Julio Cortázar: una obra bella e indestructible como su recuerdo

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Todavía Julio no era Cortázar cuando pergeñara Presencia, tempranera recopilación de sonetos muy “mallermeanos” (para decirlo con sus propias palabras) aparecida en 1938. Ni incluso, aún, al publicar once años después Los reyes, su primera pieza dramática. No lo sería en verdad hasta el fundacional Bestiario (1951). Rompía la crisálida aquí una muy original voz hecha para volar con las alas a muchos vedada del verbo de la ruptura y el aporte. Colocaba a la sazón la primera figura literaria mayor de su puzzle cosmogónico de fantasía, novedosos universos, refinamiento literario, poliédrica cultura e imaginación fabulosa.

El escritor, nacido en Bruselas al fragor de la Primera Guerra Mundial (como Octavio Paz y Camus), lleva al cuento Los venenos parte de una autobiografía que en su primera recta incluye el abandono del padre, enfermedades y esa asma maldita que suele encapricharse con algunos de los más grandes argentinos.

Redactar, narrar fueron actos casi naturales en los cuales se inició desde esta misma etapa. Asegura haber terminado la primera novela a los nueve años, elemento factual reproducido en los acercamientos biográficos al creador. No conozco sin embargo a nadie que la haya leído, salvo su madre según él. Los gigantes también mienten.

Proveniente de Europa, con cuatro años planta pie en Suramérica quien antes de novelista, cuentista, poeta, traductor, librero, locutor, fotógrafo y periodista fuera itinerante profesor. Radicado en Francia tras sus desavenencias con el peronismo (“Buenos Aires me asfixió y fue París precisamente lo que permitió que yo redescubriera una visión distinta de mi país y de Latinoamérica, dijo”), a inicios de los sesenta Julio forma parte del Jurado del premio literario Casa de las Américas en Cuba, con cuyos pueblo y gobierno siempre mantuvo lazos de compromiso y admiración. “La Revolución cubana me mostró entonces el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política”, admitió con suma sinceridad en 1961, a raíz de su primer desplazamiento a la Isla.

Ubicó al proceso devenido el 1de Enero de 1959 entre los cuatro momentos históricos principales del siglo XX, junto a la Revolución de Octubre, la derrota del nazismo por los soviéticos con el apoyo aliado y la victoria de los vietnamitas ante la agresión imperialista norteamericana. Situó entre los fundamentales, ya en otra órbita de carácter más interno, “la primera radio a galena de mi infancia, el vuelo de Lindbergh, la pelea Firpo-Depsey, la lectura de La condición humana, la foto de Mussolini colgado por los pies y (…) la tardía pero reconfortante muerte de Harry Truman y de Lyndon Johnson”.

Sus posturas ideológicas no mutan en su signo progresista. En el prólogo de Libro de Manuel (1973), reflexiona así quien también simpatizó con el sandinismo y el gobierno popular de Allende, contrahecho en virtud del golpe militar concebido desde Washington: “Más que nunca creo que la lucha en pro del socialismo latinoamericano debe enfrentar el horror cotidiano con la única actitud que le dará la victoria: cuidando precisamente, celosamente, la capacidad de vivir tal como la queremos para ese futuro, con todo lo que supone de amor, de juego y de alegría”.

Y amoroso, juguetón y alegre era un hombre también rico en contradicciones, harto celoso de su cuasi inexpugnable mundo privado, “profundamente serio, exigente hasta la náusea conmigo mismo, inconsciente -los temas me vienen de regiones incontroladas por mi inteligencia, apenas mediocre-, paradójico -para luchar contra los monobloques ideológicos y culturales-, enamorado del rumor del mundo, ciego a los elogios, perdido en una vigilante abstracción de cronopio incurable”.

Rayuela, exponente novelístico de 1963, imanta tanto a la crítica como al público lector, en especial la juventud latinoamericana. Obra grande con título de juego de niños -componente lúdico tan consustancial al mundo del autor-, tuvo un efecto estremecedor en las letras del continente, e igual de retumbante resultó la influencia general de un escritor tan amado de tantos.

Gabriel García Márquez, uno de los escasos amigos del creador, escribió a propósito de la muerte, por leucemia, del firmante de Historias de cronopios y de famas, el 12 de febrero de 1984 en Paris, lo siguiente: “Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte.

“Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.

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