Genocidio en Hiroshima y Nagasaki

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Fue un acto genocida.

Eran las 8:14 de la mañana de aquel lunes 6 de agosto de 1945 en la ciudad japonesa de Hiroshima. Una emisora radial local anunciaba el pronóstico de temperaturas: “Serán frescas para este día”…

A las 8:15 am,  la temperatura subió a 4 mil grados centígrados y se sintió un olor como el de un gigantesco corto-circuito.   En ese minuto perecieron carbonizados inmediatamente 129 mil 558 personas.  Fueron más afortunadas que los cientos de miles más que perecieron días y meses después, en agonía, y que los miles que nacieron deformes aún años más tarde.

¿Qué había sucedido?

Hiroshima había recibido, un día como hoy, el impacto de la primera bomba atómica lanzada por Estados Unidos cuando ya la Segunda Guerra Mundial había acabado, la Alemania hitleriana y la Italia fascista se habían rendido y el Japón militarista  estaba ofreciendo la rendición incondicional ante las fuerzas aliadas de las que Estados Unidos formaba parte.

Ese amanecer, cuando los habitantes de Hiroshima vieron aquel avión B-29 solitario aproximarse, no le prestaron mayor atención, acostumbrados como estaban a las oleadas de bombarderos que lanzaban miles de bombas sobre el territorio. A una altura de 9 mil 300 metros se desprendió de aquel avión solitario un paracaídas en el que se balanceaba un objeto negro, más bien pequeño, que fue llamado por sus creadores norteamericanos “Little Boy” (“Muchachito”). Cuarenta y tres segundos más tarde, a una altura de 550 metros de la tierra, estalló y una luz lacerante, de intensidad jamás vista, precedió a un silencio fugaz y enseguida una aterradora explosión se tragó virtualmente a la urbe pacífica, donde solo vivían familias civiles, y no había ningún objetivo militar cercano, quedó convertido en amasijo de escombros y fuego.

Contaron luego los tripulantes de aquel avión B-29 norteamericano llamado “Enola Gay” que cuando miraron a tierra el 60 por ciento de los edificios y viviendas habían desaparecido  (realmente fue el 68 por ciento) y que prácticamente todo quedó calcinado en aquella urbe de 400 mil habitantes.

Un poco después comenzó a llover cenizas y gotas de lluvia de un centímetro de ancho,  que no lograba disipar el polvo radiactivo que mataba todo lo vivo que tocaba. Los moribundos eran colgajos de piel ennegrecida, tambaleantes, que se movían ciegos unos pasos por las inmediaciones antes de caer al suelo. Así era en muchos kilómetros a la redonda. Eran los efectos colaterales, contado en apretadísima síntesis para no describir tan macabras escenas de la primera bomba atómica del mundo lanzada cuando realmente era innecesario, porque Japón había comenzado las acciones para la capitulación.

No obstante lo que acabamos de describir, tres días después, el 9 de agosto, se repetían estas escenas en la segunda ciudad, en Nagazaki,  que no fue la escogida originalmente, pero que por efectos climáticos, la que estaba destinada no ofrecía visibilidad al avión norteamericano y el Alto Mando decidió la segunda variante. En Nagazaki, la ciudad del Plan B yanqui, habitaban sobre todo ancianas y ancianos, niños y mujeres, porque los hombres estaban todos en los frentes de combate.

Fue una segunda masacre, otro acto terrorista. Genocida. Pero era “necesario” para mostrar al mundo que Estados Unidos poseía el arma más terrible del universo y estaba dispuesto a usarla contra sus enemigos. Se conoce que algunos altos militares norteamericanos opinaron: “Hemos descendido al nivel ético de los bárbaros de la Edad Media”…

En verdad continuaron  descendiendo: en Pakistan, Afganistan, Siria, Irak… y en cualesquiera otros “oscuros lugares del planeta”… según las amenazas del Presidente Bush entonces. Se repitieron horrores semejantes, sin usar aquellas bombas.

Por eso los hombres justos y humanos de la Tierra, deben unirse para detener el dedo puesto sobre el gatillo de “personas” capaces de reeditar los capítulos más salvajes de la historia de la humanidad.

En Japón existe una tradición que cuenta que el niño o la niña que haga mil cigüeñas de papel tendrán una vida larga y feliz.

Sudako Sasaki era una niña japonesa que sobrevivió milagrosamente a aquel bombardeo atómico, pero quedó padeciendo de leucemia por las radiaciones a que se vio sometida.   Conociendo aquella tradición, con sus deditos inflamados y adoloridos, doblaba y doblaba hojas de papel para construir mil cigüeñas salvadoras. Logró 964. Sus amigas y amigos pusieron sobre su féretro las 36 que le faltaron. Iban mojadas de lágrimas. Desde entonces la tradición creció y actualmente, muchos años después, cada 6 y 9 de agosto, los vecinos actuales de Hiroshima y Nagazaki depositan miles de cigüeñas de papel sobre las tumbas de las víctimas del genocidio.  Pero también debemos, los pueblos de todo el mundo, luchar, de muchas maneras diferentes, para que no existan más niñas y niños que sufran semejantes experiencias.

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