Federico y el tatuaje del olvido | 5 de Septiembre.
lun. Jun 17th, 2019

Federico y el tatuaje del olvido

Hay quienes nacen con el signo del olvido tatuado en la frente, si no lo creen fíjense en Federico. No el andaluz poeta universal fusilado que monopoliza el nombre, estoy pensando en el ingeniero, pintor, general y también fusilado.

Federico Fernández Cavada y Howard terminó sus días ante un pelotón de fusilamiento español en Nuevitas, actual Camagüey, la mañana del primero de julio de 1871, una semana exacta antes de cumplirse 40 años de su llegada al mundo en la casa familiar de la cienfueguera calle de San Fernando, entre Gacel y Hourrutinier.

Fuerzas colonialistas de la cañonera Vigía o del guardacostas Neptuno, lo mismo da, lo habían capturado la víspera en Cayo Cruz, cuando acorralado por el asma, herido en una pierna y por las circunstancias, intentaba salir hacia los Estados Unidos en cumplimiento de una misión de la República de Cuba en Armas, presidida por Carlos Manuel de Céspedes, el primer padre fundador.

Cuando expuso el pecho a las balas y prescindió de la venda en los ojos —al menos sus captores tuvieron ese gesto de hidalguía militar— y articuló sus últimas cuatro palabras: Adiós Cuba, hasta siempre; ostentaba el grado de mayor general y Jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador, al cual accedió el 4 de abril de 1870 en sustitución del sudista estadounidense Thomas Jordan, quien había dimitido en febrero.

Este no es el espacio para hacer la biografía de quien no parece rebasar el cliché nominal de General Candela, solo una burbuja de memoria para empezar a rescatarlo de la omisión que comenzó a echar raíces apenas estrenada la República en 1902.

Los dedos de una mano bastan para citar los jefes supremos del ejercito mambí y de ellos dos eran cubanos de nacimiento, Manuel de Quesada y Loynaz y Federico Fernández Cavada.

¿Alguien puede imaginar a la ciudad de Camagüey sin su monumento al Mayor Ignacio Agramonte, una leyenda guerrera que hasta les dio el gentilicio a los habitantes de aquella llanura? ¿A Holguín sin sus piedras de gloria a Calixto, el general que se grabó con bala en la frente la estrella del honor? Y por el estilo Céspedes es sinónimo patriótico de Bayamo, Vicente García de Las Tunas, Periquito Pérez de Guantánamo, Serafín Sánchez de Sancti Spíritus, y a falta de un general Santa Clara eternizó en su plaza principal al coronel Leoncio Vidal Caro.

Cienfuegos fue (y sigue siendo) rácano con su gran paladín mambí. Tras dedicarle al Apóstol la antigua Plaza de Armas, cuando en la segunda década republicana trazó su otro parque grande en el nacimiento de la Calzada de Dolores (que intentaron sin éxito fuera de Máximo Gómez), lo consagró al joven coronel tribuno habanero Enrique Villuendas. También quedó en el reparto Laredo el proyecto trunco de homenaje paisajístico al coronel Juan José Campillo.

En su ciudad el único elemento físico que marca la existencia de Federico el nuestro es una borrosa tarja marmórea en la coqueta casa solariega de los Fernández Cavada, donde estuvo la construcción original que cobijó la cuna de los tres hijos del rebelde cántabro Isidoro y Emily, la filadelfiana de origen francés con tintes del antiguo Saint Domingue. Pero para el común de los mortales aquella vivienda no deja de ser el restaurante La Verja.

El otro hito rememorativo en el territorio data de principios de 1974 cuando el nombre del general masón sirvió para bautizar una ESBEC en la zona de Mijalito, Yaguaramas, plantel que hace años dejó de tener su valor de uso original.

Quizá habría que mencionar algunas ediciones de un salón de artes plásticas dedicado al autor de los paisajes ocres del río San Juan, cuyas aguas turbias bajan del Guamuhaya para motear el azul del Caribe. Al menos una de esas obras está colgada en una sala del Museo Nacional de Bellas Artes. Y vuelven a sobrar los dedos de la diestra o la zurda para señalar a los pinceles cienfuegueros presentes en ese templo de la cultura cubana.

