Hierro 3: Los silencios de Kim Ki-duk | 5 de Septiembre.
mié. Jul 17th, 2019

La obra de Kim Ki-duk, uno de los más conspicuos y legítimos representante del nuevo cine surcoreano -mal que le pese a quienes ya abjuraron de sí o a los críticos franceses, tan dados a descubrir autorías pero huraños increíblemente ante su obra-, abre brechas de insospechadas cuan luminosas aperturas hacia un universo de significados que apunta, en primer caso, a la extraordinaria complejidad de las relaciones humanas en la frialdad del mundo moderno.

Sus filmes angustian y apasionan, abruman de incógnitas y desbaratan falsas intuiciones, a través de relatos generadores a dos manos del estupor y la desazón que se agazapan en las capas de sentido de una poética salvajemente lírica y signada por la desconcertante ambigüedad que supone el establecimiento de una portentosa potencialidad dialogística por intermedio de historias donde prima el laconismo casi extremo de sus personajes. Como los callados protagonistas de Hierro 3, uno de sus trabajos más apasionantes recompensado en 2004 con el León de Plata en el Festival de Venecia, la Espiga de Oro en el de Valladolid y el Premio FIPRESCI al mejor filme del año en el planeta.

Los seres humanos que vertebran la trama nada coral de esta película, como la mayoría de las de Kim, no son reacios a la palabra por mera gratuidad del autor. Semejante desdén por darle trabajo a la lengua tiene una exégesis bisémica en su caso: el realizador está certificando su convicción de fe en torno a la maculación verborreica del sujeto contemporáneo a la belleza y las posibilidades del léxico; pero a la vez está potencializando como probablemente ningún otro creador de la actualidad la capacidad de la imagen cinematográfica per se, al tiempo que por la vía de un -a esta fecha- extraño mecanismo de asociación con antiquísimas certezas de distintas cosmogonías filosóficas y religiosas, se rinde a la majestuosa eficacia comunicacional del silencio en la transmisión de sentimientos e ideas.

La ausencia de voz de Hierro 3 se llena de parlanchines significados que dialogan en territorio del mutismo y se acentúan en la gradación de Kim de las pulsiones o tensiones de los personajes en sus escenarios de interacción, por lo general aquí reducidos, merced a situaciones donde determinado ademán o la angulación de cierta mirada se rentabilizan más por el director que las cien palabras disponibles de un parlamento cualquiera. (“Los gestos, sean buenos o malos, son más sinceros que las palabras. Escribo mis guiones con algunos diálogos, pero una vez que comienzo a filmarlos los voy eliminando. Eso permite que el público construya otros, propios, con su imaginación”, ha sostenido el director). Las imágenes de la cinta portan una inefable capacidad de acercamiento con el narratario, que entrega la información necesaria como para intentar (solo eso, absolutizar con el director de La isla resulta harto peligroso) comprender las difíciles psicologías de los personajes centrales.

Hierro 3 hace trabar contacto al espectador con las circunstancias de un curioso joven motorizado que se cuela en domicilios ajenos, vive de forma pasajera y sin interés que le exaspere fragmentos prestados de las existencias de sus dueños, pero sin llegar a una metamorfosis que los convierta mentalmente en ellos, aunque a veces les resuelva algún problemilla doméstico y todo. De eso no va su permanente itinerario interhogareño. El personaje no muestra sentido alguno del concepto de propiedad, mas no visto ello desde un irrespeto suyo de la ley a dicha institución, sino acaso desde el cuestionamiento al vacío de su mismo sustrato. Y es que esta obra, por arriba de otras viables interpretaciones, representa sutil parábola del realizador acerca del ansia desmedida de posesión de la especie en los días corrientes. Aunque sin llegar al anatema moralizador, porque tampoco de eso precisamente va completamente el largometraje.

Más que difuminar mensajes, a Kim le interesa que compartamos el destino de este personaje desde el momento en que conoce, durante una de sus inopinadas visitas, a la abusada compañera de un rico ejecutivo. Es en este instante cuando uno y otra se fundirán en una bella como curiosa relación, luego que el intruso deje tumbado en el piso al violento marido con las bolas de golf disparadas como bombas de cañón de fortín por el hierro 3, el muy poco usado palo de ese deporte que identifica al filme.

Cual resulta típico en el realizador de El arco, los objetos adquieren un poder simbológico y este palo pletórico de sugerencias, del que de aquí en más no se desprenderá el joven, será a la vez arma justiciera, instancia de compañía en un mundo sometido al aislamiento, e incluso inspiración de esperanza. Pero también causa de aferramiento, de dependencia, con lo cual Kim de alguna manera también habla del comprometimiento objetual del individuo en tanto fenómeno contemporáneo.

Es este un filme nutrido por un lirismo sublimado motivador de fortísima carga de evocaciones, que por fortuna se libra del afán poético a ultranza del cierre de El arco; y pese a su fluencia parsimoniosa, el tempo calmo y la jerarquía del detalle, no alcanza en ningún caso los excesos contemplativos de Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera. Aunque la coherencia no sea su fuerte, algún remache filosurrealista no quede bien cocinado o en lo personal me choque, y a veces el concepto visual hale más la cuerda del interés del director que la propia hilatura argumental, constituye una pieza básica para girar la llave y abrir la puerta hacia el universo del autor de Samaritan girl (Mejor Dirección en el Festival de Berlín de 2004): una filmografía que ha tenido en cuenta temas tan acuciantes como la crueldad y la violencia humanas, la prostitución, la soledad, las fútiles preconcepciones y las relaciones entre el sujeto y su entorno.

Hierro 3, filme de enigmática belleza de este surcoreano amante de Godard afincado en París hace años, es una obra de silencios y miradas de dos incomprendidos que defienden sus propios universos morales, como diría algún personaje de Woody Allen. El dolor, el amor y quizá su propia condición de outsiders identifica a nuestros Sun-hwa y Tae-suk en la contradictoria elocuencia lacónica con que esquirla los esquemas, minan los tópicos y fraguan su particular poesía de la vida.

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