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Jueves, 12 Abril 2012 08:51

Fuego sobre los árboles de soplillo

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Estelvino Rodríguez Montano, hermano de Nemesia Estelvino Rodríguez Montano, hermano de Nemesia Foto: Dorado

Soplillar es un pequeño poblado de carboneros ubicado a 5 kilómetros de Playa Larga. Una mañana de abril de 1961 hordas mercenarias vinieron a violarle los espacios; Leovigildo García Martínez y Estelvino Rodríguez Montano eran apenas dos adolescentes.

“A las 12:00 de la noche llegó la invasión -recuerda Leovigildo. Sentimos un tiroteo, el viejo mío se levantó y, parado en el portal de la casa, dijo: ‘eso es un ataque’. No nos volvimos a acostar, la vieja hizo café y permanecimos en vela.

“Temprano comenzaron a pasar los aviones. Eran B-26 con las mismas insignias de los de aquí: color verdeolivo con la Bandera cubana pintada en la cola. Iban de un lado a otro sin parar.

“Yo tenía entonces 14 años y trabajaba con el viejo mío tirando madera en los camiones de la Empresa Forestal, cuando aquello Parque Nacional. No vivíamos en Soplillar, sino un poco más para allá, en un lugar conocido como Los Sábalos”.

“Nos dieron la orden de abandonar la zona e irnos hacia Jagüey Grande -confirma Estelvino. Nos montamos en un camioncito (faltaban algunos hermanos que estaban estudiando en La Habana) y salimos. Eso fue sobre las 7:00 de la mañana.

“En el camino el avión nos atacó. Hirieron a mi abuela en una cadera, a mi hermano en la pierna y mataron a mi mamá. La enterré y a las pocas horas ya estaba de regreso en Soplillar”.

“Aquí se quedaron pocos, yo entre ellos -continúa Leovigildo. El Batallón 339 de Cienfuegos llegó como a las 11:00 de la mañana, con el teniente José Luis Conyedo al frente. Nos orientaron no salir del pueblo y tener mucho cuidado, porque los mercenarios habían matado a una familia por las cercanías.

“En una casa grande agruparon a la gente y cercaron el batey a la redonda para custodiarlo. Cuando aquello aquí existía una pista y decidieron llenarla de polines por si los invasores decidían aterrizar en ella”.

“En esos momentos no pensaba en mí -asegura Estelvino. Si me mataban, bueno… Por eso me quedé con los milicianos que cuidaban la pista aérea. Al día siguiente llegó un batallón de lanzacohetes con Roger García al mando; necesitaban prácticos para salir hacia Girón y me fui con ellos”.

EN DISPOSICIÓN DE COMBATE


Leovigildo García Martínez / Foto: Dorado“El objetivo de las Milicias era impedir a los mercenarios ocupar la zona -refiere Estelvino. Avanzamos por el monte, por los caminos viejos, porque por la carretera se estaba combatiendo. Así fuimos sin dificultades hasta El Helechal donde, por la tardecita, estuvo Fidel junto a los combatientes.

“Se subió encima de una pila de traviesas, a las cuales nosotros llamábamos polines, y habló a todos los que nos juntamos allí: batallones de San Blas, de Girón y los que vinimos por dentro. Nos comunicó de la derrota del enemigo, pero todavía debíamos recogerlos, sacarlos de aquí.

“Anunció que él iba en el primer tanque hacia Girón y apenas terminó, subió al tanque. No lo querían dejar montar y entonces él se paró y dijo: ‘las órdenes se cumplen y esto es una orden’. Todos nos quedamos quietos, él subió en el tanque… y nosotros detrás. De ahí en adelante no hice más de guía porque ya estábamos en la carretera. Había muchos milicianos luchando, para qué hablar: miles”.

“Recuerdo que por el batey pasaron dos muchachos, Balbinito y Felipe Iraola -explica Leovigildo. Venían de El Jiquí y le dijeron al viejo mío: ‘nosotros vamos para Jagüey Grande a buscar armas para fajarnos’. El viejo les dice: ‘ustedes están locos, deben esperar una orden y no ir para allá así’. ‘No, no, nosotros nos vamos’ y así lo hicieron.

“Se llevaron el camión de un tío mío, pero ya los mercenarios estaban tirados en una cantera cercana, llegando a Pálpite y cuando los vieron los cogieron presos y le instalaron una calibre 30 arriba del camión.

