Era joven y fuerte, y murió de COVID

También, hasta hace muy poco, creí que ser joven era una armadura contra la COVID-19. Que en el remoto caso de contagiarme, las cartas de la edad jugarían a mi favor para salir ileso. Pero los últimos días de enero echaron por tierra esa teoría. El reporte sobre el fallecimiento de un joven cubano de 32 años vino a probarnos, a muchos, que nadie es más ni menos vulnerable ante esta enfermedad.

Una investigación publicada en diciembre de 2020 por el Journal of the American Medical Association —de la cual se hizo eco el diario estadounidense The New York Times— reveló cuán equívocas eran hasta entonces nuestras percepciones. Incluso en Estados Unidos, donde el 80 por ciento de los muertos por coronavirus superan los 65 años, llamó la atención que los adultos jóvenes (entre 25 y 44 años) estuviesen muriendo a tasas históricas. Solo en los meses de marzo a julio llegaron a registrarse en este grupo etario, 12 mil decesos más que los predecibles.

Mayores alarmas despierta la situación en América Latina, especialmente en países como México, Colombia, Perú y Brasil. Otro reciente estudio, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), detalló que en la región, son los adultos jóvenes (de 20 a 39 años) y los de mediana edad (de 40 a 50 años) los que más mueren a causa de la COVID-19. Sin embargo, lo peor de este escenario ya no resultan las cifras, sino lo que aún persiste detrás de ellas. Organismos internacionales alertaron que, en medio de la tragedia, un tercio de los jóvenes latinoamericanos afirmó no sentir el riesgo al que estaban expuestos.

Si atendemos a las estadísticas, se trata de una realidad bastante ajena para Cuba, donde hasta este minuto la tasa de mortalidad por el nuevo coronavirus no compromete a la que hoy se conoce como la generación del confinamiento. Pero aquí campea igualmente la irresponsabilidad y la falta de percepción en las edades más tempranas de la vida (y asimismo en otras), a pesar de la acertada y verosímil comunicación mediática que practican los órganos de prensa estatales. Tales conductas no solo ponen en peligro la salud individual, familiar —con énfasis en los abuelos o adultos mayores— y social; tienen un efecto bumerán para los propios jóvenes.

La encuesta global realizada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sacó a la luz pública muchas más caras de la vulnerabilidad de las que conocemos. Tras ser respondida por 12 mil 605 personas entre 18 y 34 años —durante los meses de abril y mayo de 2020—, se supo que uno de cada seis jóvenes quedó sin empleo desde inicios de la crisis sanitaria; más del 70 por ciento de aquellos que estudiaban o combinaban el estudio con el trabajo fueron perjudicados por el cierre de escuelas, universidades y centros de formación; mientras que uno de cada dos refirieron ansiedad y depresión, muy probablemente asociados a su bienestar mental. Estos datos, según especialistas, demuestran que el impacto de la pandemia en el ámbito juvenil ha sido duro, profundo y desproporcionado, y únicamente si se conciertan esfuerzos con y para los jóvenes será posible aplacar las consecuencias negativas.

Aunque en el agitado contexto que vivimos dichas situaciones pasen algo desapercibidas, como si fuesen irrelevantes, están a la vista y resultan cercanas, al margen de las políticas implementadas por el gobierno cubano para intentar minimizar los golpes de la Covid-19. Es cierto que nuestra juventud ha asumido roles protagónicos en la zona roja de los hospitales, en los centros de aislamiento, en la producción agrícola, en la atención a personas y familias vulnerables; pero todavía, a casi un año de reportarse el primer caso de la enfermedad en Cuba, carga con la deuda de convertirse, con su ejemplo disciplinado y responsable, en baluarte de vida. La más imperiosa de sus obligaciones es esa: cuidarse para cuidar a los demás; cuidar el futuro. Entonces, nunca habrá que recurrir a un titular tan aciago como el de este texto.

Roberto Alfonso Lara

Roberto Alfonso Lara

Licenciado en Periodismo. Graduado en la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas en 2013.

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