No sé cuando mi memoria la conoció. Desde siempre oí su nombre y veía a esa mujer, ya mayor, relucir en el estrado de la Asamblea Nacional y en el Consejo de Estado hasta aquel funesto 18 de junio de 2007, cuando una larga enfermedad nos la arrebató. Eso me bastó para hoy rendir este breve, pero merecido homenaje.
A solo un quinquenio de su deceso, Vilma Espín Guillois vuelve a estar entre nosotros porque en realidad esta mujer excepcional y de obra enaltecedora, nunca se fue ni lo hará. La recuerdan hoy sus hijos, el pueblo todo que la vio trabajar por la verdadera emancipación de la mujer y un acceso pleno a sus derechos dentro de la Revolución.
Aunque no esté físicamente, cada día se puede sentir el rastro de su amor maternal en todo lugar donde se encuentre una fémina. No le importó nunca en ese entonces, arriesgar su vida cuando militaba clandestinamente en el Movimiento 26 de Julio.
Junto a Frank País colaboró en cuanto pudo por materializar un proyecto que siempre defendió. Vilma representó por siempre los sueños de una madre, de una abuela; sueños de mujer cubana que se hicieron realidad en cada palmo de esta tierra.
Las múltiples condecoraciones, títulos y órdenes nacionales e internacionales recibidas durante su vida, se quedan pequeñas ante el valor y la intrepidez que siempre caracterizaron a nuestra Heroína de la clandestinidad, del pueblo, de la vida. Fuente de amor y solidaridad sin límites, a todos nos deja un ejemplo insuperable de lealtad, firmeza, sacrificio y modestia.
Vilma es Déborah, Mariela y Nilsa, sus hijas de sangre; pero es el rostro de las mujeres cubanas, sus hijas de lucha. A ellas devolvió la esperanza y la sonrisa, las educó y las condujo a derrotar prejuicios y ataduras.
(*) El autor es estudiante de Periodismo.