Federico, el niño que su madre viuda se llevó a Filadelfia, donde se hizo ingeniero civil, el joven topógrafo minado por las fiebres en las obras de prospección del canal de Panamá, el teniente coronel del ejército unionista que defendía la política antiesclavista del leñador-presidente Abraham Lincoln en la Guerra de Secesión, el prisionero de los confederados sudistas, el autor de unas memorias de la prisión, el inventor de un sistema de exploración aérea, fue el mismo adulto que en 1865 decidió regresar a su terruño natal a sabiendas de la proximidad del empeño emancipador.

En los campos de Cuba Libre inició la política de la tea incendiaria para privar al ejército colonialista de su dulce base económica y se consagró como estratega y teórico militar, al poner en práctica primero y redactar luego las bases de la guerra de guerrillas, táctica factible para enfrentar a fuerzas muy superiores en número, parque y bastimentos.

A la entrada de esta ciudad una valla exponía hace un tiempo su nombre ante los ojos del visitante. Homenaje incompleto y desconocedor de jerarquías. Fernández Cavada aparecía en el cartel a continuación de José González Guerra, a quien nadie medianamente cuerdo intentaría restar méritos, pero que en el olimpo del arte militar cubano nunca aventajaría al ilustre fusilado de Nuevitas.

Sirvan estos días de octubre, con ecos de campana libertadora, para que de pensamiento fundemos la primera piedra del monumento que Cienfuegos le debe a su Agramonte, su Céspedes, su Calixto.

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4 thoughts on “Federico y el tatuaje del olvido

  1. El Recuerdo honra y compulsa al homenaje.
    Muy interesante la edición del 5 de octubre de nuestro semanario, dedicado al 150 aniversario del inicio de las guerras de independencia. Los artículos dedicados a los mártires y héroes del terruño, el nunca olvido de sus glorias y el agradecimiento eterno a la simiente dejada en nosotros, pero valoro altamente el titulado; “Federico y el tatuaje del olvido” del Corresponsal de Prensa Latina en Cienfuegos, Francisco G. Navarro acerca del Mayor General y Jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador; Federico Fernández Cavada y Howard. Es necesario, como siempre decimos, el conocimiento de la historia patria. Todos sabemos lo que les ocurre a los pueblos que olvidan la suya. Por frecuentes lecturas y otras circunstancias, conocía ya la polifacética y prolífera vida de quien cayera el primero de julio de 1871 ante un pelotón de fusilamiento español, afrontando con valor la muerte, de frente al enemigo y con el adiós a la amada patria en los labios. Sin desdorar los méritos de otros recios paladines de nuestras guerras, tanto o más consideración tienen a nuestros ojos, aquellos que sin tener más que perder que sus cadenas, toman las armas para liberar a su patria, como aquellos que, naciendo en cuna rica, abandonan toda vida muelle y se lanzan con desprendimiento absoluto al campo de batalla en pos del mismo ideal. Hacer es la mejor forma de decir, parafraseando al Maestro, considero llegada la hora para que cumpla la dirección de nuestra provincia con la promesa que conocimos en aquellos añejos y olvidados carteles de la entrada de la ciudad. Hágase el monumento que merece el prócer cienfueguero porque: “Honrar honra”.

  2. Cienfuegos le debe mucho a Federico Fernández Cavada, benefactor y patriota de esta ciudad, deberíamos recordarlo más, mucho más, gracias a Francisco por traerlo de vuelta y a “5 de Septiembre” por compartir y ayudar a recordarlo cuando se cumplen 150 años del inicio de nuestra guerra libertaria

  3. “No es raro que las verdades absolutamente evidentes, y que deberían sobreentenderse, sean, por el contrario, puestas en olvido”. Alessandro Manzoni

    “El verdadero odio es el desinterés, y el asesinato perfecto es el olvido”. Georges Bernanos

    “Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido”. Oscar Wilde

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