Hay unos ancianos ojos que no se cansan de llorar

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La injusticia aún tiembla; mientras, de los ojos de Aida siguen brotando lágrimas./ Foto: Juan Carlos Dorado

Hace apenas unos días la vi recostada a un muro. Aún tiene la mirada triste y estruja entre sus manos el pañuelo que guarda —quién sabe cuántas— las lágrimas que le brotan en cada aniversario de la abominable explosión que le truncó la vida a su hijo. Le han encanecido sus sienes y las palabras le brotan cada vez más temblorosas, el andar es cada vez más lento.

Entonces pienso: ¿cuántos años tenía Eusebito cuando le arrebataron los anhelos? ¡Dos menos que mi hijo!  Con solo 25 (los cumpliría al día siguiente) se quedó sin sueños; dos fuertes sonidos, terribles, macabros… se los ahogaron.

Hace 41 años esperamos porque la justicia deje de temblar. De nada ha servido el llanto de todo un pueblo. De nada ha servido el llanto de la madre. De nada ha servido el reclamo mundial… Los asesinos andan, disfrutan, ríen y planean más actos de terrorismo contra nuestra isla, contra todo aquello que huela a cambio social, a democracia plena, a derechos para los humildes y más necesitados.

Aquel 6 de octubre de 1976, Aida Domínguez Veitía, progenitora de Eusebio Sánchez Domínguez —cienfueguero que se desempeñaba como sobrecargo de la nave—, y muchas otras madres cubanas se quedaron sin respuestas. Sus hijos queridos, sus hijos campeones no volvieron. Desaparecieron entre las aguas del mar, en el nefasto día, junto a otros inocentes pasajeros y la tripulación de la aeronave CU-455 de Cubana de Aviación.

Eusebio Sánchez Domínguez —cienfueguero que se desempeñaba como sobrecargo de la nave— no llegó a cumplir sus 25 años, le ahogaron sus sueños./ Foto: Archivo familiar

Eran 73 personas (57 cubanos, once guyaneses y cinco coreanos). El odio del imperio descargó toda su furia en ellos. La CIA dio la orden de hacer estallar en pleno vuelo un avión cubano. Y concibió y organizó la acción, la cual estuvo bajo el mando de los contrarrevolucionarios de origen cubano Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, alentados y sufragados por consecutivos gobiernos estadounidenses; y fue ejecutada por los mercenarios venezolanos Freddy Lugo y Hernán Ricardo.

En el corazón de Aida la imborrable cicatriz se hace más profunda, al recordar que ese fatídico miércoles ella se ocupaba de los preparativos del cumpleaños de Eusebio (el día 7), pues quería disfrutarlo con la familia. Pero no llegó. Se lo arrebataron en plena juventud, dejando huérfana a una pequeña de seis años y sin consuelo al resto de la familia.

La aeronave sobrevolaba las aguas de la isla de Barbados, regresaba a Cuba y se llevó con ella al mar las ilusiones de nuestros campeones panamericanos de Esgrima y la de otros jóvenes guyaneses, los cuales viajaban a Cuba para estudiar Medicina.

El luto ensombreció hogares; la indignación y el dolor desbordaron los límites. Fue un hecho sangriento, premeditado con toda la crueldad y la ojeriza, hasta entonces difíciles de concebir.  Por eso hoy, al rememorar el crimen de Barbados, el homenaje se multiplica, porque la injusticia continúa a pesar de que los ancianos ojos de Aida nunca se cansan de llorar.

2 Comentarios

    • Buenos días Wendy. Es cierto, una triste historia que enlutó muchos hogares cubanos; mientras, como el mundo sabe, los asesinos, los criminales, los terroristas, se parangoneaban del hecho y vivieron muy tranquilos en los Estados Unidos, planeando nuevos actos contra Cuba y el resto del planeta, sobre todo, contra aquellos que pensaran en el bien de la humanidad. Aún esperamos por la justicia plena, para que deje temblar. Así lo exige este pueblo enérgico y viril que lleva años llorando junto a Aida.

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