Fue el dolor de Sorrentino

El conocimiento es dolor, advertía Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, y del dolor, en función de crear, le habla el director napolitano Antonio Capuano a Fabietto, el alter ego adolescente-juvenil del oriundo de la misma ciudad realizador Paolo Sorrentino durante determinado momento de la trama de su autobiográfica y querible Fue la mano de Dios (2021).

En esa elocuente secuencia del minuto 111 de esta película –la cual por su frontalidad y maneras transparentes de descubrirse pareciera reeditar, salvando las distancias, la experiencia atípica de cuanto fuese para David Lynch su Una historia sencilla–, el primero le comparte e inquiere al futuro realizador de La gran belleza:

-Para hacer cine debes tener pelotas ¿Tienes pelotas?

-Lo dudo mucho, le responde el muchacho.

-Entonces necesitas dolor ¿Tienes dolor?

-Sí, ya se lo conté. Por ese lado estoy bien.

-¿Qué me contaste? ¿Un dolor? No, tú no tienes dolor. Tienes esperanza. Con esperanza haces películas reconfortantes, es una trampa.

-Me dejaron solo, eso es dolor (…).

Entre otras tantas razones, una enfermedad, el tropezón menos sospechado en la marcha de la vida, o la pérdida de los seres realmente queridos —cual le sucedió a Sorrentino con sus padres a la edad descrita en el filme—, crea tal dolor interno que, al tiempo que devora, genera y permite espolvorear, en determinadas ocasiones, la llama creativa que a ciertos creadores literarios o cinematográficos les levanta una obra capaz de abrevar, de esa cuita, el venero irrigador de singulares universos autorales.

A través del cine de Sorrentino subsiste, además de otros rastros, un poso de dolor que se mixtura con la energía lúdica del mejor cine italiano. Y así, también, sucede en su sinfonía emocional Fue la mano de Dios, película agridulce, más dulce e hilarante en la primera mitad, antes del cisma personal del personaje protagónico; más dura durante la segunda hora.

Hay experiencias fílmicas que permiten palpar, escuchar, oler, junto a su autor, épocas, memorias, sentimientos, ánimos, fragmentos de vida, inexcusablemente vinculados todos de una u otra forma al dolor, a la manera del Amarcord de Fellini, la Fanny y Alexander de Bergman o esta Fue la mano de Dios de Sorrentino, pero a la vez a la ternura, el candor, los sueños, el amor visto en un sentido total. Rato hacía que el cine no definía películas así (lo más parecido en territorio próximo, acaso, ha sido la Roma de Cuarón, en 2018) y el director peninsular nos regala ahora una propuesta que, reflejo de la existencia, la suya y de cualquier existencia, rezuma las esencias desde donde parten las vías que escogimos. Siempre, pese a todo, nos reafirma Sorrentino, será crucial la voluntad de imponer el deseo para conseguir cuanto queremos.

En Fue la mano de Dios se cruzan los mejores días del autor, que como los de tantos fueron los de la primera recta de la vida, con la llegada al club futbolístico de Nápoles del jugador argentino Diego Maradona, la real incidencia de un partido del astro en la vida, literalmente la vida, de Fabietto/Paolo, esas construcciones (eróticas, icónicas, volitivas, oníricas) que singularizan los recuerdos individuales de un pasado teñido por la nostalgia que le imprime evocarlo al cabo de las décadas…

A los 51 años de Sorrentino, este comentarista, con su misma edad, le comprende tanto, que, confiesa, ha llorado de amor al cine y reído de amor al cine, gracias a su largometraje. Como Fellini, Almodóvar o todos los grandes arquitectos fílmicos que existen, el a veces subestimado director, atento al dibujo general y al detalle, va dejando migas, marcas autorales pequeñas pero grandes por el camino-metraje de una película que, en el encuentro surrealista de la deseada tía Patricia (esa hembra italiana clásica a quien el firmante de Juventud suele rendirle la debida pleitesía visual en su cine) con San Genaro y el monjecito, la hermana Daniela que nunca sale del baño o la fellinesco/buñueliana anciana con el superchocho que refocilaba a Atiliucho puntean signos indelebles que la hacen más sorrentiniana y entrañable.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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