Fue remediano. Villaclareño. Un niño precoz que aún sin poder alcanzar el teclado que había en casa, luchaba por escalar hasta otras piernas que lo subieran un poco; y entonces deslizaba sus pequeñas manos reproduciendo cada una de las melodías escuchadas. El piano se hacía grande si el niño lo tocaba. La música era mágica. Inentendible.
Aún con esa capacidad tan arraigada en las venas, va hacia La Habana en 1922 para estudiar Derecho, aunque, extracurricularmente, también aprendió armonía, contrapunto y fuga. Los años transcurrieron bastante furiosos para Alejandro. Se convirtió en director de orquesta, compositor, arreglista, violinista y juez; todas las profesiones dotadas de una innegable idoneidad.
Caturla fue un hombre muy exquisito, de pensamiento avanzado, amante de la buena cultura, pero amante también de lo negro y todo elemento que integrase ese folklore en Cuba. La sociedad en la que le tocó vivir, fue reacia a aceptar sus preferencias, y resultó muy incomprendido. Más aún cuando, en abierto desafío de los prejuicios burgueses del momento, se casó con una mujer negra.
En 1927 regresa a Remedios y comienza allí a trabajar arduamente por desarrollar la cultura en el pueblo. Funda una Orquesta de Cámara, con el incentivo principal de plantar como semilla, esa vertiente de la música. Crea también la Sociedad de Conciertos de Caibarién. Se desempeñó además como periodista (escribiendo crónicas sociales) y crítico de arte, dejando varios escritos sobre pedagogía musical.
“Obertura cubana”, una de sus composiciones, alcanzó en 1938, el primer premio en el Concurso Nacional de Música, y una mención onírica por “Suite para Orquesta"; avales indiscutibles de lo magistral de su obra.
A los 34 años le sajaron el aliento. Bastaron dos disparos. Pero aquel asesino estaba ciego. No sospechaba, siquiera, lo que acababa de hacer.
Hilario González, un destacado musicólogo, dijo sobre Caturla:
“Únicamente un genio puede componer así. Fue uno de los compositores vitales en la esencia y expresión nacional durante el siglo XX, al dejar piezas sinfónicas que rastrean y enriquecen el lenguaje de las raíces negras, españolas, populares y folklóricas de Cuba”.






Fue una bala escapando del revólver de un orate. Claramente era un loco. Un loco segado por ese afán de huir de lo que se tiene culpa probada. Era un delincuente al que Alejandro enjuiciaría horas más tarde.



