“Ganadores”

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Era el norteamericano-puertorriqueño-colombiano Nicky Jam (Boston, 1981) uno de los escasos representantes del género urbano que concitaban cierta simpatía en el columnista, grosso modo debido al alejamiento prudencial que sus letras hacían de las ofensas verbales a la mujer; así como a su proyección escénica, timbre vocal y a algunos duetos de mediana calidad en la vertiente, a la manera de El perdón, junto a Enrique Iglesias.

Acabo de escuchar los ¡26! cortes del álbum Fénix (2017), el cual Nicky acaba de publicar y que ni el espacio ni el molde de la sección permiten reseñar. Solo aludir a una canción, la cual sospecho va a ser la promocionada y mejor situada en listas: El ganador, track 1 del disco. No hay redención para la mayoría de los exponentes de la expresión musical, ni siquiera para cantantes como este, ubicado en los bordes menos agresivos. El video clip acompañante del tema es aciago. Rompe así, con la misma cantinela de casi todos los reguetoneros, de que eran de la calle, que lo suyo fue muy duro y que se levantaron como los grandes bárbaros que son, bla, bla, bla: ” (…) mi niñez no fue fácil, hubieron -la corrupción del verbo haber habla de la escasa cultura de Jam- muchos problemas (…)”. Luego, salta al título, fílmicos como todos los del realizador Jessy Terrero: “El ganador”, y a seguidas Nicky, rodeado de una hilera de autos de lujo de su propiedad, comienza a ladrar, perdón, cantar: “Parece un sueño, un lambo (esto es el apócope del gremio para designar al Lamborghini, tan caro como el Maserati que Residente destruyó en el video Adentro, en señal de repudio a la ostentación, la soberbia y el materialismo extremo de estos sujetos) y un Grammy, cinco casas en Colombia, otra más en PR (Puerto Rico) y tengo mansión en Miami -aquí se registra una toma aérea del fastuoso inmueble en La Florida, donde además posee un estudio de grabaciones- (…) ahora me llaman, me tiran (…) toditas las mamis, me siento el mejor, en esto un experto (…)”. A lo largo del video se procura una continua alusión visual a la riqueza monetaria suya y sus posesiones, entre las que se incluye el irrenunciable harem de mujeres en los condominios. Más tarde, Nicky comete el irrespeto o ignorancia de justificar su imaginada victoria en Dios, lo cual habla de su absoluto desconocimiento de la razón cristiana.

El Jam se ha puesto al bajo nivel de todos los demás, de su mentor Daddy Yankee, de los puertorriqueños, dominicanos, cubanos y colombianos que convirtieron al reguetón -un género cuya salida a escena era portadora de ciertas reminiscencias de la base social del hip hop norteamericano, algo de forma muy rauda evaporado- en esa sentina de antivalores que trastocan los puntos cardinales del éxito en el ser humano, al asociar inexorablemente a “triunfar” con tener mucho dinero, muchos carros, muchas cadenas y muchas mujeres en bikini a su servicio sexual.

Ganar no tiene nada que ver con eso. Que el dinero no es importante es un cuento de hadas que hace muchos años dejó de funcionar; pero que una vida sea destinada íntegramente a conseguirlo para mostrarlo en señal de ser un “ganador” es una mentira mucho más peligrosa, dolorosa. Pura niebla.

El único ganador en la vida será -con independencia de si tiene ninguna, poca o cierta plata en su bolsillo-, el ser humano cuyas virtudes morales le impidan torcer un camino de afirmación en sus principios; en su fe, el amor a su pareja y a su familia; en su respeto por los conceptos éticos esenciales cuya carencia desenfocaría cualquiera de los objetivos loables propuestos.

La filosofía que vincula al “ganador” solo con la buena fortuna en el plano material esquiva una parte medular del ser humano: lo relativo al espíritu y los sentimientos. Esa división en parcelas constituye una de las divisas angulares de un decálogo capitalista que, asido a inherente argot competitivo, divide a las personas en razón de su plata, origen, extracción social. Lamentablemente, brazos ideológicos de esas viejas tablas de la ley del sistema se están alargando hoy día en Cuba de forma cada vez más ostensible.

En este punto, pues, deben tenerse claros los juicios: el buen ser humano (no hay ganadores ni perdedores) es el hombre o la mujer que cree en la grandeza de la vida, la nobleza del alma, el respeto al prójimo. Que disponga de cuatro pesos en el bolsillo para conducir su proyecto vital de una forma más digna no riñe con lo anterior. Eso tampoco es malo. Sí lo es, por el contrario, la única adoración al dios Dinero; el desprecio a los semejantes; la muerte del espíritu entre cuatro cadenas de oro que sobrevivirán por mucho a una existencia de carácter perecedero a la cual se llega desprovisto de nada y así se despide.

2 Comentarios

  1. Delvis: tus lecturas del fenómeno son muy lúcidas e iluminan el escenario de interpretación de estos, por lo cual te agradezco mucho tus comentarios. Gracias, el autor.

  2. Además del tópico de dinero que aborda el periodista y que de algún modo está bastante relacionado es la llamada “autoafirmación” o “autoconfirmación” de estas figuras.
    Muy pocos exponentes del reguetón, tanto del patio como en el ámbito foráneo escapan a ese estigma. No lo sé, tal vez sería tema para un análisis más riguroso, pero creo que va con el propio desenvolvimiento del género: el carácter efímero de los temas (un día está de moda un track y al otro ya está obsoleto) Tal vez sea esa la razón para que los propios artífices del reguetón en el mundo se “autoafirmen” y se realicen mercadotecnia ellos mismos, dentro de sus mismos productos y videos musicales. O quién sabe si es un asunto más sicológico: tienen la autoestima tan baja que necesitan reafirmarse en su “arte” de un modo tan agresivo y atropellado, sin que interese mucho el daño que ocasione a su imagen pública.
    Casi todos se deslizan por el mismo tobogán, en Cuba, sobran los ejemplos, y en el extranjero, también: puedo comenzar con Pitbull y su archiconocido “Mr Worldwide” y teminar con J Balvin o J Álvarez. Este último, dicho sea de paso, posee una “canción” que para mí, es el punto máximo de la exasperación en este sentido: ignoro el título, pero prometo buscarlo y compartirlo con ustedes.
    Y si vamos un poco más allá, me lanzaría a decir que nuestro presente; presente caracterizado por un marcado individualismo, es el trampolín ideal para que se desarrolle aun más este problema de los reguetoneros y que, no dude usted, pueda resultar contagioso.

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