“Las Milicias estaban del otro lado de la carretera, con Pálpite en su poder y comenzaron los enfrentamientos. Tenían mejor ubicación y le hicieron como siete u ocho bajas en un momentico y entonces los invasores dieron para atrás.

“Metieron el camión por un camino conocido como El Cocuyo y siguieron con los muchachos como prisioneros. Los cogieron de prácticos para salir por donde no hubiera tropas y si se negaban, los mataban. Los dejaron amarrados toda la noche y dicen que escucharon a los tanques nuestros avanzar hacia Girón.

“El tío mío fue el primero en escaparse, llegaron a una casa y se cambiaron de ropa. Allí se pusieron guapos unos con los otros: que si iban para Aguada, que si para Girón. En medio de esas discusiones, un poco más adelante, se les fueron los demás”.

EL BATEY

“Al Batallón 339 se le habían acabado las balas el 17 por la noche -detalla Leovigildo. A algunos de los combatientes solo les quedaban tres. Es como yo le digo: cuando no eres un guajiro crecido en el monte no conoces los sonidos y así pasó con esos muchachos: sentían el ruido de un cangrejo y ya le entraban a tiros.

“En la mañana el teniente llamó al viejo mío: ‘oye, debemos cogerle el tiempo al avión, cuando vaya a cargar a Nicaragua, y aprovechar para ir a buscar las balas al central Australia y virar’. Les fue muy bien en la ida, pero de regreso tuvieron que tirarse porque ya venía un B-26. Por suerte no le dispararon al camión, pues si lo hacían volaba por la carga de municiones.

“Cuando llegaron a la cantera recogieron un paracaídas. Mi hermanita tenía cuando aquello siete u ocho meses y la vieja mía le hizo una hamaca con la lona para dormirla, porque ella estaba adaptada a eso.

“Ya el 19 por la mañana todos celebrábamos el triunfo. Nos reunimos en la casa y la gritería fue horrible. Pero la cosa no terminaba: todavía quedaban mercenarios regados en el monte”.

LA LIMPIEZA

“A las 3:00 de la mañana llegamos a Girón -rememora Estelvino. Ya los combates habían cesado una hora antes y entonces nos dieron la orden de quedarnos en los caminos, de no entrar al monte, porque los mercenarios se entregarían solos.

“Estuve dos o tres días en el proceso de captura, pero después salí para Jagüey. Un pariente nos avisó de la muerte de mi abuela y nos dieron un salvoconducto, pues todavía la carretera estaba copada. Afortunadamente, no sucedió lo peor: mi abuela se curó, pero no caminó nunca más”.

“Aquí en Soplillar agarraron unos cuantos -rememora Leovigildo- recuerdo a uno, decía ser del batey cuando lo atraparon caminando por la pista. Era un hombre de color y aseguraba ser el barbero y por eso lo trajeron para ver si lo reconocíamos. Yo estaba ahí y le dije al teniente Conyedo: 'oye, yo soy de aquí compadre, el único barbero del pueblo es pariente mío y no es él' y de esa forma lo descubrieron.

“Después pasaron varios camiones cargados de mercenarios. Iban pegados a las barandas y los milicianos los mantenían apuntados. Nosotros salimos a ayudar y le cogimos el rastro al grupo que huía para Aguada.

“Partieron la ciénaga al medio. En la Boca de la Zanja comprobamos que algunos durmieron arriba de unos arabos, al parecer le tenían miedo a los cocodrilos, no sé, lo cierto es que construyeron unas tarimas sobre los palos para descansar, no en el suelo.

“En Cayo Grande encontramos una calibre 30, de esas de paticas, un radio transmisor grande y dos o tres cajas de balas. Al parecer iban muy cansados y las fueron dejando. El viejo mío no me dejó tocarlas y las cogió con una vara (era un peligro, si llega a explotar lo mata) y trajimos todo para acá a un pequeño cuartelito.

“La única víctima en la invasión de por aquí, por fatalidad, fue la madre de mi esposa Lucía, también hermana de Nemesia, cuando atacaron el camión donde viajaban. Los demás permanecimos aquí mientras todo sucedía. Muchos de los de esa época han fallecido, pero todavía quedan en el pueblo algunas personas con historias de aquel momento”.

En coautoría con Melissa Cordero Novo

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