña enfermiza, con alergias, y eso me limitó un poco. Mis compañeros de la Superior destacaron en el Magisterio, la Medicina y otras ramas en Cienfuegos y en Cuba. Al terminar la Academia comencé a trabajar como modista, tenía muy buena clientela; y más tarde me fui a La Habana con una tía. Allá viví unos años y asistí a San Alejandro durante dos cursos completos, para perfeccionar mis aptitudes artísticas, porque amaba la artesanía.

En la capital continué trabajando como modista y en un taller, pues siempre me gustó tener independencia económica para ganar mi propio dinero con honestidad. Hasta que un día decidí regresar a Cienfuegos, con la familia, era muy apegada a mis padres y hermanos, un núcleo unido. Entre las cosas que he visto y vivido, te cuento que fui testigo del primer dirigible que voló sobre Cienfuegos, aquello fue un acontecimiento. Para entonces vivíamos en la calle Colón y en las noches la acera de frente a casa era un coro de muchachos en torno a mi madre, quién narraba anécdotas. Recuerdo que al ver aquel objeto volador muchos se arrodillaron a rezar.

Cienfuegos siempre ha sido una ciudad linda, renovada, aunque de mi juventud recuerdo no existía el Malecón, esa área era una playita; la Plaza, un terreno cenagoso, a Punta Gorda no había ni transporte; y cuando pasábamos temporada en una casa de verano en O’Bourke de la familia Pujols, los dueños de la funeraria, que eran amigos de la familia, íbamos en bote, porque no había otro modo de llegar al lugar. Y este barrio donde estamos ahora, Pastorita, qué va, esto era manigua”.

Un café llega para hacer un alto, pero ya Irma ha echado a volar sus recuerdos, los ojos tienen un brillo especial, y hasta me alegro de haberle dado el regalo de hacerla viajar en el tiempo. Los hechos los cuenta bien concatenados, es demasiado cronológica para la edad, y tomo aquella taza humeante entre las manos con miedo de romperla, porque me cuenta perteneció a la vajilla de su madre.

Pues así llegué a los 30 años, forrada en luto por la muerte de un hermano, quién solo viviera hasta los 27. Dos años completos vestida de negro, sin apenas asomarme a la ventana de casa. Entonces un primo vino y me invitó a pasar el fin de año con ellos, quien me advirtió que tuviera cuidado no quedara para vestir santos. Pasamos la última noche de aquel año, el de 1948, en el Casino Español.

Foto de su boda con José David Acosta Castañeda, el padre de sus hijas, su único amor. Vivieron juntos por 30 años hasta su muerte a mediados de los 80. /Foto: Cortesía de la entrevistada.

Y fue inolvidable, gané un admirador al que le dije que si era para casarnos sí, porque ya había perdido mucho tiempo, fue amor a primera vista. Y ese hombre fue mi esposo, mi único amor, el padre de mis hijas, y estuvimos juntos más de 30 años hasta que falleciera. Él era abogado, y por su trabajo, vivimos en muchos pueblos, Aguada, Lajas, Rodas… y finalmente nos establecimos en Cienfuegos”.

A pesar de que Irma vivía en una familia de clase media, acogió los acontecimientos del año 1959 con beneplácito. En plena Revolución nació Dalia, su hija más pequeña, a quien le antecedieron, Margarita y Rosa, todas con nombre de flores, escogidos por su madre. “Mis hijas estudiaron, continuamos la vida normal, a mediados de los 80 murió mi esposo José David Acosta Castañeda, y católica al fin, encontré en mis rezos la espiritualidad para ver la muerte como algo lógico, sin lamentaciones, recomenzando.

Mi hija Rosa estudió actuación en el Instituto Superior de Arte, y a mediados de los 90 fue a trabajar a Europa por un contrato de teatro, ella y su esposo, también actor; y como tenían un niño pequeño, allá me fui también a Europa para ayudar. Terminé convirtiéndome en vestuarista teatral, y anduve varios países, con base en España, por catorce años, al cabo de los cuales regresé a Cuba, a mi Cienfuegos querido”.

Vuelven los ojos de Irma a brillar, cuando me cuenta que nunca ha dejado de coser, tejer y bordar, pues esos oficios son parte inseparable de su vida, y hasta creo que aflorará alguna lágrima por la emotividad con que me lo cuenta, pero no, ella es una mujer fuerte, de estirpe.

Con una lucidez y vitalidad increíbles para su edad, Irma Comas Correa recién cumplió cien años. /Foto: Magalys

Estoy en el círculo de abuelos y en la Universidad del Adulto Mayor, en la Casa de Abuelos no, porque no estoy dispuesta a vivir entre ancianos quejosos, qué va, yo miro adelante como si mañana fuera hoy, nada de quejas. Ahí tenemos a Guille, la psicóloga dice refiriéndose a la Dra. Guillermina, ella me ha enseñado mucho, me da lecciones de vida que me ayudan a manejar la cotidianidad, tomo fuerzas y continúo, a ver cuántos años más viviré, así, con calidad, independencia, fíjate que no cocino porque mi hija Dalia, con quien vivo, no me deja, pero me atrevo a mantener una casa organizada si me lo propongo y fuera necesario”.

Tres hijas, sus yernos, cuatro nietos y cinco bisnietos, componen la familia de Irma, desperdigada por el mundo pero unidos por una especie de cordón umbilical que ella alimenta, pues es el centro. Para su centenario todos estuvieron dispuestos, cercanos y lejanos al mismo tiempo, le trajeron ropa especial, zapatos y hasta un sello conmemorativo por los cien primeros años, porque según confiesa, “hay Irma para rato”, un siglo para comenzar.

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