La coyuntura energética, la lección
mié. Nov 20th, 2019

La coyuntura energética, la lección

Muchas personas sintieron que el mundo se les venía encima ante la coyuntura energética actual, aunque prevalecieron el optimismo y la confianza. /Foto: Escambray.cu

Muchas personas sintieron que el mundo se les venía encima ante la coyuntura energética actual, aunque prevalecieron el optimismo y la confianza. /Foto: Escambray.cu

Cuando aquel miércoles el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros Miguel Díaz-Canel Bermúdez compareció ante el programa Mesa Redonda para informar sobre las medidas que se adoptarían ante la coyuntura energética actual, muchas personas sintieron que el mundo se les venía encima. Y aunque junto a las malas noticias aparecía el optimismo, la confianza, no pocos creyeron que viajar a las escuelas o centros de labor se convertiría en misión imposible.

Ese sentimiento rondó la mente de quienes a diario vencen largas y medianas distancias para ganarse el pan o recibir educación. A la ya de por sí difícil situación del transporte público, con carencias acumuladas a lo largo de los años, la nueva circunstancia colocaba un ribete gris.

Las orientaciones fueron claras, rotundas: se necesitaba la colaboración de todos los conductores de vehículos estatales; pasar de largo y eludir la petición de “botella” no sería el camino. De inmediato se reforzaron los puntos de recogida de pasajeros con inspectores estatales y autoridades de Tránsito. Los efectos de la medida se han hecho notar.

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“Ahora el transporte está mejor; ya todos los carros paran. Hace tiempo debió existir este nivel de exigencia. Ojalá perdure”, comentó hace poco un cienfueguero en el punto conocido como T-15, a lo que el “amarillo” contestó:

“Qué va!, esto llegó para quedarse. Y ha sido bueno, le ha bajado los zumos a unos cuantos que pasaban en sus carros y jamás paraban aquí. Pero cuando les tocó dejarlos parqueados por falta de combustible y utilizar este servicio, se dieron cuenta de lo que duele que no te recojan”.

La anterior es una opinión generalizada. Y si todavía cuesta un rato embarcarse en estos lugares se debe, precisamente, a la escasa disponibilidad de combustible: menos medios de transporte en carretera, mayor número de personas a compartir lo poco. Pero, como de la adversidad siempre puede extraerse algo bueno, la respuesta de la mayoría de los choferes ha sido afirmativa, aunque “todavía quedan algunos que se hacen los loquitos”, comentaban en uno de los puntos.

Para estos últimos, los indolentes, los que se creen resguardados en las conchas de la impunidad, están establecidas multas y otras medidas punitivas. Varios han bebido ya ese vino.

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Ahora bien, de toda esta circunstancia de crisis sacamos varias lecciones. Una de ellas, que cuando se juntan voluntades y se refuerzan los mecanismos de control, ciertos asuntos fluyen sin mayores tropiezos. Sin embargo, molesta constatar cómo es necesario esperar a que surja una situación límite para despertar el sentido de solidaridad entre los ciudadanos.

No es de ahora que el sistema de transporte público resulta insuficiente para satisfacer las demandas de la población. El alternativo ha sido durante décadas el paliativo para el traslado de trabajadores, estudiantes, pueblo en general, sobre todo desde los municipios hasta la cabecera provincial, o desde los asentamientos rurales hasta la capital municipal. En muchos de estos últimos, todavía no se siente la fuerza de la conminación actual.

Según afirmó Rolando Valdés Pérez, director de la Unidad Básica de Transportación de Pasajeros a este propio medio, los puntos de embarque se han reorganizado e incluso rescatado algunos, como el de la Calzada de Dolores.

Sin embargo, hay en la provincia localidades donde no existen, donde los conductores todavía demuestran que ante la ausencia de un uniforme amarillo, o azul, o verde, no tienen la obligación de parar y recoger aun cuando sus vehículos tengan capacidad. Lugares donde la “conciencia” sigue siendo la denominación del billete que muestre quien aspira a ser llevado.

Tales sitios demandan también el concurso de inspectores populares de transporte, aunque no se ubiquen a la entrada o salida de las ciudades, como es el caso de los poblados que confluyen hacia la Autopista Nacional u otras carreteras importantes. El pueblo de Cruces, las entradas a Balboa, a Cartagena (por la “ocho vías”), el poblado de La Piragua, entre otros, son ejemplo de ello.

Si, como aseguran algunos, la obligatoriedad de parar y recoger llegó para quedarse, la de habilitar más puntos de embarque y revestir de mayor autoridad a los inspectores en ciertas localidades constituye una asignatura todavía por aprobar. Es otra de las lecciones que nos deja la coyuntura actual.

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