En carne viva: la profe sexodependiente

Frannie (Meg Ryan) es una profesora de inglés de un barrio bajo neoyorkino, solitaria, errática en el amor dentro de En carne viva (In the cut, 2003)).

A ratos Frannie se masturba y a otros anda con un fornido alumno negro; dice ella que para coleccionar palabras de la jerga local, cree él que para que le haga el amor. (No hay que descartar lo segundo, siendo esta la historia de una película de Jane Campion). Entre tanto aparece un asesino serial en el barrio, aficionado a desarticular los cuerpos de sus jóvenes víctimas, una de cuyas cabezas caerá en el jardín de Meg.

Es por eso que la visita el detective Malloy (Mark Ruffalo), tipo grosero y sin educación, quien tiene una vulva encostrada en el cerebro y seis mil palabrotas presas en su lengua. Pero a la apacible profe le gusta el personaje, no solo por lo zafio o porque le dirá o hará para ella desconocidas groserías, sino porque lo confunde con un hombre al que le practicaban un sexo oral antológico en la semipenumbra de un bar. De modo que Meg cree tener en la cama a su fantasía en carne y hueso, convirtiéndose de a poco en sexodependiente del policía. Tanto que, recién descuartizado el cuerpo de su hermana Pauline por el destripador al acecho, no se priva de los placeres militares con el oficial.

La idea anterior parece provenir de alguno de esos suspensitos eróticos que pasan los canales de cable a la medianoche, y no de la reputadísima señora directora de El piano (Palma de Oro en Cannes´93). Pocos hubieran creído que miss Campion iba a descender tan bajo; no lo digo por jactancia: yo sí. Siempre reflexioné —y escribí— en torno a la sobrevaloración de la cual era objeto la realizadora neozelandesa, cuestión que el tiempo confirmara.

Fiasco tras fiasco, la intocable Jane pasó de seudofeminismo a esclavismo femenino en su cine; en la infumable breva de Humo sagrado (1999) ya se veía venir la senda que tomaría: el camino de películas como En carne viva, en las que la condición femenina sufre inmerecidamente en virtud de ese falocentrismo enfermizo preconizado por la señorita Jane. Cintas como esta no solo son humillantes para la mujer, sino que vierten cenizas sobre muchas de sus conquistas históricas. Campion, de alguna manera, vuelve a desarrollar aquí su sempiterna línea directriz relacionada con el sexo en tanto elemento de redención, visto ello desde la perspectiva femenina. Mas, la supuesta o auténtica poesía acompañante del asunto en El piano o Humo sagrado, aquí queda reducida a unas estrofitas que Meg lee escritas en las paredes del metro. Predomina lo procaz bajo el signo de una violencia sensorial, verbal y de hechos programática. “Lo que quieres es que te coja”, le dice Malloy a Frannie, y no hay dudas de ello. De esto simple y llanamente va En carne viva.

El relleno argumental con el cercenador de mujeres callejero mueve a risa, no únicamente a causa de lo impostado, sino por la manera en que el guión se lo quita de arriba; el ritmo es moroso; la proverbial exploración de la mentalidad femenina del cine de Campion ni asoma -o quizá me equivoco si se entiende por ello los diálogos monotemáticos entre Frannie y Pauline sobre la búsqueda de hombres a ultranza; las actuaciones por lo general resultan planas, destacando ligeramente Meg en esta vuelta en revés de 180 grados en su carrera, al pasar de componer a dulces, pueriles heroínas de comedias románticas a otro patrón de personaje muy diferente; en fin, por mucho esfuerzo no se encuentran fácilmente puntos a favor de este filme basado en la novela erótica de Susanne Moore y coescrito por la propia autora a cuatro manos con la señorita Campion. Se trata del declive dentro de la misma garganta de Hollywood de aquel talento un día venido de Nueva Zelandia.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

2 Comentarios en “En carne viva: la profe sexodependiente

  • el 25 enero, 2017 a las 6:48 am
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    Sí, Delvis, pero en el caso de la inefable Lana ella asume esa posición desde el puesto de mantis religiosa, sabedora de que con solo batir media ala tiene liquidados a todos cuanto solo en apariencia la pueden someter. Es el poder imbatible de determinada mujer. Con Lana, salvando los planetas de distancia entre ambas, la segunda mejor por supuesto, me ha sucedido lo mismo que con Gaga, a quien he valorado al decurso de los años. Joanne, su disco más reciente, al cual por cierto el crítico musical de The New York Times hizo trizas, a mí me ha encantado. Un saludo, gracias por tu comentario.

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  • el 24 enero, 2017 a las 11:53 am
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    Al parecer, la directora Campion tiene semejanzas en el modo de crear nuevos productos artísticos, con la cantante y compositora neoyorquina Lana del Rey: basta solo escuchar su disco «Ultraviolence» para que algunos mensajes de sumisión femenina aparezcan mezclados con palabrotas que riman en la mayoría de las estrofas.
    Quién sabe: si así se sienten esta mujeres (mujeres del arte) y lo manifiestan en sus productos, digo yo, están plasmando más lo personal (conflictos, contradicciones) de sus vidas, que preocupándose porque se vean reflejadas en ellos, el resto de las mujeres en el mundo.

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