Etnias namibias e indígenas canadienses, el mismo crimen colonial

Hace escasas fechas, el 7 de junio, Alemania reconoció haber cometido un genocidio en Namibia. Lo extraño de esta noticia no es el crimen, conocido por todos quienes estudian el curso de la historia, sino la disculpa, más allá de su carácter bastante tardío.

Reconocer la aniquilación humana perpetrada y disculparse por ello es algo, por ejemplo, que la aún hoy día tan altanera como déspota España no ha hecho con América Latina, mediante cuyo proceso de colonización borró de la faz de la Tierra, en pocos años, a los pueblos originarios del continente. Cuando Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, “osó” abordar el tema y pedir cuentas, perdón, una disculpa oficial, algo…, la respuesta de La Moncloa, así como de varios políticos e intelectuales ibéricos, osciló del desdén, desprecio o rechazo formal, hasta el insulto más ruin al gobernante.

Es algo, por ejemplo, que tampoco los Estados Unidos han hecho con los descendientes de quienes carbonizaron con el hongo atómico en Nagasaki e Hiroshima. Algunos ilusos creían que Barack Obama, el primer presidente norteamericano en funciones en visitar Hiroshima, para mayo de 2016, pediría perdón. Ni asomo. La soberbia imperial impide cualquier acto parecido.

África, presa eterna del colonialismo —en virtud de cuyos perjuicios sistémicos todavía se encuentra en bancarrota y entregada su riqueza a las transnacionales de las antiguas metrópolis u otras—, vio en la Namibia alemana (1884-1918), otro de los tantos asesinatos masivos propios de ese régimen de usurpación a través de la historia. Entre 1885 y 1904 las fuerzas germanas mataron a 65 mil de los 80 mil pobladores pertenecientes a la etnia herero; además de la mitad de los 20 mil namas existentes entonces.

Mientras Berlín pedía perdón y ofrecía dinero para acallar algunos de sus tantos fantasmas de delirio y muerte, el Papa Francisco, al unísono, expresaba su dolor por los cadáveres de los 215 niños indígenas aparecidos en una fosa común de un internado de la provincia canadiense de Columbia Británica.

En la nación norteña les supo a poco,  pues reclamaban disculpas del Vaticano. Sin embargo, ironía campal, no le efectuaban similar demanda a Inglaterra, país colonizador y que entregaba el dinero a la Iglesia Católica para gestionar tales internados creados por la metrópolis colonial en 1840.

Sin embargo, ironía campal, tampoco el gobierno canadiense se criticó a sí mismo, por impulsar y mantener, en el tiempo y ya sin ser colonia británica, estos centros de reclusión donde, amén de un genocidio cultural, se practicaba otro físico, sin contar las violaciones sexuales u otros flagelos cometidos allí contra 150 mil pequeños indígenas sacados a la fuerza del seno de su familia para “educarlos”. O sea, para aprender el idioma del colonizador, para abandonar la cultura ancestral de las zonas donde nacieron.

La comisión encargada de investigar los asesinatos cometidos en los internados para niños indígenas, puestos en práctica con el conocimiento/respaldo del Estado canadiense, ha expedientado más 3 mil 200 muertes de niños en esas escuelas, debido a abuso, malos tratos, abandono o suicidio.

El gobierno canadiense mantuvo esa política de genocidio cultural porque quería desentenderse de sus obligaciones legales y financieras con los pueblos indígenas, y así poder controlar sus tierras y sus recursos”, expresó dicha Comisión.

Tanto el caso namibio como el canadiense resultan consecuencia directa, o herencia, de un sistema de dominación causante del exterminio de centenares de millones de seres humanos en América, África y Asia.

Ninguno de los dos casos nos enseña nada nuevo, pero sí contribuyen a reafirmar la sabida verdad de que el destino de las colonias siempre fue, es y será el mismo: la muerte de la población local, humillación e ignominia.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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