José Gregorio Martínez, el Yanki

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José Gregorio Martínez
José Gregorio Martínez

Cuando José Gregorio Martínez Medina nació aquel 24 de septiembre de 1932 nadie podía pensar que se inclinaría por proporcionar felicidad a los desposeídos y entregar su vida por los humildes de su pueblo. Y es que su origen social, entre prósperos familiares, en la finca “Tres Hermanos”, zona campesina del barrio Soledad, en Cartagena, Rodas, de su abuelo y padres, no hacía presentir nada de eso. Es cierto que cuando ya era casi un adolescente algunos rasgos de su personalidad iban dando una idea al respecto, porque si cuando niño le gustaba regalar sus juguetes y algunas ropas a los que carecían de todo, ya más adelante eran muchos los bates, pelotas y guantes que espontáneamente regalaba a sus compañeros de juegos, así como zapatos y ropa. Cuando sus familiares lo criticaban y hasta castigaban por esa actitud “derrochadora” él respondía que lo hacía porque a él le sobraban todas esas cosas y aquellos carecían de todo. También incluso cuestionaba los bajos salarios que pagaban a los trabajadores de la finca familiar.

Después de estudiar la primaria en escuelitas de su barrio, al comenzar la secundaria quiso independizarse y vino a trabajar y estudiar a Cienfuegos. Aquí se alojó en casa de un tío que poseía una bodega y lo ayudaba en ese negocio. Luego ingresó en la Escuela de Comercio donde estudiaba como alumno nocturno, y por el día era mensajero y dependiente de la bodega de su tío y posteriormente de “La Inglesita”, una bodega mayor, propiedad de un matrimonio español sin hijos que lo quisieron entrañablemente. Ganaba amigos con gran facilidad por su carácter jovial, campechano, su conducta recta; y por su apariencia física, rubio, de ojos claros, fornido, bien parecido, sus compañeros lo llamaron “el yanqui”. Como joven, gustaba del baile, tomar alguna cerveza, comer las “fritas” del carrito del “Gordo” al doblar del teatro Luisa, darse un chapuzón en la playita de Elpidia, y admirar las puestas de sol sentado en el malecón y ver pescar a los camaroneros en la noche y cantar Luna cienfueguera al lado de su novia Osdalia.

En la escuela se destacó por la defensa de las mejores causas y cuando Batista dio el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, él fue su más acérrimo cuestionador. Pronto su madera de revolucionario emergió y se vinculó a la lucha del Movimiento 26 de Julio, ingresando en una célula clandestina que dirigía el obrero maderero Pedro “Puyín” Olascoaga que después diría que “José Gregorio fue siempre el más destacado de su grupo por su valor temerario, honestidad, inteligencia para actuar en situaciones difíciles y peligrosas, y habilidades y entrega total a la Revolución”. Sus compañeros del M-26-7 también lo reconocían así y sus acciones se convirtieron en una leyenda que admiraban todos. Los alumnos de su aula lo escogieron como delegado de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Comercio. Siempre encabezaba las huelgas y manifestaciones contra la tiranía y por ello varias veces fue detenido, fichado y golpeado en la jefatura policial.

Muy enamorado de su novia Osdalia, una muchacha rubia y bella, también estudiante y revolucionaria, que lo amaba y alentaba en su lucha aunque temía, decidieron casarse comprendiendo que dado el peligro que corría José Gregorio debían tener un tiempo para el amor y el futuro resultaba muy incierto. Fue una decisión muy valiente e incomprendida por muchos. Se casaron el 9 de marzo de 1957. (Este redactor fue uno de los testigos de su boda). Alquilaron un pequeño apartamento en San Carlos entre Prado y Cristina, y continuaron sus actividades revolucionarias.

Faltándole 19 días para cumplir sus 25 años de edad, y dos días antes de arribar a su primer semestre de casado, José Gregorio y Osdalia se separaron en el amanecer del 5 de septiembre de 1957, cuando fue avisado de que comenzaría el alzamiento de la ciudad. Salió feliz en el amanecer lluvioso. Besó a su Osdalia y ninguno de los dos acaso pensó que este sería su último beso de amor. Hay que pensar en un dato: José Gregorio no llegó a cumplir sus 25 años de edad. No llegó a cumplir seis meses de casado. Salió a luchar por todos, incluso mientras convaleciente de una golpeadura en la estación policial. Salió alegremente a cumplir su deber patriótico que antepuso a todo. Se armó de una ametralladora Thompson en el Distrito Naval de Cayo Loco y salió a la toma del cuartel de la Guardia Rural. A la altura de la Calzada de Dolores el jeep en que iba con varios compañeros más, tuvo que enfrentar a una perseguidora policial, batiéndose con cuatro policías, tres de los cuales resultaron muertos y el cuarto sobrevivió muy herido. Y se afectó el ataque al cuartel del Ejército porque ya no hubo sorpresa y los soldados se encerraron bien atrincherados. A las doce del día fue uno de los que rechazó el ataque de la primera fuerza enviada desde Santa Clara contra Cienfuegos, el Tercio Táctico de Las Villas, que no solo fue rechazado sino diezmado y se retiraron con numerosas bajas. Durante toda la tarde defendió la posición del colegio San Lorenzo desde su interior más o menos protegido por las fuertes columnas y parapetos, junto con fuerzas de la Marina y de milicianos del Movimiento, y después, cuando los aviones del tirano bombardearon las instalaciones de Cayo Loco y comenzaron a disparar sobre los barrios cienfuegueros, para castigar a la ciudad sublevada, matando niñas como Olimpia Medina de 13 años de edad, hiriendo y mutilando mujeres y hombres dentro de sus hogares, él, José Gregorio, cambió su ametralladora por un fusil Garand, de más alcance y subió a la azotea de la escuela, sin protección alguna, para interponer su cuerpo entre su pueblo y los aviones que lo masacraba, y allí cayó fulminado por la estrella que ilumina y mata que parecía que coronaba su sien.

A los queridos muertos de la Patria sólo se les puede recordar legítimamente con el diario cumplimiento del deber. Con la misma entrega laboral productiva y el estudio abnegado, que ellos hicieron con su vida propia. Ellos, José Gregorio Martínez Medina, “El Yanqui”, en estos tiempos difíciles para la humanidad, también están a nuestro lado, como impulsándonos, como dándonos la mano para que no tropecemos…

1 Comentario

  1. Aqui no encaja el dicho de “Que el hábito hace al monje” porque con su apariencia física, rubio, de ojos claros, fornido, bien parecido, sus compañeros lo llamaron “el yanqui”, me queda bien claro que de yanqui no tenía nada. Un Cubano un buen Cubano.

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