King Kong: Una monada | 5 de Septiembre.
jue. Nov 21st, 2019

Jackson hizo una megaaventura que a la vez funciona como un sentido drama romántico de amor platónico.

Del King Kong de Peter Jackson, estrenado hacia 2005, se dijo en algunos medios que era en exceso desaforado, que tenía un casting funesto, que portaba una duración kilométrica, que devino otro de los típicos espectáculos encandiladores de la industria, que resultó prácticamente un despropósito para su director Peter Jackson después de su trilogía (llevada al paraíso crítico) de El señor de los anillos

Y de veras casi nada de eso se ajusta a la verdad. El King Kong de ese otro Kong nacido en Nueva Zelandia y llamado Jackson es malditamente bueno, visto el filme dentro de su género, como hay que apreciarlos. En su momento disfruté esta película, cual años hacía no gozaba una buena aventura.

Se trata de un viejo sueño de su director, quien pasó su infancia deslumbrado por el Kong fundador de 1933. Y este hombre ha trabajado la mítica obra de Cooper y Schoedsack con absoluto respeto y veneración. Su filme representa un tributo al clásico del pasado siglo en un tono apasionado, admirativo. Pero a la vez, toma la veta original y le saca nuevos filones de oro, merced primeramente a su talento del tamaño del Everest y después gracias a la tecnología: la escena de los acantilados y la estampida de los dinosaurios constituye lo más soberbio visto en la gran pantalla para sus fechas de estreno desde otras dos set-piece (secuencia continuada) geniales aparecidas en The Matrix: Reloaded y Terminator 3.

Jackson hizo una megaaventura que a la vez funciona como un sentido drama romántico de amor platónico, la cual tiene el aliento de par de clásicos del cine: La bella y la bestia, de Cocteau; y In the mood for love, de Wong Kar-wai. La relación emocional entre el gorila y la rubia (Naomi Watts) está revestida de un halo poético (repasen todas las escenas entre el mono y su huésped-prisionera-amada en la isla, sus “conversaciones” sin palabras en lo alto de una montaña a punto de dar el sol las buenas noches). El Kong de Jackson no tiene nada que ver con el Kong de Guillermin de 1976, donde una Jessica Lange reventando el capullo era una martillante presencia erótica, que al ser levantada semidesnuda por el mono con sus poderosas manos despertaba los pensamientos más sucios de media humanidad: se entiende que esa media correspondió a nosotros, los hombres. La hembra del primate gigante aquí es más ilusión que apetito sexual, más compañía que provocación hormonal. Si bien Jackson quiere poetizar tanto, que se le va un poco la mano en la escena de patinaje en el Parque Central de Nueva York.

Puede que Adrian Brody y Jack Black, los protagonistas masculinos humanos del filme, no hayan sido los actores más idóneos a emplear aquí, pero es que señores, esta no es su película, sino la del gran Kong y su dama: los verdaderos personajes centrales de una magnífica cinta cuyo metraje de más de tres horas apenas se advierte, por su poder de cautivación y agilidad narrativa. Vale, kilo a kilo, los 239 millones de dólares que costó: millones que treparon a 550 en su recaudación planetaria y en cien más durante la primera semana de su venta en DVD en EUA. Convirtiéndola, de hecho, en el cuarto éxito más notorio en la historia de la Universal. Nada de eso me importara un pito si la película no valiese nada. Pero no ha sido el caso. El Kong de Jackson es un auténtico King.

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