La habitación del hijo: el Moretti menos Moretti | 5 de Septiembre.
sáb. Dic 14th, 2019

La habitación del hijo: el Moretti menos Moretti

El sabio guion del largometraje italiano da pie a una narración sencilla pero no exenta de finos matices.

El sabio guion del largometraje italiano da pie a una narración sencilla pero no exenta de finos matices.

Rara avis en la producción fílmica de uno de los cineasta italianos más importante del último cuarto de siglo, La habitación del hijo no parece salir del cerebro del mismo creador de Caro diario o Abril. Y es que Nanni Moretti, en ésta, su décima obra, no deja implícitas varias de las marcas autorales que distinguen su trabajo: humor, incorrección política, gramática poco convencional. La nueva cinta está más contoneada hacia la cuerda de construcción clásica, más inclinada hacia un realismo no tan usual en el director, no tiene mucho de contestataria y ni muestra ni solapa gracejo que digamos. Lo anterior no va en tono de reconvención, simplemente observatorio, porque aunque este Moretti no parezca un Moretti, tal inesperado giro de timón tampoco ha provocado un accidente, sino, al contrario, el camino hacia otras áreas de la creación que no tenían porqué estarle vedadas al talentoso cineasta peninsular.

La habitación del hijo (La stanza del figlio), recompensada con la Palma de Oro en Cannes 2001, edifica su relato sobre una divisa argumental factible de usar por el más lacrimógeno de los melodramas —la muerte de un hijo adolescente. Sin embargo, pese a que el filme en puridad es un melodrama sobre emociones humanas, no van a desabrirse aquí los torrentes acuosos del género años 50. Se trata de algo mucho más reposado y finamente labrado, cuya baza fundamental radica en la contención del relato. Moretti encuentra el tono preciso para narrar hechos tan inigualablemente dolorosos, a partir de la casa como espacio de recordación, como sitio de llanto, sobre todo la habitación de Andrea, muerto tan joven a la pareja central de Giovanni (asumido, ilógico casi sería lo diferente, por Nanni) y Paola (la extraordinaria Laura Morante). Él, un psiconalista de pueblo, muy dado a la familia, que consulta en su propia casa; ella, publicista.

El sabio guion da pie a una narración sencilla pero no exenta de finos matices ilustradores de cada arista emotivo-conductual que en el personaje de Giovanni se deriva de la noticia luctuosa. Dicho seguimiento, por el distendido diapasón de reacciones humanas que escruta, convierte a La habitación del hijo en una película conmovedora, sin apelar a sentimentaloides trucos de construcción narrativa. Al filme lo lacera sin embargo un elemento que lo ubica en esa franja de películas italianas recientes como Mañana, de Francesca Archibugi, o La sonrisa de mi madre, de Marco Bellochio: que sin dejar de constituir buen cine, llevan como dudoso valor agregado una densidad rebuscada que llega por momentos a ser cansina debido a su afectación, a la cual plaga para colmo cierta basculación entre la adustez y la gravedad innecesaria. Nada que ver con la raíz latina del país ni la tradición de su pantalla.

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