| Tarantino, maldito bastardo |
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| Escrito por Julio Martínez Molina | |||||||
| Lunes, 25 de Enero de 2010 05:34 | |||||||
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Realizador curioso donde los haya, Quentin Tarantino (1963) es tantas cosas a la vez que cualquier asomo de definición de su obra pasaría en su expresión por la misma forma ametrallante de su narrativa: uno de los autores de la posmodernidad más metácinéfilos, operísticos y circunvalantes en un cosmos creativo propio; emblema del pastiche pop; creador ambiguo en sus querencias que se declara fan abierto entre sus tantas filias del recién finado Rohmer (antítesis de su obra la del maestro francés: dómine aquel de la calma absoluta dentro de los reinos del cuento moral, artífice éste de un sello definido por todo lo contrario, en las comarcas de la descreencia seminihilista e iconoclasta en molde vertiginoso). Defensor a ultranza de la violencia como complemento dramático inherente al lenguaje fílmico; irónico en fase orgásmica; reasimilador de influencias de procedencias múltiples al doble de un De Palma; reciclador antonomásico de géneros, subgéneros y corrientes preteridas por la pantalla “seria” a los cuales rinde veneración a veces de forma extrema. Cinéfago de raza al punto de permanecer años frente a un televisor despachándose a Hawks o Scorsese todos y luego un lustro en videoclubes desayunándose cada jornada la escuela asiática de acción, Woo, To y los Shaw a la cabeza, y la serie B americana de cabo a rabo, Tarantino quizá pueda parecerles megalómano, caprichoso, pedante, pantagruélico, ultraautorreferencial y todo cuanto le venga en gana imputarle a quienes no le ocultan su visceral antipatía. A mí por lo menos nada de eso último me importaría un bledo hasta de ser cierto, porque el tipo es, por arriba de todo ello, un cineasta extraclase que sin llegar a autoedificarse nunca en independiente cual bien lo advirtiera Jonathan Rosembaun tuvo el suficiente arresto, genio y libertad para, dentro de la industria o sus bordes, revolucionar las teorías de lo políticamente correcto en Cine, el concepto de la puesta en escena, el corte y costura del diálogo (consigue algo parecido a la glorificación de la sinfonía de lo irrelevante), el manejo de los tiempos narrativos, la cadencia del tempo, la estrategia del movimiento dentro del cuadro y las tomas circulares -recordemos aquellas famosas gozadas visuales alrededor de la mesa de gángsteres donde los tipos duros de traje negro “deconstruían” el mensaje de Like a Virgin, de Madonna, como el relato de una nena al encuentro de un hombre con un pene gigantesco- o la elaboración del plano secuencia y su estirón al borde de increíbles megasecuencias mediante las noventeras Perros de reserva, Pulp Fiction o Jackie Brown, y ya entrado el siglo a través de ambos volúmenes de Kill Bill y su inefablemente sabrosa Bastardos sin gloria -ó Malditos bastardos, cual más se le conoce-, filme de 2009 en calidad de estreno a partir del jueves 28 de enero. Suerte de ucronía fílmica (reescritura apócrifa de acontecimientos históricos), dicho neowestern spaghetti en plan de comedia negra bélica -deudor argumental lejano de un filme del italiano Enzo G. Castellari que a su vez bebía del Aldrich de Doce al patíbulo y éste por su parte pese a su indudable valía superior de un precedente Corman- vendría a constituirse en lo que en lenguaje burdo llamaríamos una tremenda jodedera. Pero exquisitamente tramada. Un comando judío compuesto por hombres con el suficiente valor y la falta de escrúpulos como para partirle la cabeza a batazos a cualquier nazi representa el área vectora de personajes de un relato donde se cambia el final de la II Guerra Mundial, rondan los fantasmas hechos carne de Pabst, Riefenstahl, Lubitsch, Jennings y otros tantos hitos del cine alemán y demás al exudarse referencias al celuloide en cada fotograma -ha confesado su propio diseñador de producción David Wasco que “más del 90 por ciento de las imágenes están basadas en referencias a otras películas”-, un crítico de cine es un héroe de guerra (a diferencia de Shyamalan, quien en Lady in the water los humilló, el pillastre Tarantino se los gana), Brad Pitt hace el menos bradpitteano de sus papeles si nos olvidamos de El club de la pelea, para Fincher, y un relato sinuoso despliega innumerables líneas sin quedarse ninguna a medio camino.Los bastardos, o sea este batallón de perlas hebreas, junto a varios colaboradores, perpetra la Operación Kino (prueba de fe el mismo nombre de cuanto significa en su papel de libertad, transgresión e incluso cambio el séptimo arte para Quentin) para volar en pedazos al alto mando alemán en pleno durante la premiere en una sala parisina de un filme glorificador de las hazañas de cierto soldadito fascista. El cómo Tarantino arma, desarrolla y desembrolla tamaño enredo deviene la muestra indubitable de la pericia de este señor para narrar: cada giro tiene fundamento, cada línea acopla o conecta, logra hacerte creerte mentiras del tamaño del Everest. A lo largo de dos horas y medias de un mélange saboreado como mantequilla de maní, el maldito bribón le cambia los ingredientes conocidos al pan del cine nuestro de cada día, y dice en par de rollos de esta farsa fantástica dividida en cinco actos declaratorios de amor infinito al cine mucho más de las potencialidades políticas de este arte que filmes completos del movimiento de los ´70. También de sus reservas fabuladoras y argumentales, en tanto lenguaje conducente a realidades alternativas insospechadas. A todas luces, el único defecto del filme podría hallarse en su desmesura, en su inevitable destino hacia la incontención, pero es que es justo exactamente dentro de esos caminos del desafuero donde podrían emitirse las únicas coordenadas posibles mediante las cuales nosotros y el mismísimo Tarantino podríamos entender a cabalidad el gran operativo lúdico que éste se ha montado en la séptima y más abrazadoramente cinéfila de sus obras.
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