¿La existencia de un partido único en Cuba limita la democracia?

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El pueblo capitalino en el desfile por el Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, en la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana Cuba. /AIN Foto: Oriol de la Cruz

Los politólogos e ideólogos burgueses contemporáneos validan la democracia burguesa como la verdadera, por la existencia en su seno del pluripartidismo, catalogándolo como uno de los pilares que garantizan la participación del pueblo en la vida política de una nación, fundamentalmente, a través de la celebración periódica de elecciones entre candidatos, en muchas ocasiones entre diversos partidos burgueses, que a fin de cuentas, defienden solo los intereses de una clase: la burguesía. Ejemplos de ello son las recientes elecciones en Estados Unidos y Francia.

En contraposición con estos criterios se encuentra el monopartidismo en Cuba. El análisis es sencillo: si para que haya democracia tienen existir varios partidos, en Cuba, según sus erradas conclusiones, nosotros carecemos de “democracia”. Este supuesto tan falso como simplista es difundido por el mundo para hacer creer a la opinión pública que en Cuba no existe ni libertad ni democracia.

En realidad los conceptos de democracia y partidos políticos designan elementos bien diferentes, pero que no se excluyen entre sí. La democracia o autoridad del pueblo, según su origen proveniente del vocablo griego, surgió antes que los partidos políticos, cuando en Grecia se establecieron métodos diferentes en la manera de gobernar: disponían de libertad para expresarse, elegían a sus gobernantes, les pedían cuentas de su gestión, decidían en asambleas, etc.

Sin embargo, la mayoría de la población estaba excluida de ejercer esa democracia, pues solo se consideraba como pueblo a los esclavistas, y eran ellos y solo ellos, quienes gobernaban aquella sociedad. Con el capitalismo se amplió la democracia; los parlamentos incluyeron entre su membresía a representantes electos territorialmente. Pero la verdadera democracia presupone más que la simple existencia de partidos políticos o la asistencia a las urnas. Ella precisa, ante todo, de la real participación del pueblo en el gobierno, para lo cual se requiere en primer lugar, que todos los ciudadanos disfruten de iguales posibilidades de intervenir en él, de elegir o ser elegidos, o lo que es lo mismo, que no exista desigualdad entre los hombres. ¿A caso ocurre así en las actuales sociedades burguesas, o es realmente el dinero el que decide en muchas ocasiones?

Las posibilidades de que el pueblo ejerza su real derecho y participe en el gobierno de manera activa, fueron logradas en Cuba con el triunfo de la Revolución, cuando el pueblo, por vez primera, asumió su papel protagónico y comenzó a participar en la construcción y defensa de la nueva sociedad que eligió.

Fruto de esa participación activa y real son la educación, la salud, la defensa, la cultura, y el resto de las esferas de la vida material y espiritual de la sociedad cubana. ¿Quién alfabetizó a los iletrados heredados del capitalismo? ¿Quién formó a sus propios médicos y fundó escuelas de medicina? ¿Para qué el pueblo se organizó en las Milicias de Tropas Territoriales (MTT) y las Brigadas de Producción y Defensa (BPD)? Estas son algunas preguntas cuyas respuestas son ejemplo de lo explicado anteriormente.

Sin embargo, la más importante y elocuente conquista de este pueblo, no siempre se reconoce en el terreno académico o en la práctica política, y es la manera en que de forma singular y autentica está organizado su sistema político. Esta es una expresión puramente genuina del carácter popular y participativo de nuestra democracia, que responde ante todo, a convicciones, principios y valores políticos, formados y creados por la Revolución, fruto del devenir histórico, que se ajusta a la cultura política alcanzada por nuestro pueblo.

En Cuba el partido no elige ni postula; son los vecinos quienes en reuniones convocadas al efecto proponen a sus delegados, cuyo número nunca será menos de dos ni más de ocho, y entre ellos, eligen luego por voto directo y secreto a quien los representarán en las asambleas municipales, para lo cual deben tener el 50 por ciento más uno de los votos válidos emitidos. En Cuba los candidatos no hacen campañas, ni necesitan dinero para ser elegidos; son su cualidades morales las que los hacen acreedores de los votos.

No solo las elecciones expresan el carácter real de nuestra democracia, sino también la participación activa de los ciudadanos en la toma de decisiones a través de las discusiones colectivas de importantes problemas y medidas que se someten a votación popular, e incluso, en decisiones que determinan el rumbo y el futuro del país. Ejemplo de esto son los documentos aprobados en el VI y VII Congresos del Partido, los cuales se discutieron a nivel CDR y colectivos laborales, entre otros.

En Cuba no se realizan elecciones presidenciales al estilo burgués, porque la fuente máxima del poder en el país radica en la Asamblea Nacional del Poder Popular, órgano colectivo integrado por representantes elegidos por el pueblo, al cual se le subordina el jefe de estado y de gobierno. El presidente es miembro de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el cual debió ser elegido diputado por una asamblea municipal o provincial.

De esta forma en nuestra concepción existe un solo poder, del cual se derivan las funciones ejecutivas (Consejo de Estado y de Ministros), las judiciales (Tribunal Supremo Popular y Fiscalía General de la República) manteniendo la Asamblea las funciones legislativas, que el Consejo de Estado ejerce en su nombre, aunque sometidas a su posterior ratificación.

No es Cuba el único país donde el jefe de Estado no se elige directamente. En el Reino Unido, Japón, España, Suecia y otros, cuya democracia los ideólogos y politólogos burgueses no cuestionan, la máxima figura del Estado se determina de forma hereditaria.

Nuestra nación el PCC se diferencia en este proceso de otros partidos políticos. Aquí el partido no elige, no postula, ni ejerce presión sobre la elección. Su función consiste en orientar y controlar a fin de que se cumpla la máxima martiana sobre la democracia: “Ha de tenderse una forma de gobierno en que estén representadas todas las diversidades de opinión del país en la misma relación en que están sus votos (…) Que cada opinión esté representada en el gobierno. Que la minoría estará siempre en minoría: ¡como debe estar, puesto que es la mayoría! Garantía para todos. Poder para todos. (José Martí, Obras completas.). Es precisamente el PCC, partido único de la nación cubana, el que vela y garantiza celosamente por el mantenimiento de la unidad y la democracia. En Cuba, lejos de estar opuestos, democracia y partido único están indisolublemente vinculados; la existencia de un solo partido no niega, ni se contrapone a la democracia, de la misma manera que la existencia de varios partidos, no es sinónimo y garantía de democracia.

El PCC es por su composición y objetivos programáticos el representante de los intereses de la nación cubana, garante de la unidad del pueblo en torno a su Revolución. Es por ello que nuestros enemigos nos critican la existencia de un solo partido y no por qué el mismo sea limitante para una verdadera democracia y los ideólogos burgueses lo saben; sólo que lo ocultan o lo disfrazan con la falta de “democracia”.

En Cuba no se realizan elecciones presidenciales al estilo burgués, porque la fuente máxima del poder en el país radica en la Asamblea Nacional del Poder Popular./Foto: Internet

*Máster en Ciencias y profesor de la Escuela Provincial del PCC “Alejandro Nápoles Léon” en Cienfuegos.

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