La liturgia verde del duende | 5 de Septiembre.

La liturgia verde del duende

No soy la persona más ecuánime para hablar de un Hospital Pediátrico, de un niño enfermo. No he aprendido aún a lidiar con un padecimiento de manera efectiva, recuerdo que ni siquiera me atreví a ponerle el primer supositorio a mi hijo; y ni contar la desesperación en las noches de fiebre, los días de inexplicables males de estómago, los meses de catarros, los viajes al médico…, eso me provocó un terror excesivo por los mosquitos, la varicela, los mocos verdes, los impétigos.

Un Pediátrico es un lugar que impresiona; impresionan las agujas, los olores, los largos pasillos llenos de camas y aparatos. Pero la dedicación de un médico también impresiona, la constancia, la compañía cuando llega la angustia y la impaciencia porque un pequeño sane.

Yo no quisiera asistir nunca al Hospital, como no quisiera que ningún infante pasara allí un tiempo excesivo y llegara a confundir los paisajes. En realidad, le tengo un miedo descomunal al Pediátrico, no he creado resistencias, no puedo ver, sin estremecerme, a un niño con un esparadrapo y un catéter en un brazo, a otro sedado en una camilla… Pero si niño y enfermedad llegan a coexistir en el mismo sintagma, entonces este sitio es como la única luz en el planeta de la oscuridad.

Hace 51 años que el Hospital Pediátrico Paquito González Cueto sabe de la liturgia de sanar a los niños. Nadie puede quitarle ese impulso, esas ganancias. Es toda una suerte que aquel sitio batalle siempre y que, por los pasillos y las consultas, habite, como ya dijeran Los Novo, un duendecillo verde.

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