"¿Me oyes? Ojos que me abarcan, / armas, sombreros, banderas. / Avanza la caballería. / Nuestro destino es andar a caballo. / La memoria me regala esa imagen / que define la isla".
Antón Arrufat

A veces me cuesta imaginar la historia de Cuba desde las páginas de los libros. Ya intenté, cuando pequeña, meterme dentro y hasta me dormí con la mejilla pegada en las fotos, pensando que alguna vez, cuando despertara, sería yo de tinta y podría vivir las escenas. Pero no ocurrió, y anduve mucho tiempo imaginándome con un machete en la mano o tejiendo la bandera cubana o repartiendo folletos en la calles durante la clandestinidad. ¡Mi vida hubiese sido tan diferente!
No me lamentaría de las heridas y estuviese en los funerales para llorar con lágrimas de dolor la muerte de los héroes. Entonces escribir resultaría mucho más fácil, las letras saltaran de entre mis manos sin esfuerzos. Pero el tiempo pasó sin muchas respuestas y continué leyendo y durmiéndome -no sé bien por qué- con la cara cosida contra las páginas.
Por ello, tener la oportunidad, años después, de colocar mis pies donde lo pusieron los protagonistas de mis libros, de ver las huellas grabadas en las casas, las marcas de los disparos y conocer a quienes estuvieron presentes durante los sucesos, es asombroso. Y por primera vez me parece que, de verdad, la historia me entra "por el tronco de la sangre hasta la raíz del llanto".
Así me sucedió con Girón, dos veces; y las dos veces me pinté de tiempo, me vi refugiándome entre el mangle o huyendo de los aviones B-26 que una mañana violaron los nimbos de la Ciénaga. Y al hablar con los testigos, un dolor extraño me apretó la garganta y tuve que pestañear más seguido y respirar mucho más rápido.
No me tocó vivir demasiadas cosas, en abril del '61 justo faltaban 26 años para que yo naciera, pero regresar medio siglo después hasta ese sitio, caminar con la memoria abierta y los recuerdos en los libros, me devolvió las carencias. La historia también se posó en mis ojos y me asaltó desde todos los fondos y se me grabó, en imágenes muy pequeñas, alrededor de la sien. Hoy puedo escribir sin frenos, decir que yo también estuve en Playa Girón, en Soplillar, en Pálpite, en Playa Larga, en La Piojota, en Cayo Ramona.
Y me parece que, al final, alguno de mis sueños desviados, entró sin que me diera cuenta entre los adjetivos y los sintagmas de algún libro de historia.










