La llave de Sarah: un vergonzoso episodio de la historia de Francia | 5 de Septiembre.
mar. Jul 23rd, 2019

La llave de Sarah: un vergonzoso episodio de la historia de Francia

La llave de Sarah, película del realizador francés de ascendencia hebrea Gilles Paquet-Brenner, pertenece a ese superhabitado género de exponentes fílmicos interesados en rastrear las señales de un pasado doloroso desde las coordenadas del presente y la yuxtaposición constante de los planos narrativos del ayer y el ahora.

Mérito del filme estriba en su interés por abordar uno de estos sucesos históricos que, pese a su carácter vergonzoso para el país de la Revolución Francesa, bien poco ha sido tratado en la cinematografía gala. Se trata de la denominada Operación Viento Primaveral, empresa conjunta del régimen de Vichy con los nazis, convertida en expresión execrable del colaboracionismo nacional con los fascistas y de las innumerables delaciones de ciudadanos franceses a judíos que convivieron con ellos muchos años y en algunos casos formaban parte del círculo estrecho de sus comunidades.

El 16 de julio de 1942 cerca de 13 mil judíos parisinos, de los cuales 4 mil eran menores de edad, fueron arrestados y conducidos al Velódromo de Invierno de la ciudad, donde los confinaron en condiciones inhumanas, antes de trasladarlos a los campos de concentración para su posterior exterminio.

El realizador Paquet-Brenner, también coguionista de La llave de Sarah, introduce un elemento fictivo de fortísimo componente dramático para procurar emoción a la hora de establecer el registro factual de aquella atrocidad aún no reivindicada por la memoria histórica francesa en tanto baldón de la conciencia colectiva patria durante la era del mariscal Petain. La Sarah del título es una niña que al ver irrumpir a la policía en su casa, esconde a su hermano pequeño en un armario, el cual cierra con llave. Ella, al tiempo, logra escapar del cautiverio y, en su infinita inocencia, alberga la esperanza de encontrar al niño con vida; aunque al abrir el escaparate solo hallará su cadáver putrefacto. El tormento, la culpa acompañará por siempre a la muchacha.

El filme (basado en la novela superventas de Tatiana de Rosnay), atestigua el dolor de miles desde el recurso de la individualización de la tragedia, mucho más redituable al cine desde tiempos pretéritos. Menos el drama de los 13 mil judíos que el de la pequeña Sarah resulta investigado, desde el presente, por una periodista norteamericana asumida por la intérprete Kristin Scott-Thomas, quien se sumerge con voluntad cartográfica en el rastreo de los hechos, con el fin de elaborar un amplio reportaje investigativo para una revista.

Pero en esta búsqueda, menos histórica que sentimental y detectivesca, el largometraje emprende sus trompicones argumentales, al girovagar entre tan constantes como innecesarios retrospectivas o saltos adelantes, insertar personajes accesorios e intentar conectar situaciones aleatorias al escenario narrativo central.

De este modo, La llave de Sarah se bifurca a la postre en dos películas en una, de cuyo forcejeo por emerger ambas como expresión determinante se delata la indecisión del director de conferirle preeminencia a un punto de vista narrativo.

Además, el amargo tema desarrollado por la pieza merecía una traslación cinematográfica que, por otro lado, sucumbiera menos al peso de la emoción a favor de mayor densidad del registro historicista de los trágicos sucesos de 1942 en aquel París monstruoso de denuncias y capturas. Aún quedan muchos esqueletos por sacar del armario, pese al intento parcialmente válido de Paquet-Brenner.

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