
Figura entre las noticias destacadas hoy por Google; la propia compañía informática que desarrolló el buscador prepara unas gafas para facilitar al usuario acceder a internet, “reproducir información sobre el entorno, grabar, fotografiar o mantener videoconferencias”, según reseña la información. Ello resulta posible gracias a la aplicación lo que se conoce como realidad aumentada, mediante una conexión permanente a internet.
La salida al mercado del dispositivo autónomo operado con la voz y simples movimientos de cabeza, llamado Google Glass, podría ocurrir a finales de año o principios del próximo. “Cuenta con una pequeñísima cámara instalada en la patilla derecha de la gafa capaz de ir recogiendo localizaciones exteriores e interiores y relacionarlas con posición, responder a mensajes, generar mapas y ejecutar acciones simples como reproducir música, funcionar como teléfono, enviar fotos a redes sociales, añadir una localización a tus favoritos”, pondera sus ventajas el texto.
Y como no puede faltar la propaganda, en un video del llamado Project Glass, Google muestra a un usuario utilizando las gafas para consultar su agenda y recibiendo información sobre la hora, el estado del tiempo así como la ruta a seguir para encontrarse con un amigo con el que se ha citado a través del dispositivo. El hombre incluso les da instrucciones para que le recuerden comprar entradas para un concierto, tras verlo anunciado en un cartel mientras pasea por la ciudad, le dicta un correo y se conecta por videoconferencia con otra persona.
Maravilloso, verdad. “¡Yo lo quiero comprar!” Saltarán algunos parodiando al burro de Shrek. Y nada de cuestionable tendrá su actitud: deviene muestra del insaciable apetito del hombre por elevar su calidad de vida, por mejorar su paso por esta tierra (punto de partida para algunas actitudes consumistas, hay que decirlo).
No obstante, ni siquiera en ello radica el quid del asunto. Ah, pero detrás de ese pequeñito invento yace la consagración e inteligencia de un grupo de especialistas calificados. Tiempo, esfuerzo y recursos invertidos para que unos pocos privilegiados revisen el correo moviendo una oreja. Y del otro lado, ¿qué queda?
Gente a quienes la palabra internet no les dice mucho, o en el peor de los casos, el vocablo computadora describe un objeto jamás conocido. Usted, que en estos momentos lee este artículo online ¿sabía que más del 70 por ciento de los usuarios de Internet en el mundo se encuentran en Europa o Norteamérica, según señala la Food and Agriculture Organization (FAO)?
Si lo conocía, quizá concuerde con los investigadores Peter Hakim y Marillen Jewers, cuando en el sitio web de Inter-American Dialogue, reconocen:
"A medida que el uso de los computadores personales se generaliza y la educación y la salud se vuelven cada vez más dependientes de las tecnologías digitales, se han escuchado crecientes advertencias acerca de la posibilidad de que se genere una 'divisoria digital'. Se temía que la divisoria aumentara las brechas tecnológicas ya existentes, dejando a los países, las comunidades y las familias más pobres cada vez más atrás.
"Y, efectivamente, se ha generado una divisoria digital (…) Muchas personas—particularmente en los países y comunidades de menor ingreso—no tienen acceso o sólo tienen un acceso limitado a las nuevas tecnologías. Carecen tanto de los recursos para adquirir las nuevas tecnologías de la información como de la educación necesaria para utilizarlas de manera eficaz. El uso de computadores está estrechamente correlacionado con el ingreso y la educación: las personas más pobres y con menos educación utilizan mucho menos la tecnología".
¡Bingo! He ahí el problema. Otra vez los pobres llevan la de perder. Y cuando digo “los pobres”, ya saben de quienes estoy hablando. “Los países latinoamericanos y los del Caribe no consiguen reducir la brecha digital con los países "desarrollados", pese a los esfuerzos gubernamentales, plasma el último informe sobre tecnologías de la información y la comunicación (TIC) presentado por el Foro Económico Mundial (FEM) en Nueva York.
Ninguno de las mencionadas naciones recae en los primeros 30 puestos de la lista de países con mejor aprovechamiento de las TICs (encabezada por Suecia), debido a la "falta de infraestructura y acceso a banda ancha", junto con la "escasez de capacitación de una buena parte de la población", lamenta el informe.
¡Y ni hablar ya de África, cuyos niveles de miseria no constituyen un secreto para nadie! Con tales datos en la mente, ¿todavía le parecen tan encomiables las gafas de Google? Entonces, ¿por qué no concentrar el esfuerzo, el dinero y la inteligencia de esos profesionales (muchos de ellos formados en sitios con la peor ubicación de la lista) en llevar a otros un poquito de lo que ya les sobra? Si así sucediera, a ciencia cierta, la brecha digital no fuera tan marcada. Pero claro, a los poderosos poco importa que mientras ellos cruzan medio mundo con un movimiento de labios, millones de semejantes jamás podrán leer estas líneas.