Hancock: Superhéroe electoral

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Fue 2008 año de elecciones en Norteamérica, el mundo del espectáculo allí en buena parte, al menos de boca para afuera, dice repudiar el extremismo republicano y propala sus filias demócratas. El legendario Larry Flynt estrena a la sazón la sonada sátira porno sobre la puritana con pinta de portada de Hustler Sarah Palin (¿Quién se está tirando a Paylin?), y Peter Berg (el autor de una de las comedias más ácidamente negras de los ’90: la sabrosísima Malos pensamientos, también el padre de ese disgusto probélico llamado El reino) se pasa por las axilas el canon y la ortodoxia en el diseño tradicional del superhéroe fílmico al sacarnos en su Hancock -sin referente directo en la galaxia de las viñetas- a uno tan singular en sus métodos como en la pigmentación oscura de su piel, a la guisa de Obama.

Y, a la usanza del nieto de nieto de kenyano que pujaba por la Casa Blanca, tan en apariencias a contracorriente del modelo del líder político imperial, el nuevo prodigio de Hollywood presumiblemente no observa la línea de todos los -Man predecesores. Pero a la larga entra en caja, tomado de la mano del personaje del asesor (los Karl Rove desfacedores de entuertos de siempre, más allá del partido que fuere) quien lo lleva por el camino de sus hermanitos. Si no estuviera tan mal cosida y llena de trompicones en su concepción dramatúrgica (buenos o regulares directores como Michael Mann, Jonathan Mostow o Gabrielle Muccino se mandaron a correr cuando leyeron el guión), se hubiese valorado más como parte de un todo su advertencia política en torno a las mutaciones de los presidenciables de ensueño al tomar el cetro, pese a la ambigüedad de sus códigos. Si bien solo se queda en laxa sombra de jab naufragada entre la parodia del subgénero de superhéroes y fintazos dramáticos sin blanco estratégico que ni fu ni fa. Así y todo, este bicho raro de Hancock boceteó un camino, con cierta tendencia a seguirse, en la revisión/reinvención del superhéroe.

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