La eternidad y un día: lánguido hálito otoñal de fin de ciclo | 5 de Septiembre.
mié. Jun 19th, 2019

La eternidad y un día: lánguido hálito otoñal de fin de ciclo

La eternidad y un día resulta una de las obras fílmicas más hondas y bellas del realizador griego Theo Angelopoulos, aunque a la vez figura entre las menos franqueables de su filmografía para el espectador, pese a que probablemente sea con sus dos horas y tanto la más breve de un hombre empeñado en componer extendidísimas películas como si de novelas se trataran. Y decir lo segundo del creador de La mirada de Ulises no es poca cosa; pues este autor ha optado por un estilo de cine muy particular, caracterizado por constantes como singulares metáforas, la elusión del raccord, la evanescencia del relato en el terreno de lo ilusorio, su tendencia a la grandeza, la solemnidad, el hermetismo, la autoobservación, un tempo lento de larguísimos planos-secuencia y prolongados silencios como templos dóricos que hacen sombra sobre el exiguo diálogo de sus personajes…

Al igual que Borges, el director helénico pensaba, de manera confesa, que mientras unas pocas personas lo entiendan, con eso le basta; si ese reducido grupo estuviera integrado por amigos, no le disgustaría. Aun así, o quizá a causa de ello, en la tentación intelectual de canonizar las sagradas escrituras autorales el calificativo de genio viviente del cine contemporáneo en ningún momento se le ha cuestionado.

El filme con el cual Angelopoulos se granjeara la Palma de Oro en Cannes 1998 adopta no más comenzar un parsimonioso tono contemplativo, de mirada reflexiva sobre la actitud de un ser humano al borde de la muerte: Alexander, veterano escritor marcado por una enfermedad terminal que efectúa un postrer viaje de 24 horas, acompañado por obra del azar de un niño albanés refugiado en Grecia. En dicho periplo se alternan en la mente de este hombre períodos de fabulación imaginativa con otros de vívidos recuerdos reales que lo retrotraen a diferentes etapas de una vida para ayudarlo a establecer un balance existencial de lo que ésta fue en tanto resultado humano, más que intelectual: convergencia de planos de hecho ya común en la obra conjunta del director de Paisaje en la niebla con el guionista italiano Tonino Guerra, el mismo libretista de Fellini – quien comenzó una relación de trabajo con el griego hace décadas-, como lo es dentro de su ejecutoria total el concepto del viaje cual válvula de escape de cosmogonías filosóficas, lucubraciones, miedos, dudas.

Nada como la cercanía del final para descifrar de un modo más inteligente los motivos de los yerros, todo hace indicar reflexiona un personaje central que se formula interrogantes del siguiente talante: ¿Por qué no supimos amar?, ¿por qué debemos podrirnos, desgarradoramente divididos entre el amor y el deseo?. Alexander pasa la cuenta a sí, a su pasado y presente, pero también en cierto modo a los de su país, preocupación que casi es imposible falte en los opus angelopoulanos, si bien proyecta su mirada indagatoria sobre el futuro de esa nación y de Europa toda a partir de las formas en que se manifestará el fenómeno migratorio, el que pone pie en escena por conducto del personaje del niño extranjero.

Con Alexander, parece sugerirnos Theo, se va una generación que ya constituía probablemente el último eslabón de esa Grecia postbélica demográfica, étnicamente compacta y ahora sometida en tal sentido a un progresivo proceso de atomización del cual -las ideas se asocian al leer a Angelopoulos  y los hechos lo confirman-,  ya ninguna región occidental escapará.

A semejanza del Spyros de El apicultor (un inmenso Mastroianni aquel), el Alexander de La eternidad y un día (un notablemente sólido, lúcidamente eficaz Bruno Ganz), es un hombre maduro que ha tomado algunas decisiones comprensibles y otras que ni él mismo entiende su razón. Razones que no se explican aquí, como tampoco son resueltas en otros filmes de Angelopoulos; lo que sí parece interpretarse mejor ahora tras apreciar este largometraje es la visión oscura que comparten tales piezas cinematográficas, donde el tema-obsesión de la muerte y la desolación no dejan de merodear. Al director jamás se le olvidó la cara puesta por su madre al contemplar el cadáver de su padre en la guerra civil, detalle que incluso se encargó de reproducir en su cinta The weeping meadow; a punto de comenzar el rodaje de La eternidad… sufrió otras dos pérdidas sensibles para él. El impacto que ello le produjo queda irremisiblemente remarcado a través del drama que engendra a estas imágenes impregnadas de un lánguido hálito otoñal de fin de ciclo, no obstante casi sublimes en la majestad visual de la estética peculiarísima de un hombre cuyas películas son tan inconfundibles como los lienzos de esos grandes retratistas con quienes comparte el hado, don o capacidad milagrosa de volcarnos hacia fuera del lienzo corazón, vísceras, emociones y horrores de los retratados.

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