JK reencontrado

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Foto: Centro de documentación

A inicios de la década de los ’90, dos nombres encabezan una nueva generación de artistas visuales, secuela de aquella época compleja que cambió los destinos de la isla: William Pérez, graduado de la Academia de San Alejandro hacia 1985, y Juan Karlos Echeverría Franco (JK), una de las sorpresas del movimiento de autodidactas sureños; igual signados por el conceptualismo, los influjos del objetualismo francés y cierto espíritu posmoderno, que han lustrado y sostenido hasta los días presentes.

Tras un periplo por Alemania y las prácticas con el Grupo Punto, fueron cautivos de la experimentación y los deseos de enunciar los ingentes cambios sociales y privativos. Particularmente JK, que había mostrado sus devociones por la escultura, robustece el ejercicio trans-pictórico (que a veces se auxilia del collage o la puesta instalacionista) y se arriesga con narrativas menos abstractas, trasmutando el gesto simbólico o alegórico en códigos más abiertos y al mismo tiempo detentables.

Justo, estas remociones pueden ser constatadas en la Galería de arte Boulevard, a través de la muestra personal que el artista ofrece para los primeros meses de 2019, suerte de panorámica con sus recientes preocupaciones temáticas y enunciatorias.

En el entorno de las solemnidades por el bicentenario, JK emplaza su relato, recurriendo al discurso de la insularidad, presto a interpelar: la crisis espiritual, migratoria, los mitos o iconos sociales y las eternas interrogantes sobre la existencia, la familia y la propia creación humana y el arte, sostenidas como caos y orden al mismo tiempo, pugnantemente holistas.

En estas maniobras reconfigura los episodios cromáticos al viejo estilo de los fieristas y reorganiza las estructuras composicionales (a veces excedidas por la espontaneidad y cierta avidez) para proveernos de fábulas modernas, rabiosamente políticas, en las que también emergen los últimos resquicios del pop y sus sabores narrativos.

Un vistazo puntilloso a estos códigos, nos descubre las cepas de la pastoral echeverriana: el gusto obsedido por el montaje escindido de los conceptos, que parecieran recrear variantes de problematizaciones con el uso de figuras análogas, donde son frecuentes los suplementos verbales (hermosamente poetizados) y los planos yuxtapuestos de sentidos. Es probable que este enfoque sea proveído por la ontología posmoderna, que incita a desmontar las realidades en una extensión poliédrica, como es la vida misma, un retablo de posibilidades que se muestran optativas para los públicos.

JK no puede deshacerse de una iconografía que, al estilo de Joaquín Sabina en sus baladas, desnuda la humanidad que habita la urbe.

En medio de algunas recurrencias aparentes (y no) en los bastimentos figurativos, se transparenta la mirada de un artista perspicaz y sensible, dinamizado, esencialmente cuando nos obliga a considerar críticamente las realidades que vivimos.

Para mostrarnos su inagotable capacidad imaginativa, JK ha concebido una exposición mutable y secuencial, pronta a compartir con varios colegas igual de entusiasmados con los relatos sociologizantes y un tipo de grafía domeñada por el dibujo.

Es el camino de vuelta a las esencias, al reencuentro con el artista múltiple que aspiraba ser.

1 Comentario

  1. Ñoooooooooooo, y esa pose de capo napolitano del YanCa. No importan las maneras. Bien interesante su propuesta. Concuerdo con las apreciaciones del crítico. Saludos.

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