Greta Garbo: el envés de “La Esfinge”

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Con la Garbo, como con casi todos los íconos, existen frases preestablecidas, apelaciones prefabricadas, conceptos sentados a fuerza de repetirse por décadas en libros y periódicos. Lugares comunes que definen perfiles humanos y los sellan en el imaginario popular, más casi por costumbre que por realidades conducentes a ello.

De cada cien materiales sobre Greta, 99 acuden a “Quiero estar sola”, la celebérrima frase que pronunciara la intérprete en Grand Hotel, con el propósito de graficar el decurso mustio de la existencia de “la Esfinge”, “la Divina”, “la Única”, por siempre -a juicio de esos mismos textos-, “triste, lánguida, exangüe, pusilánime, vaciada existencialmente, retirada del mundo”, tras el fracaso en su filme postrero -la comedia La mujer de las dos caras, de 1941-, y las muertes de Mauritz Stiller y John Gilbert, los dos grandes amores conocidos de una mujer que, para ser tan bella y poseer aquella aura de diosa, nunca tuvo tantos en verdad.

Si bien es cierto que, por deseo propio, la protagonista de Mata Hari y La reina Cristina, se retiró de la vida mundana y prefirió apartarse del contacto social durante buena parte de su vida, tampoco lo hizo animada a encerrarse a llorar en una habitación a oscuras, en medio de muebles cubiertos con sábanas y telarañas en las esquinas de las paredes.

Siempre a su disposición un buen fajo de billetes, si se tiene en cuenta que cobraba la para la época elevada cifra de 300 mil dólares por películas y que incrementó notablemente su fortuna al saber emplear muy bien ese dinero conseguido en el cine en distintas inversiones, la actriz que sedujo al mundo en El demonio y la carne, María Waleska o Ana Karenina, al dar por terminada prontamente su carrera a los 36 años, no se hizo a morir y soslayó todos los placeres terrenales conocidos, tal cual reza la consabida muletilla.

Al contrario, usó su dinero, y si bien no puede decirse en propiedad que gozó la vida de un modo hedonista ni mucho menos epicúreo, tampoco la despreció ni renunció a estrategias personales de divertirse y pasarla bien en el inmenso apartamento de Manhattan donde pasó sus últimas cuatro décadas, rodeada de obras de arte famosas, lujos y todos los gustos de los cuales no se quiso privar.

A su muerte, en 1990, fuentes familiarizadas con la cotidianidad de la diva, revelaron que vivía dentro de su mansión con todo el desenfado posible. Ni andaba entre sombras, a lo Drácula, ni gemía como La dama de las camelias, personaje que interpretara en el filme homónimo de George Cukor.

Veía buenas películas, se alimentaba con lo mejor de los mercados neoyorkinos y cada tarde, después de las siete, vaciaba media botella de whisky o vodka -según tuviera la vena-, acompañada de unos tan exclusivos como apetecibles cigarrillos británicos.

Cuando salía a las calles, enfundada en vestido y gafas negras, junto a su habitual bastón, era dada a pasarse ratos semiinadvertida frente a los escaparates observando lo último del mercado. En casa, solía comentar lo visto con fruición, en los encuentros con sus contados amigos, en veladas donde la anfitriona impedía el aburrimiento de sus invitados del modo menos sospechado.

La escandinava no tenía nada de nórdica en el trato con aquellos pocos elegidos (Clare Kojer, su ayudante personal; su sobrina Grae Resfield, la única pariente viva; el médico de la familia; la compañera de set Ruth Gordon y algunos otros eventuales), a los que no daba espacio para cerrar sus mandíbulas, mediante el tropel de chistes que les disparaba.

“Contarlos -refirió su eterna amiga Mimi Pollak, al morir la Garbo en abril de 1990, a una periodista de la agencia AP en abril de 1990, en entrevista reproducida por el diario mexicano Excelsior-, era su mayor disfrute”.

Esa misma compañera sostuvo en idéntico material que “Greta era una mujer ingeniosa a la que le gustaba reírse”. Y atribuyó su huída de la pantalla al hecho que su amiga “siempre quiso ser una gran comediante, y como los críticos la pulverizaron por su rol en su única comedia, La mujer de la dos caras, después de eso ya no quiso seguir”.

Le asistía la razón en algo a la Pollak. Los críticos, esos mismos que antes fungieran como los San Pedro que le abrieron el paraíso cinemático, fueron muy duros con G.G esa ocasión; por citar un ejemplo, el especialista de la revista Time dijo de su actuación: “Su penoso efecto no es distinto al de ver a Sarah Bernhardt aporreada con una botella. Es casi tan repugnante como ver borracha a la madre de uno”.

Sin embargo, se equivocaba en un detalle la amiga de toda la vida. La Garbo ya había incursionado en el género con anterioridad. Y nada menos que de la mano de uno de los maestros de la historia de la comedia, Ernst Lubitsch, quien la dirigió en Ninotchka, de 1939. Prueba histriónica y reto intelectual ante los cuales la sueca salió airosa.

A resultas de lo que debe colegirse que el interés por el humor de lejos venía en una dama que “era graciosa, amable y quien de ninguna manera daba la impresión de ser una ermitaña misteriosa”, según expresara a raíz de su muerte al rotativo Dagens Nyheter, el entonces embajador de Estocolmo en los Estados Unidos, Wilhem Wachsmeister.

Ya algo de ello había referido John Bainbridge en su biografía titulada Garbo, e incluso la propia intérprete en el esbozo autobiográfico que acometiera contra lo por muchos esperado. Sin embargo, jamás el mundo exterior identificó su divismo con nada parecido a la hilaridad.

Siempre fue, y creo que seguirá siéndolo en el tiempo, el mito devorado por tintas empecinadas en llover sobre lo mojado de su impronta de misterio y enigma, retraimiento y pesar.

Solía decir Änais Nim que “no vemos las cosas como lo que son, sino como lo que somos”. Después de todo, resulta difícil de comprender, según el común pensar de los humanos, estas actitudes cerradas, de autorrefugio, similares a la observada por la Garbo, e incomprendidas por tantos.

Nadie, o casi nadie, pudo entender hasta hoy que el suyo fue un modo, un estilo de vida adoptado por propia decisión. Ella lo quiso así, pero al menos queda el sosiego de conocer, que en medio de su parcial soledad, amó la vida, rió e hizo reír. La Esfinge también sabía enseñar los dientes.

2 Comentarios

  1. Muy buena crónica, o reseña-crónica sobre la garbosa Garbo… La verdad ni ella ni la Dietrich me dan ni fu ni fa, quizás mi sensibilidad postmoderna y casi millenial me impida ver en ellas íconos, que lo son, o grandes actrices, que creo nunca lo fueron. Del cine clásico hollywoodense me gustan mucho Ingrid Bergman por su gran talento y belleza medio masculina, como tantas mujeres nórdicas, y Audrey Hepburn por su infinita gracia y también por la calidad actoral.

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