La maestra que habita en mí | 5 de Septiembre.
mié. Nov 20th, 2019

La maestra que habita en mí

Por estos días de diciembre solemos recordar a quienes, en las aulas, nos enseñaron a dar los primeros pasos firmes por la vida. /Foto: Centro de Documentación

Por estos días de diciembre solemos recordar a quienes, en las aulas, nos enseñaron a dar los primeros pasos firmes por la vida. /Foto: Centro de Documentación

“¿Qué te gustaría ser cuando crezcas?” Recuerdo bien la pregunta y mi respuesta fácil, sin pensarla dos veces, nacida de la más genuina sinceridad: maestra. A la altura de seis años, dicen, nadie tiene verdadera noción de a dónde pretende llegar en la vida. Pero ya entonces resultaba evidente la mezcla de curiosidad y admiración que me despertaba la profesión de quienes día a día cumplen la difícil empresa de enrumbar a niños, adolescentes, jóvenes, incluso adultos, por las veredas del conocimiento.

Esas personas que saben del efecto del polvo de la tiza sobre su faringe, o la tensión de sus cuerdas vocales cuando les exigen a su voz un vigor situado más allá de los límites comunes; esos hombres y mujeres, con frecuencia tan jóvenes como sus pupilos, que cargan sobre mente y cuerpo enormes responsabilidades, a menudo desconocen el encomio o el aplauso. Su profesión, por útil, asequible y cotidiana, muchas veces pasa como sombra en el entramado social.

Por eso celebro que haya en el calendario nacional una fecha señalada para agasajarlos. Diciembre arropa una jornada, que culmina el día 22, concebida para reconocer el cometido de tales profesionales y los enormes desafíos a los cuales deben enfrentarse, sobre todo en estos tiempos cuando los apremios económicos signan la cotidianidad y amenazan de muerte cuanto de sublime pueda hallarse en esa celebración.

Aun así, el último mes del año nos da la oportunidad de ofrecer el merecido cariño a aquellos que cuidan del aprendizaje, que no solo imparten conocimientos sino transmiten valores, fomentan aptitudes e incentivan el talento de niños y jóvenes para ayudarlos a convertirse en personas de bien.

Es el momento en que solemos recordar a quien nos enseñó a distinguir en la palabra escrita los sonidos que ya balbuceábamos; quien nos hacía aprender que dos por dos es cuatro; que antes de /p/ y /b/ siempre va /m/ en palabras como simpatía. O a aquellos que, ya más creciditos, fastidiábamos con la inmadurez de la adolescencia, pero igual nos irrigaban con gotas de saber nuestro crecimiento.

No llegué a matricular una carrera pedagógica. Sin embargo, algo de maestra vive en mí. En ocasiones cierro los ojos y me veo frente a un aula, o me digo “si yo fuera maestra, haría esto o aquello para hacer más amena las clases”; “si yo fuera maestra, enseñaría a mis alumnos esto o aquello”. Pero no soy maestra, solo una eterna alumna agradecida de todas aquellas personas que me iluminaron, que confiaron en que podía dar siempre más, que contribuyeron a mi formación de la mejor manera que supieron y pudieron.

Con el paso del tiempo, crece mi consideración hacia quienes se desvelan por educar: una profesión que trasciende el mero hecho de instruir al otorgar las herramientas necesarias para una sabia conducción por la vida. Y crece en la medida en que veo cuanto menguan, sin embargo, las personas con verdadera vocación para seguir ese inestimable camino.

Vuelve diciembre y otra vez aplaudo la idea de agasajar al educador, si bien considero, que esa ha de ser tarea de todos los días. Otra vez resuenan en los estantes de mi memoria numerosos nombres: María Eugenia, Neyda, Milagros, Odalys, Jorge, Nelson, Carmen… ¡tantos! Y otra vez me digo que la de maestro es quizás la mejor profesión del mundo, aun cuando el mundo así no lo reconozca.

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