José Raúl Capablanca: un jugador que se divertía con el intelecto

Cuentan que tenía solo cuatro años cuando dio las primeras señales de una pasión desbordada por el juego ciencia: había derrotado a su padre en una partida. Desde entonces, y a lo largo de su breve existencia, José Raúl Capablanca Graupera vivió para brillar en el ajedrez mundial.

Nacido en La Habana el 19 de noviembre de 1888, Capablanca rutila en la historia como el único cubano que ha logrado el título de Campeón Mundial de ese deporte hasta la actualidad. Por su actuación, lo tildaron “la máquina de jugar ajedrez”, calificativo que no sorprende si se tiene en cuenta que durante su carrera acumuló 302 victorias, 246 tablas y 35 derrotas.

Hijo de un militar español culto y aficionado al ajedrez, la niñez de Capablanca transcurrió en un ambiente favorable para este pasatiempo, del cual su ciudad natal, junto a Nueva York y Nueva Orleans, constituía el mayor centro en el continente.

A la luz de los anales, la partida más antigua de José Raúl data de cuando tenía cinco años. La jugó frente a Ramón Iglesias en el Club de Ajedrez de La Habana, con una dama de ventaja. En idénticas condiciones, dos años más tarde le ganó al francés Tabernhaus durante una visita de este a la capital cubana.

Para 1900 resultaba ya notorio el talento de Capablanca en el escenario ajedrecístico de la Isla. Con solo trece años derrotó al maestro Juan Corzo y Príncipe, considerado entonces el mejor jugador del país, y obtuvo el título de campeón de Cuba, mientras demostraba un talento innato para este juego. En 1902 participó en el primer Campeonato Nacional de Ajedrez aquí y clasificó en cuarta posición. Tal fue el punto de partida de numerosas competencias a las que asistió en Europa y los Estados Unidos. Sumaba 23 noviembres a su peregrinar cuando se proclamó Campeón Panamericano.

Al culminar el bachillerato, los padres de Capablanca lo enviaron a estudiar a los Estados Unidos, con la ayuda financiera de Ramón San Pelayo. Allá recibió clases de inglés y se preparó para ingresar en la Universidad de Columbia en la carrera de Ingeniería Química, pero solo cursó dos años: lo había vencido su pasión por el juego ciencia.

En la nación norteña asistió a diferentes torneos en los cuales se enfrentó a los mejores ajedrecistas de la época, ganó el Premio a la brillantez y el título de maestro, en 1911, el propio año en el que participó en el Torneo de San Sebastián, donde alcanzó el primer puesto.

A su regreso a Cuba, en 1912, comenzó a publicar una revista sobre el ajedrez. A partir de esta fecha se haría mucho más intensa su actividad deportiva, la que lo llevó a recorrer ciudades como Buenos Aires, Montevideo, San Petersburgo, Viena, así como a participar en disímiles competiciones. Entre 1918 y 1922 ganó casi todas las partidas que jugó.

Hace 100 años, en el Campeonato Mundial de Ajedrez, el cubano José Raúl Capablanca destronó al alemán Emanuel Lasker.

Momento cumbre en la vida de este gran jugador fue cuando se enfrentó al alemán Enmanuel Lasker para obtener el título de Campeón Mundial. El encuentro tuvo lugar en La Habana, entre marzo y mayo de 1921, con el saldo de cuatro victorias, diez tablas y cero derrotas a favor del cubano. El tope había sido pactado para 24 partidas, pero cuando faltaban todavía diez, el germano lo abandonó, al parecer avergonzado.

Capablanca mantuvo su reinado en el ajedrez mundial hasta 1927, cuando perdió la corona frente al ruso-francés Alexander Alekhine. Entre ese año y 1936 jugó 14 torneos, de los cuales ganó siete y quedó segundo en cinco. Sin embargo, su nombre carecía ya del halo del mito.

Su última comparecencia oficial fue en las Olimpiadas de Ajedrez de Buenos Aires, en 1939, certamen donde ocupó el primer lugar del tablero del equipo Cuba. Cerca de 30 torneos de alto nivel contaron con la presencia del insigne cubano, cuyos resultados arrancaron del yugoslavo Gligoric un elogio bien elocuente: “Capablanca sabe, los demás ensayamos”.

José Raúl tuvo un paso más bien breve por la vida. El ocaso de su existencia, acaso lleno de simbolismo, tuvo lugar junto a un tablero de ajedrez, el pasatiempo al que había imprimido toda su pasión y al que consideraba “algo más que un juego, una diversión intelectual que tiene algo de Arte y mucho de Ciencia”. Allí dejó este mundo, tras perder la partida frente a un fulminante derrame cerebral, el 8 de marzo de 1942.

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Yudith Madrazo Sosa

Periodista y traductora, amante de las letras y soñadora empedernida.

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