La calle de San Carlos y un hotel que “regresa” a la ciudad

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El mismísimo Carlos IV, en honor a quien fuera nombrada la calle de San Carlos, en Cienfuegos, avenida que en el centro de la ciudad destaca entre las más concurridas, soltaría una exclamación bien cubana: ¡candela!, obviando todo el protocolo que exige la Monarquía, si pudiera apreciar el ajetreo constructivo del tramo comprendido entre Gacel y Hourruitiner, allí donde se erige majestuoso el hotel homónimo, objeto de obra al que, tras una reconstrucción capital, se le devuelve su arquitectura a la cienfuegueridad, esa especie de orgullo que caracteriza a los habitantes de esta ciudad marinera.

Algunos, basados en la historia local, aseguran que a la vía una vez intentaron nombrarla como Nicolás Acea, un rico miembro de la burguesía cienfueguera y benefactor de la urbe, sin tener éxito; y a mediados del siglo XX le estamparon un número, el 56, que en la actualidad solo figura en los documentos oficiales, porque los transeúntes la conocen como calle de San Carlos, que naciera en los primeros trazados que hicieron los fundadores de la colonia de Fernandina de Jagua en 1819, y que después creció, directamente proporcional al desarrollo urbano.

La recta vía se hace más populosa allí donde ahora polvo, cemento y hombres de overol dejan listo el emblemático hito arquitectónico, instalación por la que se pueden medir los pasos adelante y los pasos hacia atrás, de la economía y sociedad del territorio del centro sur de la Isla grande. El 6 de diciembre de 1921 lo anunciaba el titular de uno de los periódicos locales, El Comercio, pues Antonio Mata, empresario y dueño de “El Ciervo de Oro”, invertiría en la construcción de un nuevo hotel. La edificación resultó terminada para 1924, menos que lo que ha tardado en ser remozada. Llegó a constituir el punto más alto de la ciudad. De entonces a la fecha, ha llovido mucho, con años de bonanzas, otros de sequías, donde la huella del tiempo y la humedad hicieron mella en sus paredes, al punto de declararse en peligro de derrumbe.

Ahora, Cienfuegos vuelve a prestigiarse con esa mole de acero y hormigón, que es casi un libro de historia para los moradores, la que luce esbelta y gallarda, como en sus años de máximo esplendor. De arquitectura ecléctica y con una excelente ubicación geográfica, tiene el “San Carlos”, sin embargo, “vecinos” públicos y no tanto, que no tienen “nada que ver” con la imagen que ya proyecta la instalación hotelera.

Por ejemplo, la pescadería en la esquina a Gacel; el mercado La Yarda y su “olor” característico; la Casa de Cambio Cadeca (que tanto cliente “heterogéneo” atrae); la sede del Partido Municipal, que ya ha donado una parte de su espacio a las ampliaciones de la obra; la panadería, ahora sin “urinario público” para clientes expendedores del producto en los barrios, al desaparecer el cercado del improvisado patio de construcción, entre otros, locales que, a la par del desarrollo de la cuadra, deben mejorar su imagen, y nótese que lo expreso en todo el sentido semántico de la palabra.

Sin dudas, la cienfuegueridad está de plácemes este inicio de año, se embellece su entorno citadino en una de las manzanas históricas de la urbe, con el rescate del “San Carlos”, hotel que tanta memoria local atesora, y que emerge de las ruinas, recordando anécdotas y memorias familiares, cofres los cuales guardan pasajes personales: una boda, luna de miel, cena, los shows del Roof Garden, y hasta los paseos en el “elevador”; o simplemente en fotografías en sepia, de cómo cambia la fachada del “San Carlos” a la par del tiempo.

Habremos de estar atentos, entonces, sobre el cuidado y conservación de esa joya patrimonial que prestigia a la Perla del Sur; y también de que la gente de Cienfuegos pueda servirse de sus instalaciones, sin tener que desembolsar cantidades astronómicas para disfrutar, por ejemplo, de la hermosa vista que desde su Roof Garden se puede apreciar. Deberían así, autoridades y especialistas del Turismo, como institución, diseñar políticas y estrategias para ello. Por ahora, para bien del pueblo, renace un hotel en la calle de San Carlos, símbolo de prosperidad.

4 Comentarios

  1. Cuando esa “parte” de la ciudad y el entorno urbanístico atrae a una “fauna” que no armoniza con NADA ni NADIE y que las autoridades del orden público no han podido “educar”, creo que sí deben ser reubicados ciertos lugares. Los vendedores de pan, por ejemplo, con el respeto a su consagración y horas de pedal en sus bicicletas, de edades avanzadas, quienes nos acercan el producto hasta los barrios, hablan en voz alta durante toda la madrugada, a veces en un lenguaje soez, y antes, cuando existía el cercado del “patio de construción”, hacían sus necesidades fisiológicas en plena calle. Entonces? Se debe dejar la panadería ahí o se creará una capacitación para educar a los “panaderos” de barrio? La casa de cambio, CADECA, con sus “gestores” de cambio por cuenta propia y su ASEDIO a las personas: ¿Va a cambiar madrina?, cómo será con los turistas? El Mercado La Yarda, ese olor desagradable que lo caracteriza, lo dejaremos en la Calle de San Carlos? En mi comentario me refiero a solo una cuadra de esa populosa arteria, no creo que sea muy difícil de lograr; porque lo que sí costará es EDUCAR a la fauna acompañante de la calle. No me refiero a ninguno de los negocios particulares del tramo, por si alguien anda resentido, creo que ellos le darán cierta animación, siempre y cuando cumplan las normas de estética y urbanidad de sus clientes, digo yo, que tengo el derecho de comentar y hasta opinar

  2. Aceptamos con beneplácito el esplendor de sitios turísticos, si están en la urbe no armonizan, pero conservar no es momificar ciudades, tienen que cambiar al estilo de los nuevos tiempos, creo la respuesta a la disyuntiva es cuidar el entorno, revivirlo también

  3. Es imprescindible la reubicación de la panadería , mercado La Yarda, pescadería , etc. que no armonizan con el entorno de un hotel que aspira a ser símbolo del buen gusto, la higiene y el orden en el corazón del centro histórico de la ciudad .

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