Fidel, cuentas sin punto final

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1983: El pueblo cienfueguero se congregó en El Prado para saludar la visita del presidente de Polonia, general Wojciech Jaruzelski. /Foto: Centro de documentación
1983: El pueblo cienfueguero se congregó en El Prado para saludar la visita del presidente de Polonia, general Wojciech Jaruzelski. /Foto: Centro de documentación

No todos tienen la misma estrella, la de nuestro Comandante de pueblo, fue la sabiduría proclive al razonamiento instantáneo, esa que no sospecharían ni los cedros de Birán y tuve el privilegio de constatar.

Mis primeras impresiones de contactos personales con la figura de Fidel, se remontan a la década de 1970, cuando allá en la Escuela Vocacional Gustavo Machín, de Yaguaramas, la diana sonaba mucho antes del crepúsculo, pues el alumnado viajaría hasta Cienfuegos para ser parte del cordón humano que escoltaba visitas presidenciales. Lo veía de lejos y aún en el candor de adolescencia sabía reconocer que palpaba la historia viva.

Pero el tope con su inteligencia a prueba de leyendas magnificadas ocurrió en 1986, cuando cubrí como periodista su recorrido por Cienfuegos, con el entonces presidente de Ecuador León Febres Cordero. Fue allí, en los cimientos del reactor de la Central Electronuclear, donde palpé por vez primera una anécdota reveladora de su inteligencia, más astuta que la de cualquier estadista.

Quizás por la tensión del momento el ingeniero jefe tuvo un lapso con la cifra referente a los metros cúbicos de tierra movidos en la obra y la mente audaz del Comandante lanzó la pregunta de análisis simultáneo ¿Dónde está tu aritmética, eso no da? Y seguidamente la rectificación del orador en ascuas, las disculpas.

En 1999 transcurrían las sesiones del histórico Séptimo Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, un directivo del Ministerio de Comunicaciones hablaba de recaudos en llamadas internacionales y la veloz sapiencia del Jefe de la Revolución interrumpió con la misma rapidez: “…Esa cifra que me das es imposible, la cuenta no da”.

Estupefacción en tiempos de nuevas tecnologías, el aludido pudo sacar su laptop, hacer cálculos, pero otra vez al veterano líder le asistía la razón, de inmediato la retractación del interlocutor: “Es verdad Comandante, yo lo estaba diciendo mal”.

A título personal pude considerarlo un mito viviente, entre todos los que he conocido, es el hombre de todos los tiempos, aún después de 2006 cuando dio a conocer su Proclama al pueblo de Cuba. No podía faltar a su sinceridad sin límites, otra prueba de lealtad irrumpía en los televisores de cada hogar.

Las sabias despedidas no significaron retiradas, vísperas de los noventa años escribió iluminadoras “Reflexiones” sin punto final.

La historia no equivoca sus cuentas, dicen que hombres como él nacen cada cien años, por siempre Fidel caminará junto a José Martí y Simón Bolívar, se une a quienes trascienden porque sobrepuestos a dislates se acogieron a la utopía del humanismo para alumbrar el sendero de progreso.

Y aquí está su pueblo asido a la esperanza de que perdurará su legado porque no es azar su existencia a prueba de denuestos, obcecado por el sueño de mejorar un mundo que lo reconoce portentoso.

Refulge su obra de raigambre profunda y hoy más que nunca un tropel reverente eterniza su saga de magnanimidad y amor.

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