Guillermón Moncada

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El Mayor General de las tres guerras por la independencia de Cuba se destacó por su posición radical y de principios e intransigencia revolucionaria frente a los sucesos que condujeron al Pacto del Zanjón./Foto: Granma

El 25 de junio de 1848 nació en Santiago de Cuba, Guillermo Moncada. Sólo llevó el apellido de su madre, Dominga de la Trinidad Moncada y de ella heredó bondad y valentía, por eso es uno de nuestros más insignes libertadores. Su padre era un negro esclavo llamado Narciso que no pudo reconocerlo, por las cosas absurdas de aquella sociedad que nos impusieron. 

El sobrenombre de “Guillermón” fue acaso por su alta estatura y complexión, pero sobre todo por su valor. Desde el comienzo de la Guerra de los Diez Años, a la que se incorporó entre los primeros, junto a Carlos Manuel de Céspedes, se destacó por su valiente temeridad y coraje analítico, no eran “locuras” sino arrebato espontáneo, bien meditado y ejecutado, así fue siempre en la pelea contra los colonialistas hispanos.

De joven tuvo como oficio el de aserrador y carpintero, y cursó los primeros niveles de la educación primaria, al iniciarse como combatiente llegó a dominar el arte del machete como arma de guerra y fue excelente espadachín, al punto de que cruzó armas y venció siempre a esgrimistas, jefes militares españoles, de rango que se le enfrentaron en el campo de batalla.

Hay otra anécdota al respecto. Se encontraba por Guantánamo y por allí merodeaba con una guerrilla de voluntarios españoles, el cubano Miguel Pérez y Céspedes que cometía asesinatos y abusos por la zona, y Guillermón lo persiguió. Un día éste recibió una nota del bandido en que lo retaba, decía:

“Mambí: no está lejos el día en que pueda, en el campo de la lucha, bañado por tu sangre, izar la bandera española sobre las trizas de la bandera cubana”.   Guillermón entonces escribió al dorso de ese mensaje:  “Enemigo:  Para dicha mia se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada, pero te prometo que mi brazo de negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria.  Siento que un hermano extraviado me brinde la oportunidad de quitar el filo de mi machete, mas, por que Cuba sea libre hasta el mismo mal es bien.  Guillermón”.  Y le envió el mensaje.

Días después, efectivamente se encontraron en el campo de batalla, en unos cafetales guantanameros. En la feroz lucha cuerpo a cuerpo, cayó Miguel Pérez, y las insignias militares de este terrible guerrillero pro-hispano las envió Moncada al Generalísimo.

Máximo Gómez lo quilató desde temprano y él tan parco, escribió sobre Moncada: “Este Guillermón vale mucho y es muy valiente, tiene dotes de mando y gran habilidad estratégica, es un hombre que promete y si no lo matan va a llegar muy alto”. Y efectivamente, llegó a Mayor General del Ejército Libertador.

Moncada estuvo junto a Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá, participó luego en la Guerra Chiquita, y al fracaso de ésta sufrió prisión y destierro a España donde permaneció en pésimas condiciones de vida y penurias, aunque nada pudo doblegar su grandeza moral y disposición de darlo todo por la libertad de la Patria.

Pasó a Nueva York y allí Moncada colaboró con José Martí en la preparación del estallido del 24 de febrero de 1895, y Guillermón fue designado Jefe del Departamento Oriental y dirigió las acciones de armas de Alto Songo y de Santiago de Cuba. Pero no pudo ver el final de la Guerra de Independencia.  Enfermo de tuberculosis pulmonar adquirida en las prisiones españolas, descuidada la enfermedad por los avatares de la guerra, falleció el 5 de abril de 1895 en su campamento mambí, rodeado del carió y admiración de su tropa, en la jurisdicción de su querido Santiago.

En la República nacida en 1902, aunque mutilada por la injerencia de Estados Unidos, el principal cuartel santiaguero recibió su nombre. Nuevamente en 1953 se encendió en ese lugar la nueva llama de la guerra liberadora, continuación de la anterior, que nos trajo el Socialismo a la patria necesitada de aires de libertad e independencia no logrados realmente con la República mutilada.  Era la llama de la rebeldía continuadora de 1868 y 1895. Fidel Castro encendió allí el motor pequeño que debía arrancar el motor grande de la revolución popular.

Era la manera más fecunda de ver cabalgar nuevamente, machete en alto, la figura enérgica y grande de Guillermón Moncada. Era la manera de revivir aquella gloria mambisa, de traerla a la lucha del presente para completar la obra suprema.

Así Guillermón Moncada estuvo también presente en la Revolución que comenzó el 26 de julio, presente en la realidad actual, en los esfuerzos cotidianos por alcanzar el Socialismo cubano sostenible que necesitamos. Una decisión que a todos atañe y de todos necesita.

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