La humillante realidad del inmigrante | 5 de Septiembre.
mié. Nov 13th, 2019

La humillante realidad del inmigrante

Imagen tomada de Internet

Mack Sennett, creador de la Keystone y el hombre detrás de la idea de aquellas desmadradas comedias mudas de tortazos y persecuciones locas de caídas en baches inundados, le dijo hace noventa años al gordo Fatty Arbuckle. “Yo creo que una comedia es cuando tú te caes en una zanja y palmas. Tragedia es cuando a mí me sale un padrastro en un dedo. Todo se reduce a la naturaleza humana, Arbuckle. Es algo natural que a la gente le encante ver que lo malo empeora”.

En verdad ello opera casi in strictus sensis dentro de la comedia, donde mientras más patadas en el trasero sufra el infeliz, más complacencia tendrá de parte del público; no así en el drama, tierra en la cual esos calvarios personales experimentados por tantos de ellos, concitan cuando menos un grado de identificación de muchos espectadores condolidos e incluso avisados de la hipotética posibilidad de estar en la piel de tales quebradas criaturas.

Tanto así en algunos casos, que bien pudiera ser ésta la sensación colectiva despertada por la historia de los homeless (sin casa) Hernando y Marina junto al East River de Manhattan descrito ya por el mismo título de Riverside, a los cuatro millones de inmigrantes colombianos que por obra de cualquier zambombazo económico pudieran ser allí mismo, en la “tierra de las oportunidades”, muy parecidos a estos personajes protagónicos del filme de Harold Trompetero: seres venidos a menos que un día tuvieron alguna posesión material y hoy deambulan recogiendo latas durante el día para venderlas en las tiendas a cinco centavos, y durmiendo en la noche entre cuatro cartones bajo cualquier puente de la línea de Brooklyn a Manhattan.

Este de la inmigración, con toda su carga de connotaciones negativas y también las positivas que según los filmes son las menos, ha sido un tema que la pantalla colombiana ha observado con recurrencia en los últimos tres lustros, lo que dio lugar a obras interesantes a la manera de la paradigmática María, llena eres de gracia o Paraíso Travel, estupendo filme de 2008. Narrar la vida de los inmigrantes conacionales en los Estados Unidos devino también gancho de no pocas de las telenovelas de dicho país coelaboradas entre la industria local y las cadenas hispanas de Norteamérica y consumidas por el sector latino de EUA con niveles altísimos de rating, al margen de sus desparejos estándares de calidad (Alma herida, Anita no te rajes…), productos que procuran menos alcanzar cotas elevadas de dignidad en tal sentido que atraer a ese mercado hispano que —pese a todo, no puede olvidarse—, cuenta allí con un poder adquisitivo de más de 6 mil millones de doláres.

Riverside (2006), en la cuerda de María…, Paraíso y otros filmes del país suramericano, sigue las pistas de gente perdida en la bruma de un sueño para muchos tan solo supuesto, que a la larga se metamorfoseó en pesadilla de exclusión y cierre. Ante cada intento de Hernando y Marina por reencaminar un proyecto de vida que los conduzca, ya a los bordes de la vejez, de retorno a la natal Barranquilla del hombre, hastiados de la humillación diaria de no tener vivienda, comida, derechos en un país grandioso para la gente “grande” pero demasiado opulento como para desviar su mirada hacia intocables descastados como ellos, el tozudo destino del par de indigentes se los abalanza al estuario donde se yergue aquella estatua de la Libertad de la cual nuestro Martí hablara ya en su tiempo con prudente reserva o abierta reticencia. Allí, a sus gélidas y grises aguas por cuya superficie surcaron tantas naves de gente de todo sitio que configuró gracias a su esfuerzo un país de extranjeros, echa Hernando las cenizas de su esposa, también forastera pero ahora rechazada por paradójica como malagradecida pirueta, —no del destino en verdad sino de la política.

Película fortísima en su invectiva, todo lo logra en tal sentido sobre el carril de la mirada, el seguimiento a estas u otras figuras, en el registro de su agobio cotidiano, sin disquisiciones bizantinas ni declamaciones o parlamentos de sesgo ideológico. Es que la ideología es la propia imagen aquí. Uno como espectador siente, padece el drama de la pareja en tierra extraña; a diferencia de las comedias del viejo Sennet quisiera tenderles una mano para sacarlos de su mierda diaria, pero su suerte está echada y Harold Trompetero no busca benévolos aliviaderos para expresarla en pantalla. Hacerlo equivaldría a mentir.

Valioso en tanto documento sociológico, el melodrama social que en toda regla es Riverside —la segunda película en inglés de Trompetero luego de Violeta de mil colores— no adquiere la trascendencia como obra fílmica, empero, a causa de su desdoro formal surgido del hecho de que el realizador colombiano plantea su película en un formato telefílmico de escasez de miras en el trabajo fotográfico y el montaje, y ausencia de calado en los personajes colaterales e incluso en los protagónicos, a lo cual se une la indisimulable raíz teatral de un Diego Trujillo en el rol de Hernando, más preocupado de la cuenta por el curso de sus ademanes, paisaje facial y esa dicción sajona a los que obliga a todos (sin mucha razón no sea penetrar dicho mercado) el guión.

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