José Maceo Grajales, el león de Oriente | 5 de Septiembre.
mar. Nov 19th, 2019

José Maceo Grajales, el león de Oriente

La vida del Mayor General José Maceo Grajales superó la leyenda a fuerza de coraje, impetuosidad, lealtad a la Patria en los combates contra el colonialismo español./Foto: Internet

El 2 de febrero de 1849 nació en la finca Las Delicias, en Majaguabo, San Luis, Oriente, el que sería Mayor General del Ejército Libertador y una leyenda en el campo mambí, de quien todos hablaban sobre su coraje rayano en la temeridad. Por eso lo llamaron “el león de 0riente”.

Cuando el joven José tenía 19 años de edad, se incorporó junto con sus hermanos Antonio y Justo al Ejército Libertador, fueron los primeros de la familia Maceo Grajales en hacerlo. El primer combate de José fue el de Ti Arriba, a las 48 horas de haberse unido a las filas mambisas, y lo libró junto a Antonio. Desde entonces bravura y lealtad los acompañaron. Le siguió el de Ventas de Casanova y después el colosal combate de El Cobre. Es ascendido a cabo, lo hieren por primera vez, pero se hizo tan popular en la lucha contra los españoles que el Conde de Balmaseda dictó una orden de muerte contra él cuando acababa de cumplir sus 20 años.

No habían transcurrido tres años de su incorporación a las filas mambisas cuando ya ostentaba los grados de capitán, y participa en otro combate contra una fuerza enemiga de cuatro mil hombres, junto a su hermano Antonio, con quien lo encontraremos casi siempre juntos. A sus veintiséis años es ya comandante y se han multiplicado sus heridas en combate.

No cesan las acciones bélicas y en más de una ocasión se salvan las vidas mutuamente. El 7 de agosto de 1877 José salva a su hermano Antonio que lo reconoce al decir: “Estoy vivo por mi hermano José”.   En el combate del cafetal La Indiana, el arrojo de José lo lleva hasta las mismas aspilleras del fuerte del enemigo y cayó gravemente herido. Tuvo que ser rescatado por su hermano Antonio “con una carga de locura”.

De nuevo en Mangos de Mejías, el General Antonio recibió siete balazos y el General José encabezó el pequeño destacamento que con Antonio moribundo en una camilla, impidió que cayera en poder del enemigo que los perseguía con saña y con mil efectivos. Pero José devino jefe, guía, centinela, sanitario, leñador y soldado, y condujo a Antonio a lugar seguro.

Entendemos así el poema de Navarro Luna que lo viera… “A todos los peligros enfrentarse, / siempre al resplandor de su machete, / siempre en el puesto primero de la sangre, / ¡era una roja punta de cuchillo! / ¡era una centella de coraje!…”.

Antonio y José eran dos hermanos semejantes, aunque como suele ocurrir, uno sobresale sobre el otro en la población por razones ajenas a ambos.

José manejaba el machete a la zurda y el revólver a la diestra. Era jovial y presumido, desinteresado y sincero, y cuando se incomodaba, tartamudeaba. Era hombre noble, pero de disciplina férrea, de altos principios éticos y morales. Tenía gran sensibilidad musical, era muy sincero y daba alto sentido a la amistad, se preocupaba intensamente por la unidad dentro de las filas insurrectas, y tenía amor y respeto por la familia, y en especial por Mariana, su madre.

Una anécdota entre las muchas de su estancia en Costa Rica en 1893. Tiene 43 años, está viudo y es apuesto. Se enamora de una mujer blanca y se casan. Ella quiere una foto de la boda y van juntos a un estudio fotográfico. El fotógrafo se niega a retratar a “una pareja dispareja”. ¿Cómo voy a fotografiar a un negro y una blanca juntos? –pregunta-.   Y José le responde con la manera que él tenía para resolver cuestiones de honor: le propinó un puñetazo que le dejó al fotógrafo tres dientes por el piso del estudio, junto con el cuerpo por tierra del ofensor.   Era la estirpe de los Maceo Grajales.

“El General José era todo verdad”, afirmaba el Generalísimo Máximo Gómez que lo conocía bien y lo quería mucho.

La guerra prosigue una década entera. Tras la protesta de Baraguá y al término de la Guerra Chiquita, José es confinado al presidio de Chafarinas, y cuando era trasladado a Ceuta escapa espectacularmente, llega al Peñón de Gibraltar donde pensaba asilarse bajo el pabellón británico, pero las autoridades coloniales inglesas puestas de acuerdo con el Cónsul hispano lo entregan a la policía española. Lo deportan a la isla de Mallorca, pero José se fuga también de ahí, atraviesa Argel, París, Nueva York, Jamaica y llega a Cuba.

El hecho adquiere entonces trascendencia internacional pues José provoca un escándalo al demostrar públicamente la traición del General español Pando cuando fue Capitán General en Cuba, quien había dictado el pacto, al final de la Guerra Chiquita, al que se acogió José. La violación de la deportación política por parte de España ocupó las páginas de la prensa internacional y hasta Marx y Engels hacen referencia a ese caso en sus escritos de la fecha. El Gobernador de Gibraltar es destituido, la complicidad británica, desenmascarada.   Es un hecho poco conocido en nuestra historia.

El primero de abril de 1895, José Maceo desembarca en Duaba, junto a Antonio y a Flor Crombet y otros veinte patriotas para reiniciar la “guerra necesaria” y continuar sus hazañas. Vuelven a combatir juntos, casi siempre, Antonio y José. Ambos se elevaron unidos y gloriosos al sitial mayor del Ejército Libertador.   Martí dijo de ellos que “eran hombres escogidos por el Dios de la Guerra”.

Cuando Antonio parte para la Invasión, junto a Gómez, deja a José como Jefe del Departamento Oriental, y ellos siempre iban por delante de la vanguardia en los combates. En uno de ellos, en Loma del Gato, José cayó por la bala número 18 que penetró en su cuerpo, el 5 de julio de 1896. Fue cinco meses antes que Antonio, que murió por el proyectil número 26 que lo elevó a la inmortalidad.

Otro grande de América, el Generalísimo Máximo Gómez, dejaría constancia de su cariño y admiración por el caído, por José:

“Escribo desde los campos en que retumba el cañón. El combate significa mi duelo de guerrero por la pérdida del compañero y del amigo, que él murió en su puesto, derribado de su caballo de batalla para aparecer más alto y hermoso en la historia de la Patria”.

Así es. La figura de José Maceo Grajales, como la de Antonio, la de toda la familia de Mariana y Marcos, viven ahí, en lo más alto de la Patria que continúa la obra por ellos iniciada, la Patria cuyos hijos la defienden y la cuidan, para revivir sus hazañas, para que no hayan perecido en vano.

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